El ave en mi farol

27/06/2019

Foto: Héctor Dueñas

 

Siempre me han gustado las aves. Sin importar tamaños, cantos o el color de sus plumas, las veo como una de las especies más curiosas del mundo animal. Aunque nunca he tenido la oportunidad o el tiempo de involucrarme de lleno al campo de la ornitología (la rama de la zoología que estudia las aves), sí me dedico a observar, investigar y fotografiar las especies que habitan cerca de mi casa. Y la verdad es impresionante la cantidad de aves que tenemos alrededor… al menos donde yo vivo, hay más de cinco o seis especies distintas (sin tomar en cuenta a los famosos y abundantes “zanates”) que van desde palomas de monte o de patas rojas, hasta aves más exóticas, como tucanes esmeralda.

 

Pero esta historia comenzó hace unos meses, cuando una mañana noté en uno de los faroles de mi casa una gran cantidad espigas y ramas. Lo primero que pensé fue: Es un nido.

 

Me dediqué a observarlo más de cerca. Cada mañana miraba los avances del mismo, poco a poco agarraba forma, hasta que se logró ver perfectamente que era un nido colgante. Eso me emociono aún más, ya que, por consiguiente, se trataba de una especie no tan común. Pasaban los días, el nido seguía creciendo en mi farol, pero el ave nunca estaba allí. La curiosidad me mataba. Quería saber qué tipo de ave era, por lo tanto, el “ir a ver cada mañana”, se convirtió en ir repetidas veces al día.

 

Y ahí estaba… viendo por uno de los cristales de mi puerta (para no asustarlo) esperando a que apareciera. Las semanas avanzaban y poco a poco deje de ver por el cristal. No me había dado por vencido, pero era una realidad que perder 15 minutos cada tres horas no iba a hacer que apareciera más rápido. Hasta que un día, cuando iba saliendo de mi casa y abrí la puerta, un aleteo rápido y una sombra negra y amarilla me desconcertó. Era el ave.

 

Rápidamente lo busqué con la mirada mientras se alejaba a la distancia; logré ver sus plumas negras y una gran mancha amarilla en el pecho. Me encantó.

 

Regresé a mi rutina de observar por el cristal. Me di cuenta que por las mañanas podía encontrar al ave arreglando las ramas y hierbas entre la cadena del farol. Realmente estaba fascinado, la tenía tan cerca y, para más, no era solo uno, era la pareja. Ya que lo había visto bien, comencé a investigar. Se trataba de un turpial cuñarra, un ave de la misma familia que el turpial venezolano, el ave nacional de Venezuela y, para mi sorpresa, del mismísimo zanate. Una vez identificados, mi objetivo de observarlos cambió. Tenía que tomarles una buena foto en su nido. Pero hacerlo por el cristal de la puerta no era una opción, la idea era lograr abrir la puerta lo suficiente para que el lente de mi cámara cupiera, y tomar la foto.

 

Era muy difícil. Todas las mañanas me sentaba en el piso, cerca de la puerta, e intentaba abrirla poco a poco, pero las aves son animales muy nerviosos por naturaleza, así que el más mínimo movimiento o sonido, ya sea del seguro o la puerta en sí, los ahuyentaba por el día.

 

Pase unas tres semanas intentándolo… cada día era diferente y cada día perdía una oportunidad para lograrlo. Pero también, para mejorar la táctica. Me di cuenta que uno de los dos únicamente se quedaba en la parte de abajo del farol, vigilando. Y también, que este era más sensible al ruido, por lo tanto, era más factible sacarle la foto al que sí trabajaba en el nido.

 

Un martes, como a las 10:00 a.m., saqué mi cámara y bajé a la puerta. Ambos estaban ahí. El clima y las condiciones eran óptimas para lograr la foto. Comencé con un movimiento a la vez. Primero quite el seguro de la puerta. Ese ruido los desconcierta y los pone alerta, por lo que tenía que esperar a que siguieran trabajando. Minutos después, abrí la puerta. El pequeño rechinido de la manija fue suficiente para que uno de los dos se fuera volando.

 

Con la puerta abierta, literalmente, a un centímetro del marco, la precisión y rapidez eran clave. Decidí preparar la cámara. Ese pequeño centímetro fue suficiente para tener una buena medición de luz, y una vez con los valores aproximados con los que debía tomar la fotografía, decidí seguir abriendo la puerta poco a poco. Ya podía verlo.

 

Evidentemente él también había notado mi presencia, rápidamente movía la cabeza de lado a lado mientras me miraba fijamente. Sin movimientos bruscos y sosteniendo la puerta con mi pierna, agarré mi cámara, y por el visor, enfoqué. Podía ver como se movía de un lado otro. Los segundos se detuvieron, y con mis ojos seguía el movimiento de su cabeza. Cuando me vio, disparé. Tres fotos fueron suficientes antes que volara rápidamente del nido. Nervioso, revisé las fotos en mi cámara…

 

Lo logré.

 

Días después, la pareja de aves sigue llegando a terminar su nido. Con suerte más adelante puedan criar a sus pichones allí mismo. Por mi parte, esta fue posiblemente una de las fotos más complicadas que he tomado… pero definitivamente despertó en mi el amor por la fotografía de aves como un pilar necesario que seguiré practicando durante mi carrera.

 

Fin.

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