El hombre que salió a pescar

27/08/2019

 

 

“Bzzz” “Bzzz” “Plot”

 

Son las seis de la mañana y el zumbido de un insecto me despertó. Me rasco los pies fuera de la enjuta sábana al tiempo que froto mis ojos con las manos. Puedo escuchar remotamente a las madres de mi barrio lavando ropa, haciendo comida y despertando a su familia. Volteo y observo a mi padre levantarse a mi costado, está más delgado que yo, siempre pienso lo mismo.

 

Como todos los días, lo veo haciendo su rutina: pie izquierdo, pie derecho en el suelo; vierte agua en la vieja palangana, se moja el rostro y la cabeza; se sirve un vaso del fresco de ayer y sus ojos me dicen: es hora, levántate. Muevo mi cuerpo marcado por el sol, bebo del fresco y salgo tras mi padre. Afuera están los niños corriendo bajo una luz amarilla, mientras sus madres cuelgan ropa y gotas resplandecen de ella. Recuerdo cuando era así, iba a la escuela y regresaba para encontrar a mamá en la entrada de la casa tras su trabajo como limpiadora, a papá lo veía por las tardes en la bocabarra pescando.

 

En mi quinto año de escuela, al regresar, mi mamá no estaba, la esperé hasta recordar que iniciaba su labor de cocinera en una nueva casa y volvería al anochecer. Con eso en mente, me fui con mis amigos a jugar en la orilla del mar. Esa vez no acompañé a mi padre en la bocabarra.

 

—¡Eduardo! ¡Eduardo, regresa a la casa!

 

Era de noche y me llamaron, pero no reconocí la voz.

 

Al volver veo a mi padre acongojado, desolado, y a unos vecinos con linternas y palos. Me entero que encontraron a mi madre en un callejón. Ahora recuerdo que era muy joven cuando la perdí, dejé la escuela y viví para mi padre. Tras el incidente estábamos día y noche en la lancha, solos con el sonido del mar. El toque femenino de nuestras vidas se desvaneció, poco a poco, hasta ya no quedar rastros de ella.

 

Han pasado 15 años desde que mamá no volvió. Mi rutina desde entonces ha sido la misma, me dirijo a la lancha para visitar a mi amiga infinita. Ahora el mar es también mi hogar, encontré paz entre las redes y los peces. A veces escucho a mi padre reír, aunque solo es cuando el aguardiente ha desaparecido de la botella.

 

Subo a la lancha y empiezo a remar bajo los besos del sol, puedo ver a la distancia la orilla, nos alejamos del pueblo, de sus olores y colores, de sus recuerdos. Lanzo la red de pesca y espero. Espero en medio de la interminable nada acompañado de mi padre y su profundo silencio.

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