Volviendo a casa

Hoy es viernes. Un simple viernes de verano, tranquilo y solitario.

 

Recuerdo que mi padre me contó una vez que conoció a mi madre en un día como hoy. En ese entonces aún vivía en Maryland, esa pequeña villa en lo recóndito del planeta, en donde hasta los recién nacidos se conocían entre sí. Decía que desde el momento en que la vio sabía que tenía que ir a por ella.

 

Nunca tuve la oportunidad de conocerla, por tanto, no puedo negar o corroborar nada. Pero, según mis abuelos, ella era más de lo que las palabras pudiesen describirla. Contaban todo el tiempo cómo ella bailaba hasta con la música de elevador, cómo se sentaba con extraños solitarios solo para poder escuchar sus historias o cómo le sonreía de regreso a la luna creciente.

 

La última vez que visitamos Maryland, mi padre me llevó al lugar en donde le propuso matrimonio a esa chica que conoció un viernes de verano. Juntos escuchamos el casete que le había regalado en su primer aniversario y caminamos entre los bosques siguiendo nada más que el corazón de mi padre.

 

Hoy es viernes. Un simple viernes de verano, ambiguo y lleno de promesas.

 

Este será nuestro último viaje a Maryland y nuestro camino es guiado por un recuerdo distorsionado por el tiempo. Nos tomó más de lo que esperábamos encontrar ese pequeño puente abandonado, al que la naturaleza ya estaba reclamando como suyo.

 

 

Observamos como el agua danzaba a nuestros pies y contuve el aliento permitiéndome escuchar como el bosque susurraba las respuestas a esas preguntas que ignoraba conscientemente.

 

Caminé como imaginaba lo había hecho mi padre la última vez que vino solo a este puente, con la espalda recta, barbilla levantada y mirando hacia delante, aunque su mente fuera dominada por el mundo de las sombras. Al fin comprendí como se sentía ese día. Él nunca rompió personaje, a pesar qué su único testigo hubiera sido él mismo. Me gusta creer que ese día se presento con un impecable traje negro, sin gota de alcohol en sus labios y siguió caminando sin desmoronarse hasta llegar al centro del puente, ignorando la advertencia que gritaban las tablas.

 

Hice exactamente lo que esperaba hubiese hecho. Luego de seguir todo al pie de la letra, vague por mis recuerdos, escuchando la voz de mi prometido.  

 

—¿Por qué te aferras a algo que te hace tan miserable?

 

Mi padre y yo nos quedamos allí, sin decir nada. Ninguno tenía explicación de por qué hacemos lo que hacemos cuando estamos en sufrimiento.

 

—Te amo, Alice, pero siento que eso ya no es suficiente.

 

El agua choca con el puente, mojando mis zapatos.

 

—Necesitas dejarlo ir.

 

En ese momento, mi padre me cubrió con sus brazos mientras yo sollozaba en silencio.

 

—Ahora debes dejarme ir, como yo lo hice con tu madre —esas fueron sus últimas palabras.

 

Él se despidió de mi con la cara mojada, meses atrás, y yo me despido de él con mi vista nublosa el día hoy.

 

—Ya puedes volver a casa, donde sea que sea —digo esparciendo sus cenizas sobre el agua cristalina.

 

Hoy es viernes. Un simple viernes de verano, el día en que finalmente se reencontraron.

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