Crónicas de la casa de la esquina: Mi padre, el porqué de Antigua

22/06/2019

Creo que hablo tanto de Antigua Guatemala que muchos pensarían que de verdad nací ahí, pero no. Nací en Guatemala. Mi padre es el vínculo que existe entre mi familia y ese lugar tan especial para mi.

 

Él sí es antigüeño, toda mi familia paterna lo es. Nació en la casa ubicada en la esquina de la 5a avenida sur y 6a calle poniente. No se preocupen, hasta hace poco entendí cómo funcionaban las direcciones ahí. Pero es la casa donde hace un tiempo estaba Rilley's; la que está a la par de la San Martín.

 

Ahí también nacieron mis tíos. La pregunta es: ¿cómo terminamos en la ciudad? Es una larga historia, que a veces a mi papá todavía le cuesta contar sin que se le llenen los ojos de lágrimas.

 

Haciéndola corta, mi abuelo fue perseguido, al igual que muchos guatemaltecos, por simpatizar con el gobierno de Jacobo Árbenz. Exhilio, persecución y puertas cerradas en la hermandad que tanto queremos son parte de esa historia que algún día contaré entre líneas.

 

Mi papá cuenta muchísimas historias de su infancia, como la vez que se escapó enojado de la casa y se escondió en las ruinas de San José El Viejo, prometiendo nunca regresar. Recuerdo también la historia del hombre con ojos de huevo que su abuela le contaba mientras miraba desde la ventana de la cocina.

 

Una anécdota que me gusta mucho escuchar es aquel en donde mi abuelo se lo llevó a la Escuela un Viernes Santo y entre la gente y las actividades, olvidó a mi papá, quien se quedó dormido entre los enseres mientras salía la procesión. 

 

Cuando consagraron al Sepultado, la noche de los candelazos con San Felipe, el barandal en el altar de la Escuela, cuando los espantaron en la iglesia con el ruido de las palomas en el techo (es una historia curiosa, porque en ese tiempo, no habían liberado las palomas). Un sinfín de historias más que hemos escuchado de su vida en Antigua.

 

Por eso, mi papá y mis abuelos se mudaron a la capital, donde crecieron y el resto es historia que se sigue contando. Otra parte de mi familia, los Alvarado Gaytán y los Montiel, aún vive en Antigua. Los segundos son reconocidos por sus alfombras para el Nazareno de la Merced en la Calle Ancha el Viernes Santo.


Mis abuelos perdieron muchas propiedades ahí, pero esa casa que les digo era lo único que quedaba. Desde que tengo memoria, la Cuaresma y Semana Santa nos íbamos ahí. 

 

La casa en 2019

 

Mi papá, como sus antecesores, han sido miembros de la Hermandad de la Escuela de Cristo, así que era imperativo estar ahí el Viernes Santo. 

 

Veíamos todas las procesiones pasar desde el balcón. Recuerdo tantas veces que el incienso de San Felipe se entraba a la casa en la madrugada. Mi hermana y yo en pishamas agarradas de los barrotes de hierro.

 

"Ahí va papito", le decíamos a mi mamá cada vez que veíamos a mi papá con su uniforme de la Escuela en el frío de la madrugada. 

 

Tendríamos como unos siete u ocho años. Cada vez que nos decían: "Nos vamos a la casa", empacábamos muñecas, libros para pintar, marcadores, peines, tijeras y un montón de cosas que nunca íbamos a usar mientras estábamos ahí.

 

 Mi papá vistiendo su uniforme, Viernes Santo 2019.

 

La casa funcionaba como un hotel, pero la parte de atrás estaba reservada para la familia. Por las mañanas, mi mamá siempre cocinaba huevos con frijol. Nunca se me olvida la vajilla de plástico china que hasta ahora, sobrevive.

 

Recuerdo que el desayunador era idéntico al que aparecía en un cuadro que tenemos de la bendición de los alimentos. Ahí aparecía Nuestro Señor junto a la familia que oraba. Era idéntico. Hasta el color verde de las paredes.

 

La pila era enorme. Ahí nos lavábamos las manos y mi mamá lavaba una que otra prenda. Los baños estaban llenos de telarañas. Recuerdo que yo me bañaba rapidísimo, ya saben que odio las arañas.

 

Durante el día, si no salíamos a caminar al Parque, nos quedábamos con mi hermana jugando en el patio. Una vez desenterramos una papa que la empleada había sembrado. Se enojó tanto que cuando nos regañó, salimos corriendo entre risas.

 

Pasamos tantas tardes cambiando de canal manualmente en la tele en blanco y negro. Ahí mi hermana se enamoró de Shaoran, y quién no, después de ver como tres veces la película de Sakura Card Captor.

 

Por las tardes, como a las cinco, los pasillos de esa casa se iluminaban con velas. Era increíble lo mística que se veía. Y pensar que en uno de esos cuartos nació mi papá, que ahí donde corríamos también corrió él, que de la misma forma que nosotras lo veíamos a él junto a la procesión, así veía él a mi abuelo cada Viernes Santo.

 

Mi papá y yo, creo que en 1996.

 

Pasamos muchos años ahí, años que hicieron que mi amor por Antigua y las procesiones se instalara en mi corazón para siempre. Pero sin yo saberlo, un día la casa ya no estaba.

 

Ese año, no nos quedamos a dormir. La habían vendido. 

 

Vi como pasaba por ella negocio tras negocio. Incluso pusieron un bar, Reilly's, y cada vez que pasaba enfrente, miraba hacia otro lado. No quería creer que en ese mismo lugar donde habitaron sonrisas, devociones e historia, ahora vomitaba un extranjero alcoholizado y quién sabe qué otras cosas más pasaban.

 

Por lo poco que vi, quitaron el gran árbol del patio central. Era horrible pasar por ahí. Era horrible ver cómo la Virgencita de la Escuela pasaba frente el lugar el Sábado Santo y tenían que apagar la música obligatoriamente. ¡En otros tiempos las ventanas estarían abiertas con una familia viendo pasar la procesión!

 

Nunca recuperamos la casa, pero desde siempre he tenido el sueño de volverla a tener en la familia. Esa casa se volvió mi proyecto de vida, un sueño que algún día quisiera volver a cumplir. "Algún día tendré el suficiente dinero para comprarla", le dije una vez a mi papá. Solo se rió tiernamente sabiendo que quizá sería imposible.

 

La historia de mi papá y la nuestra se forjó ahí y es por eso que le tengo tanto amor a Antigua. Tanto es ese amor por ese lugar perdido que siempre he dicho que soy de ahí.

 

Recuerdo que en una entrevista, me describí como Panza Verde de corazón cuando tenía como 12 años. Antigua ha sido mi segundo hogar. Sí, ahora es un desastre por las noches, un lugar que pierde su identidad, pero toda su magia sigue ahí.

 

Hace unos meses, me tomaron una foto con mi papá, de las pocas que tenemos juntos conmigo ya a esta edad. "A ti debo mi gran devoción", le puse en la descripción. 

 

Mi mamá nos vestía de blanco para cargar, no sé por qué si lo mío es el negro.

 

A él es a quién agradezco infinitamente por volverme "cucurucha" hasta la sangre, a amar las imágenes por lo que son: representaciones del Bien infinito.

 

A él también debo mi unión con Antigua, con las calles empedradas, el incienso y las empanadas de hierbas dulces. 


Y esa unión queda guardada bajo tierra para siempre. Hace unos días, visité a mis abuelos en el Cementerio San Lázaro y más que tristeza, sentí alegría de saber que ahí estaba mi lugar, mi hogar. Nuestro hogar. "De la cruz para la derecha, luego a la izquierda y de la cruz a la derecha", siempre repite mi papá cuando camina entre las calles cubiertas de castañas.

 

Por Dios, ¿cuántas cosas no han pasado ahí? Nos reencontramos con mis primos (esa misma noche hicimos un grupo en Whatsapp con el nombre Primos EdeC y ahora somos inseparables), conocí mi primer amor, conocí amigos increíbles, aprendí a no tenerle miedo a las bombas, me caí mil veces en las piedras y se me rasparon las rodillas (cargaba las medias blancas siempre llenas de sangre), demasiadas experiencias y recuerdos que siempre guardo en mi corazón. 

 

El mausoleo familiar, noviembre 2018.

 

Muchos creen que es imposible sentirse antigüeño sin haber nacido ahí, pero yo misma lo he comprobado y diré que sí es posible aunque me apedreen. No he conocido tanto amor por lo propio como el de los antigüeños. Perdónenme.

 

Muchos me molestan con Antigua, me añaden apellidos y ahora, me asignan coberturas ahí. Lo disfruto como nada, amo regresar cada vez que puedo a ese lugar donde las chicharras comienzan a cantar a las cinco, donde los retumbos del volcán me despiertan por las noches; ese lugar donde crecí.

 

*Prometo buscar fotos de nosotras haciendo desastres en esa casa.

 

Continuará...

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