El extraño caso del "Loco de Botón Blanco" (II)

24/08/2019

 

Lee la primera parte de esta #CrónicaTenet aquí.

 

La grama donde esperó casi dos horas está aplastada por el peso de su cuerpo. Clemente Santiago está viviendo sus primeras horas como fallecido, y nadie le pudo haber advertido de los difícil que será. Ahora no es más que una lápida que yace sin ninguna peculiaridad en un jardín que tampoco presume de hermosura. Las lágrimas que lloró por su madre ya se han secado y decide que es momento de levantarse. Sale del bosque y pasa frente a su tumba. Un escalofrío se apodera de su espalda y le aguada las rodillas. Sin embargo, la mayor impresión se la lleva al leer la inscripción en la roca. Han colocado ese apodo que en un principio tanto amó, pero que luego se convirtió en su sombra:

 

“Aquí yace Clemente Santiago, más conocido como el Loco de Botón Blanco. Infortunio. Apasionado. Hijo y hermano.”

 

Su lápida, literalmente, ha dejado su historia escrita en piedra. Murió como un loco, a pesar de estar perfectamente lúcido. Cierra los ojos y escucha, entre la orquesta del bosque, cómo un ruido peculiar se hace presente en la grama bajo sus pies. Abre los ojos y lo ve: un pequeño trozo de papel bajo una roca que impide que éste salga volando y se mezcle con las hojas que mueven los vientos nocturnos. Lo toma con la esperanza de no encontrar nada escrito. Nuevamente el destino le juega otra broma:

 

“Vuelve, que ya conoces el camino”

 

Paralizado voltea a ver alrededor. No hay nadie, pero alguien si que sabía que él estaba allí. Lo invade la duda y el miedo, vuelve a leer el papel al menos unas siete veces. Analiza la letra, el olor, el color, pero nada lo ayuda a recordar quién pudo haber sido el emisor. Está tan ensimismado que no se percata que el guardia del cementerio se acerca, a paso meticuloso, por su espalda. Siente la luz de la linterna y se da cuenta que ya es muy tarde.

 

—¡Hombre! ¿Y usté qué hace aquí?  —le grita el policía. Duda si salir corriendo, pero a este punto ya está harto de huir. Cierra los ojos de nuevo y le da la cara al policía, esperando que por alguna extraña razón este no lo reconozca de los periódicos.

 

—¿Qué hace aquí? El cementerio ya cerró, señor.

—Me va a disculpar, yo no me di cuenta...

 

El policía duda por unos segundos, pero luego relaja la postura y esfuerza una sonrisa. Ha tenido un día largo; el entierro más mediático se ha llevado a cabo durante su turno y tras lidiar con una prensa despiadadamente curiosa y con algunos mirones altaneros, no quiere enfrentarse con su última carga, así que decide ir por las buenas.

 

—Pues necesito que me haga el favor de irse, que ya estamos cerrados.

—Justo eso me disponía hacer, oficial. Con su permiso.

 

Cuando Clemente Santiago ha dado dos pasos en dirección opuesta, el policía le pone su mano en el hombro y se reclina con autoridad.

 

—Usté ha de ser uno de esos mirones que quería aparecer en las fotos de la prensa, ¿no? Por alguna razón esa incomprensible necesidad de tener un minuto de fama nos está consumiendo. No hay que ser tan curioso, me oye, que si no le pasa lo del Loco - y apunta con despecho la lápida.

—¿Qué sabe de el Loco? —le pregunta Clemente Santiago, haciéndose el idiota y agradeciéndole a más de algún dios por su anonimato. 

—Pues que al menos le dio al pueblo de Botón Blanco popularidad y más billete, pero solo eso. El Loco no es más que un vagabundo que un pobre escritor que se creyó su propia novela y por alguna razón logró que toda esa masa de ignorantes la creyera también y así, comenzaron a inventar historias respaldadas en unas páginas producto de una creatividad peligrosa. Pero ahora, en este preciso instante que lo veo y lo siento vivo, comienzo a pensar que quizás toda esta mentira tiene un poco de verdad mezclada con mucha locura, como por ejemplo, no reconocer a un viejo amigo en la penuria de la soledad...

—¿Cetino?

—¡Válgame Clemente! ¡Un aplauso pá tu memoria!

 

Ese antiguo bigote seguía allí. Quizás el porte de policía disfrazaba muy bien su identidad, pero ese acento era único y ahora Clemente Santiago se sentía como un idiota que había caído en el juego de un viejo amigo... aunque lo de amigo estuviera por verse. Su reacción fue retroceder dos pasos, pero Cetino fue más rápido y sacó el arma. 

 

Me vas a disculpar, pero no te voy a dejar ir sin las respuestas que necesito. Sabía que vendrías. Éste disfraz de policía fue la mejor movida que en mis años de periodista pude jugar. Frente a mi tengo al Loco de Botón Blanco y la primicia más jugosa de la historia.

—Vamos Cetino, que ni el arma sabes disparar. Déjame en paz.

—No me malinterpretes, Clemente. Yo solo hago mi trabajo.

—Y yo hice el mío, ya ves cómo me fue.

¿Entonces mantenés tu postura?

—Ya es muy tarde como para no.

—No me jodas... 

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