La vida y el sueño: memorias de un soldado

03/09/2019

 

La última vez me levantó el silbido de la brisa. El silenció del cuarto me recordó a la guerra... Di un par de vueltas, me temblaban las manos, sentía que el corazón se me salía por la boca.

 

Por fin logré sentarme y respirar profundo. Entonces escuché pisadas en el cuarto de al lado. ¡Botas! Que se acercaban. Y cuando la puerta se abrió, apareció un soldado inglés. Caminó directamente hacia la pared y se detuvo enfrente de un mapa, parecía que buscaba algo. Me vio directamente, y dijo:

 

—General, la primera oleada fue completamente aniquilada.

—Howard —susurré, reconocía su voz—. ¡Tú estas muerto! Te mataron en Francia. ¡Cómo puedes estar aquí!

 

Se me cortó la respiración, no sentía las piernas, ¡casi me caigo! Empecé a sentir un ligero olor a pólvora y a suciedad. Sentí una rata en mis piernas, me asusté y retrocedí. Choqué con un escritorio de madera inmenso, que tenía un mapa y varias cartas.

 

¿Dónde estoy? —Fue lo único que logré decir después de abrir varias veces la boca. No obtuve respuesta. De repente las paredes se volvieron de un hierro gris, lleno de suciedad, donde colgaban mapas de todo el mundo. Me volteó a ver y dijo con una voz fría:

 

—Señor, el desembarco es en 20 minutos.

—¿Qué desembarco? —le pregunté. Por fin me respondió, se quitó el casco y, con una voz entrecortada, dijo:

—La operación Overloard.

Hoy es el día D, ¡estoy en un maldito barco!

 

En un abrir y cerrar de ojos tenía el mismo uniforme y estaba en un buque de desembarco. La playa parecía desolada. Los soldados temblaban, vomitaban o rezaban. Ya solo faltaban cien metros, las balas empezaron a rebotar con el casco del barco. Se abrieron las puertas y todos cayeron con la cara perforada. Me tiré al agua para salvarme. Por su profundidad y el peso de mi equipo casi me ahogo. La playa era un horizonte blanco, uniforme y desnudo, que se unía con el resplandor del cielo, que parecía no conocer la guerra. Me dirigí a la trinchera alemana. Al llegar saltamos dentro, disparando a cualquier cosa que tuviéramos enfrente.

 

En ese momento escuché un susurro.

—¿Qué pasa mi cielo? ¿Estás bien?

 

Sentí una mano en mi hombro. Por instinto me di la vuelta, golpeando en la cara al alemán, mientras gritaba: ¡Muere maldito alemán!. Volví a oír la misma voz, pero ahora como si se ahogara: Soy tu esposa. No estás en la guerra.

 

—No estoy en la guerra —susurré, retrocediendo un poco—. No estoy en la guerra.

 

Entonces vi mi cuarto y la cama vacía. Yo estaba parado ahí y mi esposa estaba en el suelo, con la cabeza llena de sangre y temblando. Se apartó de mí cuando me acerqué.

 

—¿Qué... qué... qué pasó? —Es lo único que logré balbucear. Ella solo me miraba. Parecía que le hubieran atravesado el corazón.

—Actuaste como si estuvieras en la guerra —me dijo.

Yo estuve en la guerra pero hace diez años.

 

No supe qué hacer, solo la recogí y la acosté en la cama. Le traje un trapo con hielos para evitar que saliera más sangre, como hacía el médico de mi unidad. Me quedé parado a su lado, viendo al suelo, estrangulando mis manos.

 

Agarré fuerzas para hablar.

—Perdón. Perdón por todo. No sé qué me pasa —le dije. Las últimas palabras casi no se oyeron—. Estoy atrapado en la memoria de la guerra, y en su sufrimiento.

—Está vez no estuvo tan mal —me dijo, con una pequeña sonrisa, como recordándose de algo gracioso de lo que no se atrevía a reírse —. ¿Te recuerdas de la vez que te tiraste al suelo y empezaste a gritar "¡granada!"? Pero que en verdad era una piña que había caído en el patio trasero. Me recuerdo que empezaste a hablar de una campaña en un monasterio en Italia —y en este momento empezó a reírse fingiendo mi voz —. También una vez me llamaste Howard.

—Howard murió en la guerra —solo el recuerdo de mi hermano me es insoportable —. Él iba a mi lado. Una bala le atravesó el cráneo.

 

Después de un largo silencio, me acarició dulcemente la cabeza.

 

—No te preocupes, la guerra ya terminó —me dijo firmemente—. No importa cuántas veces la recuerdes, yo te voy a recordar lo que tienes: una hermosa familia, que es real, no como la guerra, que es solo un sueño.

 

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