Resiliencia oriental

16/09/2019

 

“Junts formen la maranya!

Tota la nit de parles estranyes!”

 

El género western nos dejó en el imaginario la existencia de regiones áridas, salvajes, habitadas por gente brava cuyas conversaciones son más espinosas que la escasa vegetación del entorno; disputas alrededor de un trago de güisqui (o el quitapenas propio del lugar) y debates con balas como cronómetro y metrónomo. Transporte a fuerza de caballo y no con caballos de fuerza, y sombrero vaquero como si fuera la última creación de Stella McCartney.

 

El oeste americano… o sea, estadounidense.

 

Y otra cosa que nos dejó el género western es la idea de que ese oeste estadounidense, o americano, no tiene por qué estar en Estados Unidos. De hecho, los grandes filmes de su clase están grabados en Europa: tanto en Italia (spaghetti western) como en España (chorizo western).

 

Porque España tiene su salvaje oeste en el centro, igual que Bolivia; México y Nicaragua lo tienen en el norte; Italia lo tiene en Roma…

 

…y Guatemala lo tiene justo al otro lado de donde debería estar, pues en lugar de ver cómo se pone el sol, observa su salida.

 

En Oriente.

 

Hacia allá me dirigía hace un par de semanas nada más. Llevaba “L’estació de França”, de Sopa de Cabra, en la radio (es la letra que copio al inicio), una manzana en la mano izquierda, la batería de preguntas en el asiento del copiloto y la frente llena de sudor; por mucho que la montaña jutiapaneca estuviera a más de 30 ºC no pensaba encender el aire acondicionado (porque en el salvaje oeste eso no existía).

 

El paisaje era, efectivamente, árido, aunque no tanto como en Zacapa o Chiquimula. Las conversaciones de la gente eran amables, pero con chascarrillos y guiños a las armas que muchos de ellos portaban en fundas que hacían juego con sus sombreros. De tomar pedí rosa de Jamaica, porque yo no tenía ninguna disputa con nadie, y en el camino sí que habría preferido un caballo antes que mi carro, porque los baches de algunos tramos de la carretera casi podrían catalogarse como fallas tectónicas.

 

Así que llegué a mi destino en ese salvaje oeste que es el oriente guatemalteco; un pueblo que no se llama Tombstone, sino El Progreso, y que no está en Arizona, sino en Jutiapa, pero que igual me hacía sentir como en “una de vaqueros”.

 

Y estaba ahí para entrevistar a un viejo jinete.

 

“Uno llega hasta donde uno quiere”.

 

El escenario me parecía acertado en concepto por extraño en escala. Dos graderíos de madera y metal cubiertos por techo de lámina, un césped que, por la temperatura, transpiraba hacia arriba haciendo que la sensación térmica fuera bastante elevada, y un contorno de tierra medio descubierta que hace las veces de pista para correr.

 

Es el estadio Manuel Ariza, del Deportivo Achuapa, un club que juega en la Primera División del fútbol guatemalteco, la segunda categoría del país.

 

Frente a mí, en su período entre las dos sesiones de entrenamiento del día, un futbolista del Achuapa. Pero no uno cualquiera.

 

Se llama Gerson Lima.

 

Jugó un Mundial.

 

No era la primera vez que compartía cuadro con un mundialista; de hecho, tengo foto con dos que incluso lo ganaron. Pero el sentimiento y la percepción cambian cuando sabes que en la historia de Guatemala solo 21 personas pueden decir que han disputado una Copa del Mundo de fútbol, y que uno de ellos, artífice de la clasificación, es quien te está contando su historia en la grada de un estadio vacío.

 

Apreciar el glamour de un mundialista por su ausencia es una sensación muy extraña, y parece asumirla con su “uno llega hasta donde uno quiere”, pero luego de hablar largo y tendido con él, llego a pensar que se le escapa algo importante en su valoración de los hechos: el oeste es muy árido, y duro, y bravo, y caluroso.

 

Porque para que Guatemala se clasificara al Mundial Gerson le marcó un gol a Estados Unidos… con apendicitis, y no pudo celebrar con sus compañeros porque en el entretiempo se lo llevaron al quirófano.

 

Porque de quienes fueron con él a Colombia, sede de la Copa del Mundo Sub-20 de 2011, casi un tercio colgó las botas y decidió dedicarse a otra cosa; alguno no pudo soltarse del juego, pero está en categorías aún inferiores a la de Gerson.

 

Porque a los dirigentes se les olvidó que, aunque habían jugado un Mundial, a penas superaban la mayoría de edad, y su camino en el balompié nada más comenzaba. No era tiempo de soltarlos a su suerte.

 

Y cuando la suerte es tan jodida como el “sol occidental” del Oriente chapín, hay que tirar de resiliencia, que puede ser luchar por dar las últimas cabalgadas hacia la supervivencia en una tierra tan árida como la del fútbol nacional, de escasa vegetación de cepas nuevas y oportunidades y en donde los debates se resuelven a punta de taco y tarjeta roja.

 

Así de duro es el Oriente de nuestro western: un mundialista, que en otro país sería ídolo de masas, aferrado a la teta más seca del fútbol en un pueblo que solo se puede permitir balompié de segunda categoría.

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

IDEAS RELACIONADAS

Please reload

IDEA DESTACADA

Resoplo, suspiro

1/1
Please reload

MÁS IDEAS

Resoplo, suspiro

1/3
Please reload

SÍGUENOS

  • Black Facebook Icon
  • Black Twitter Icon
  • Black Instagram Icon

© 2018 por Tenet Ideas. Creado por Grupo Goga

Ciudad de Guatemala, Guatemala.

  • Grey Facebook Icon
  • Grey Instagram Icon
  • Grey Twitter Icon