En el pequeño sillón negro

09/09/2019

 

En el sillón negro hoy me dediqué a extrañarte. A ver, con cariño y una pizca de tristeza, tu recuerdo.

 

¿Recuerdas las líneas que siempre quise memorizar? Lo logré. Cierro los ojos y puedo ver cómo se dibujan tus ojos, cuando tomabas mi mano y me sonreías. Recuerdo el negro de tu pelo, con los detalles cafés, que ni tú ni yo pudimos descifrar el porqué de su existencia. Me encuentro en un rincón de mi hogar. Con una luz amarilla, que ilumina solamente lo necesario para que mi sombra se una con la sombra del lugar. Veo a la pared. Veo tu silueta, tus pasos cortos, ligeros. Puedo escuchar tu silencio. Conservo la foto. La que guardé en la billetera. No puedo sacarla de ahí. Es un sillón negro, pequeño. Con el suficiente respaldo para que mis brazos no se cansen. Me arden los ojos. Como si el desvelo y algo más, se apoderara de mí. Me duele la garganta. Como un… ¿cómo le dicen? Como un nudo. No recuerdo cómo llorar. Busco algo para desaparecer este nudo. ¡Una botella! Sí, estoy seguro que hay alguna botella de algo. Que me ayude a recordarte con más fuerzas y caer dormido en el agotamiento.

 

No entiendo el porqué de las cosas. Estaba seguro que esta vez iba a ser duradero. Fue un “para siempre” corto, pero en ese breve lapso de tiempo, te amé más que en mil vidas.

 

¡Encontré la botella! Me veo, la veo, sé mis intenciones y ella sabe su propósito. No quiero abrirla. No estoy listo para beber este nudo que me ahoga. Una misión, sí. Tal vez fue una misión. Despojo mí alma en la idea de que tuve una misión. Un objetivo en tu vida. Siento tu mano, tomando la mía. Siento, desde mi espalda, tu esencia. Qué difícil hacer lo correcto. Un acto de heroísmo pagano. Dicen que amar es saber cuándo soltar, pero no hay advertencia alguna que haga ver el dolor inmediato. Necesito abrir esa botella. Me doy por vencido. Mis ojos duelen nuevamente. Te amo, más que ayer y un poco menos que mañana ¿recuerdas? Me pregunto, mientras derramo licor en mi vaso, ¿qué hubiera sido…? Ya no tiene sentido.

 

Una gota, diminuta, pero sumergida en sufrimiento, cae a mi vaso. El dolor. Te recuerdo, con tanto amor que duele. Es destructivo. Es una sensación que trasciende físicamente. Como una espada roma tratando de perforar mi pecho. El pequeño sillón negro, el único que me sostiene esta noche.

 

No necesito olvidarte. Quiero recordarte, como la mujer que más he amado. La que me tendió la mano e hizo que mis pies caminaran una vez más. Debo beber más, para recordarte más, para amarte más y para llorarte más. Porque no fuiste cualquier persona. Fuiste, y serás, la mujer que me hizo recordar cuanto sé amar. En el fondo de la habitación, se encuentra un sillón negro. Una botella recién abierta y un único vaso de ron. Prometeo acudió en mi auxilio, y en el más profundo de los sueños, seguimos caminando a nuevos horizontes.

 

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