Una historia sin fin

17/07/2019

Dos de la mañana. Comienza el sueño; la pesadilla.

 

Era un día de Cuaresma, lo sé porque mis familiares y yo estábamos vestidos de negro y caminábamos por las calles empedradas de la ciudad.

 

Tenía que ser Viernes Santo. 

 

"Vamos a almorzar", me dice mi primo. Andaba con él y unos amigos suyos. Saqué mi teléfono y le escribí a mi mamá avisándole que iba a almorzar con ellos y que probablemente, nos íbamos a ver hasta en la noche.

 

Llegué al restaurante, tenía las paredes de madera. Ellos hablaban muy fuerte, casi gritando, y me molestaba. Este no era un día para estar haciendo relajo. Me fui a otra habitación. No era el baño, pero parecía serlo por la luz neón.

 

Saqué mi teléfono y de repente, recordé que no había traído mi bolsa de maquillajes. "Maldición", dije. No estaba peinada y me veía mal. Quizá tenía días de no dormir por la tristeza, la amargura o la nostalgia.

 

Me senté en el suelo abrazando mis rodillas. Igual, hasta el hambre se me había ido. Era un día que esperaba todo el año, pero en esta ocasión, solo quería irme a casa y dormir toda la noche.

 

La luz comenzó a titilar, qué raro. De la nada, comenzó a sentirse frío en el cuartito, pero también un frío por dentro. Era inexplicable, porque no tenía miedo. Del sueño, comenzó a escurrirse un líquido de color obscuro. No era suciedad, era más como un aceite, agua, anacronismo.

 

 

Cargaba polvo, cenizas y recuerdos. Inundó el suelo blanco. Esto ya había pasado, esto ya lo había vivido y quizá esa era la razón por la que no me asustaba. Reconocía este lugar, las personas y la situación. Era igual que hace 10 años.

 

Recordarlo era como un huracán, venía de repente destruyendo todo lo que quedaba a su paso. Hace 10 años lo viví, me sentí igual y lo había vencido. Ahora, venía con fuerza, como si nunca se había ido.

 

Eso era: el líquido era un vicio, era la tragedia, la tristeza y el remordimiento. Se escondía, se escurría entre las sombras, vivía en el anonimato. Nadie lo sabía y por eso, vivía dentro de mi seguro, enquistado como un tumor maligno que en algún momento, explotaría consumiendo todo mi ser.

 

Me dejé llevar, ya no tenía nada que perder, excepto mi familia. ¿Y qué si se enteraban de esa cosa viscosa? Al final, lo único que quería era largarme de aquí y alejarme de lo que me hacía daño.

 

Me acosté en el suelo. Pronto, se convirtió en una piscina. Comencé a flotar en el líquido, eran como un río. Las pequeñas olas mecían mi cuerpo mientras miraba al techo. Cerré los ojos y me sumergí olvidando el mundo exterior.

 

Desperté sudando. Fue una pesadilla. No había pasado. Eso que tanto me costó superar volvió a mi, pero solo en un sueño. Gracias a Dios. Sí, quizá eso de dormir para siempre no sea una buena idea. 

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