Réquiem - Parte I

19/09/2019

Sus cabellos achocolatados estaban recogidos en un peinado. Los rizos naturales formaban una ilusión hipnotizante. Tenía una diadema de flores decorando la coronilla. Por detrás, el velo de encaje blanco español caía majestuosamente hasta el suelo.

 

Su vestido tenía mangas largas de encaje y unos vuelos en los bordes. Los botones, también de plata, adornaban su espalda. Era el vestido de novia que había soñado desde niña. No muy recargado, pero tampoco pasaría desapercibido.

 

Venía de una familia "de plata", así que era lo menos que los invitados podían esperar. Al menos así pensaba su padre. Aunque ella fue una joven modesta y humilde, ese día quería tirar la casa por la ventana. 

 

Era el día de su boda, el día que uniría su vida a la de su esposo en amor eterno. Frente a Dios y frente al mundo, serían hombre y mujer hasta que la muerte los separara.

 

 

—Se ve como una diosa— le dijo la criada, y su mejor amiga, al terminar de colocarle el velo.

 

La joven Elisa levantó la vista y vio su reflejo en el espejo por primera vez.

 

No tenía palabras. De verdad que se veía hermosa, como una de esas muñecas que su madre le había comprado de niña.

 

Sus aretes brillaban como estrellas, pero quedaban opacados ante el brillo de sus ojos color café que resaltaban con el blanco de su atuendo. Sus finas manos se encontraban ocultas en un par de guantes antiguos de seda. Estaba todo listo para que saliera rumbo a la iglesia donde iba a casarse.

 

—Ya es hora— dijo Elisa mientras tomaba en sus manos el ramo de rosas corintas. Las fotos las habían tomado con flores blancas. El rojo le pareció a sus padres algo "escandaloso", pero dejaron que las llevara durante el resto del día.

 

El color de las rosas siempre le recordó a la sangre y eso le gustaba. Era profundo, sin medias tintas, brusco y amenazador. Era apasionado y quizá por eso asociaba el color con el amor que sentía por Sebastián, el hombre de su vida.

 

Mientras bajaba las gradas de la mansión, pensaba en cuánto había esperado este día. Sus sueños no eran viajar o estudiar. Ella quería casarse y ahora lo está cumpliendo.

 

Su padre, no se opuso a la idea cuando conoció a Sebastián. Un joven de "buena familia" que administraba ya la empresa de textiles de su padre. Era el partido perfecto. Vivía con sus padres, se vestía bien y los domingos iba a misa.

 

Era perfecto. Para todos.

 

La casa estaba a pocas cuadras del templo, por lo que no era necesario pedir un carruaje para llegar al atrio. Elisa salió por la puerta principal. La escena debió ser como salida de un cuento de hadas.

 

La gente que caminaba por la calle volteaba a verla con rostros de asombro. Todo alrededor parecía correr en cámara lenta. El mundo se detuvo por un segundo mientras Elisa caminaba a paso lento y elegante por las calles de la ciudad...Guatemala, donde había nacido y pensaba morirse.

 

Al llegar al atrio, su padre la esperaba con una sonrisa. No sabía si era por la herencia que les quedaría a sus nietos o porque de verdad estaba feliz por su hija. A Elisa no le importaba.

 

Las campanas comenzaron a doblar, la misa estaba por comenzar y la gente se puso de pie para recibir la procesión del sacerdote y la dama.

 

Elisa subió la mirada hacia la fachada de la iglesia.

 

—Es hermosa — pensó para sí misma.

 

Sonrió y juró que las lágrimas ya estaban por salir de sus ojos. 

 

Era un día lluvioso, como le gustaban. Las palomas estaban acurrucadas y apenas cantaban. Entre ellas, un cuervo negro se imponía. Destacaba entre las plumas blancas y graznaba fuertemente.

 

Era "él". Desde pequeña le acompañó y sabía que estaría ese día acechando como siempre. Sus ojos negros la miraban fijamente, como desafiándola. 

 

—¿Creíste que se acabaría todo? — parecía que dijera el ave.

 

No. Estaba por comenzar.

 

 

 

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