La condena del ser humano

 

Hace unos días, platicaba con alguien sobre el destino. Bueno, en realidad, conversábamos sobre si existía tal cosa como un sendero predeterminado en la vida. Para analizar la cuestión y hacer la reflexión que considero necesaria, me parece indispensable “sacar a bailar” a lo que entendemos por libertad.

 

De los textos sobre antropología filosófica del español Ricardo Yepes que leí en la universidad, obtuve el concepto de libertad “situada”. Con esto, Yepes se refiere a que los seres humanos nacemos bajo ciertas condiciones determinadas que “sitúan” nuestra libertad en un contexto específico; sin embargo, se siente como un terrible eufemismo llamarle libertad situada a lo que realmente es una libertad limitada.

 

Las personas ejercemos la libertad a través de acciones voluntarias, es la voluntad libre la que nos permite tomar decisiones. Pero es verdad que la libertad del ser humano no es absoluta, si no, tendríamos el poder de decidir cuestiones como en qué país o dentro de qué familia queremos nacer, cosas que hoy están fuera de nuestro control.

 

El campo de acción de la voluntad es pequeño, es como el área chica de un campo de fútbol, pero aun así estamos en un constante juego de elecciones. ¿Qué voy a desayunar hoy? ¿Tomo la ruta conocida hacia el trabajo o una diferente? ¿Voy a ser un astronauta o un dentista? ¿Estudio o hago trampa? ¿Pido permiso o mejor perdón?

 

Si la libertad existe, aun en su carácter limitado, el destino lo trazamos nosotros. El producto de nuestras decisiones sería completamente nuestro, seríamos los únicos responsables de ser exitosos o desgraciados, felices o miserables.

 

Ahora bien, si existe un destino predeterminado, nuestra “libertad” queda anulada, porque no importa lo que elijamos o los caminos que tomemos: el final ya está escrito. Incluso, decidir de una u otra forma se convierte en un detalle anodino, porque ya estaría establecido que actuaríamos de esa manera, que tomaríamos ese rumbo. Si el destino existe, la libertad es solo apariencia.

 

Al verlo de esa forma, suena como una condena, ¿no? Estamos condenados, como Edipo, a cumplir una profecía sin escapatoria. Pero… si la libertad existe, ¿podemos decidir no ejercerla? o ¿será que la libertad tampoco tiene escapatoria? Lo pongo de esta manera: si yo decido renunciar a mi libertad, esa decisión que he tomado reafirma mi condición de libre, porque lo he decidido yo, voluntariamente.

 

Entonces, ¿cuál es verdaderamente la condena del ser humano? ¿El destino? ¿La libertad? No lo sé. Quizás la condena sea estar conscientes de que, en cualquiera de los dos casos, nuestra realidad está sujeta irremediablemente a una de las dos cosas.

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