El día perfecto

 

Era un día diferente de los demás. Era un día triste, de esos días perfectos para quedarse en la cama con una colcha y un chocolate caliente. Para Valentina era el día perfecto. A ella le encantaban, esos eran sus días favoritos. Debía ir al colegio, pues ese día tendrían una convivencia en su salón. Finalmente, un día sin usar el uniforme, que en su opinión no le favorecía para nada, no como a sus compañeras. Porque Valentina era una niña de complexión simple, muy fina, sin nada que llame la atención al compararla con ellas. Tenía unos ojos inocentes, tristes, de un tono un poco más claro que los de sus compañeros. No se preocupaba por hablar a menos que fuera necesario o que le hubieran hecho una pregunta directa.

 

Llegó al colegio con un look muy diferente del de las demás. «Todas visten de manera simple», piensa. Pero Valentina no: su look es diferente, un look que la hace lucir bien, que queda perfecto sobre su pequeño cuerpo.

 

Le encantaba seguir las distintas modas de la época. Llevaba una blusa de lona que revelaba completamente uno de sus diminutos brazos, del que sobresalían algunos huesos, mientras que mantenía cubierto su otro brazo. La blusa era muy pequeña, según comentaban todos. Ella lo sabía, pero era la única en la que encajaba perfectamente su cuerpo y sus gustos. Era de esas blusas que uno quiere usar todos los días. También llevaba un pantalón que se ajustaba muy bien sobre sus débiles piernas, y unos tenis claros muy fáciles de ensuciar, del color que para ella significaba paz.

 

Lo cierto era que todos tenían una opinión.

 

Algunos le daban cumplidos: «¡Qué bien se ve con esa blusa!» o «¡Qué lindo pantalón!».

 

Otros preferían preguntar: «¿Cómo se atreve a usar eso?», o «¿Cómo le permiten venir así a estudiar?».

 

Esto ella no lo entendía; pensaba que su ropa era normal. ¿Por qué deberían sus prendas molestar a alguien? Valentina nunca entendió a sus compañeros, ni las extrañas preguntas que le hacían. De lo que sí estaba segura era que nunca encajaba bien. Sentía que era rara. Sin embargo, nada hizo que cambiara su opinión. Este sería un día perfecto.

 

Tenía una buena amiga en el salón. «Un día perfecto para despedirse», pensó. Era el último que se verían, así que se ha propuesto pasar el mejor día junto a ella. Para que su amiga nunca la olvide, un día para recordar por siempre. Al salir de clases cree que lo ha logrado: ahora su amiga nunca la olvidará.

 

Valentina llega a su casa, saluda a su mamá y se sienta a comer junto a ella mientras tienen una agradable conversación. Su mamá la nota algo diferente, pero decide no hacer ningún comentario. También es el último día que Valentina verá a su madre, pero cree que será mejor que ella no lo sepa. Nadie debe enterarse, aún no.

 

El cielo empieza a oscurecerse. En la mañana no estaba tan segura de que este fuera el día perfecto. De cualquier manera, sabía que llegaría pronto. El cielo se oscurece más: aparece en el cielo una estrella que Valentina sale a ver todas las noches. La más brillante que sus ojos alcanzan a ver. «Este es el día», se dice, cada vez más segura de sus palabras. Fue un buen día, y estaría a punto de volverse perfecto.

 

Está lista.

 

Ella cree que se ha despedido de todos. Solo desea terminar con ese día de una vez. Se dirige al baño y llena un vaso grande con agua. Ve su frágil rostro reflejado en el espejo y sus labios se levantan poco a poco para mostrar agrado. Abre el gabinete debajo de su lavamanos y busca detrás de todo un frasco que recuerda perfectamente. Pesa más de lo que pensó. Lo sostiene frente a ella, sus ojos se iluminan y sus labios se curvan hacia arriba aún más. Muy cuidadosamente abre el frasco e introduce su mano. Toma con ella todo lo que sus limitados dedos pueden sostener e inmediatamente se los lleva a la boca, no lo piensa un segundo. Muy lento y con mucho esfuerzo empieza a tragar con la ayuda del vaso de agua. Al terminar, se sienta en el piso del baño a esperar. Espera. “No está funcionando”, piensa. Ella solo quiere terminar ya.

 

Saca de su bolsillo una pequeña cuchilla que creyó que no tendría que usar y empieza a deslizarla muy despacio sobre su pequeña y blanca muñeca, que ahora se empieza a manchar. Siente cómo su vista comienza a nublarse y se recuesta sobre el piso.

 

Sus zapatos claros ahora tienen un color intenso. La estrella en el cielo ya no es tan brillante.

 

Pero el día no podría ser más perfecto.

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