Una carta a mi segundo gran amor

07/06/2019

 

Hay tantas cajas que ya ni sé dónde más buscar. O tal vez me parecen tantas porque, en mi desesperación, solo saco a medias las cosas de cada caja y en realidad no estoy buscando bien. Pero tiene que estar aquí, sé que no la tiré. Aunque fuera solo una hoja vieja y arrugada con párrafos a medias, era una de las cartas más sinceras que había escrito en toda mi vida. ¿Sería posible que fuera tan poderosa como para regresarlo?

 

Sigo abriendo y deshaciendo cajas, echando vistazos rápidos a lo que contenían, rompiéndolas, tratando de contener los temblores de mis manos. Siento que el reloj va en mi contra y debo acelerar todavía más el paso. Después de lo que me parecen horas, saco un libro y de él cae un pedazo de papel. Me paro en seco. Reconozco esa hoja, sé que es esa. La tomo y la abro, y luego de diez segundos de shock, la tubería de mis ojos se rompe.

 

No puedo odiarme más en estos momentos. El solo pensar que una pequeña acción pudo haber cambiado tantas cosas me hace aborrecerme. Pero no tengo tiempo siquiera para pensar en ello, ya que la tengo debo correr al hospital.

 

Pasaron ya tres semanas desde que mi mamá me llamó con una de las peores noticias que me pudo dar. Mi hermano, mi pequeño niño, había tenido un horrible accidente en carro y lo habían inducido a coma, y las probabilidades de que sobreviviera eran mínimas. Nunca me he sentido tan impotente. Esta vez no hay cosa que yo pueda hacer para calmar su dolor. Y eso solo aumenta mi martirio. Además, el sentimiento de culpa es inevitable.

 

Por muchos años él sintió que yo no lo quería de la misma forma que él a mí. Después de la pelea del siglo que tuve con mis papás, me fui de casa y él lo tomó como si lo hubiera abandonado. Dijo que fui tan egoísta por  dejarme llevar por el drama con mis papás que nunca pensé en que también lo dejaba a él. Él también me necesitaba y yo nunca se lo pregunté. El problema fue que para él era fácil demostrar sus sentimientos, y yo era todo lo contrario. Por supuesto, que él se sintiera despreciado por mí no fue la causa de su accidente, pero saber que parte de su dolor antes de quedar inconsciente fue por mi culpa, me hace sentir un agujero negro enorme en el estómago.

 

Voy todos los días a verlo, por lo menos ahora debo compensarle ese tiempo perdido y cuidarlo. Espero que me escuche cuando le hablo. Espero que sienta que estoy allí con él cuando le tomo su mano. ¿Lo sabrá? No lo sé y no me importa, ya nada del pasado importa. Cómo le hago saber que es un pedazo vital de mí es lo que me pregunto cada minuto que pasa. No sé cuánto tiempo tengo, pero esta pregunta se responde rápido cuando el doctor regresa con los resultados de los últimos exámenes que le hicieron. No necesita decir mayor cosa. Sé que en cualquier momento se irá.

 

Mi único pensamiento se centra en hacer lo que no hice toda su vida, tengo que decirle todo, pero las palabras correctas no encontrarán camino fuera de mi boca en estos momentos.

 

La carta. Esa es la solución. Hace tantos años le escribí una carta esperando un momento grande para dársela. Y vaya momento, pero no el tipo de gran momento que esperaba. ¿Por qué esperé tanto? Qué idiota. Pero no hay tiempo para pensar.

 

Cuando regreso y entro a la habitación, mis padres no tienen expresión alguna, seguramente los invade todo y nada en la espera de que su hijo los deje. No me hablan, no les hablo, solo entro y me siento en la silla al lado de la camilla.

 

—Hace muchos años te escribí algo —comienzo a decirle— te prometo que fue hace mucho y no fui a escribirlo ahorita. Es vago, ni siquiera está completo. Solo fui escribiendo lo que pensaba y lo que sentía, pero lo releí tantas veces y te juro que es el sentimiento más real.

 

Mi voz comienza a cortarse.

 

—En serio espero que me puedas escuchar.

 

“Para muchas mujeres su primer y gran amor es su papá. Y el mío también lo es, mi papá es mi todo. Pero hay otra persona que sé que jamás podré dejar de amar. Duele cuando estoy lejos de él, cuando hablamos por teléfono y se emociona al escucharme. Cuando me dice que me extraña, cuando me ve y al despedirnos me abraza tan fuerte esperando nuestro reencuentro…”

 

Me siento tan pequeña, tan estúpida. No volteo a ver a mis papás, pero siento sus miradas clavadas en mí. Los pitidos de la máquina conectada a su corazón son mi temporizador.

 

“Pienso en la vitalidad que le agrega él a mi existencia, ojalá la lleve consigo siempre y, así como lo ha hecho conmigo, la disperse entre todos los que lleguen a su vida. Regreso la mirada en el tiempo y me doy cuenta de los años que pasaron, parecen siglos desde aquí. Veo nuestras fotos y ambos hemos crecido demasiado, pero yo no quiero que él crezca, ya no más. La mayoría de veces que estoy con él me siento como una niña perdida de Nunca Jamás, y todas esas cosas de grandes parecen ser triviales y lejanas. Qué fácil es verlas así cuando su mayor preocupación es en qué momento podrá ir a jugar".

 

Solo puedo pensar en esa vitalidad que en los mismos instantes que leo esto se va apagando.

 

Pip, pip, pip, pip, pip, pip.

 

Sé que en el futuro, quien sea que se gane su corazón, va a ser la mujer más feliz y consentida, a la que va a traer loca con sus atenciones. No lo voy a celar, no seré posesiva por haberlo conocido primero, no trataré de evitarlo. Pero sí lo cuidaré, con todo lo que ello implique, protegeré ese corazón que yo tan bien conozco. El corazón más noble y desinteresado, el que sabe cuando alguien necesita un abrazo o solo compañía, el que regala la risa más contagiosa de la vida, el que da sin esperar algo a cambio, el que es atento y cariñoso. De quien sea que trate de hacerle daño lo voy a defender.”

 

—Lo siento… —No me controlo. Veo cómo la hoja gota a gota comienza a mojarse. Primera promesa que no pude cumplir. Le fallé. Lograron dañarlo, y la primera en hacerlo fui yo.

 

Pip, pip, pip, pip, pip.

 

“Espero que sepa que siempre seré su amiga. Su mejor amiga, si él quiere…”

 

Mentirosa.

 

“…Espero que sepa que, aunque el tiempo y la vida constantemente nos separen, puede acudir a mí en cualquiera que sea la situación en la que se encuentre…”

 

Mentirosa. Otra promesa sin cumplir.

 

Pip, pip, pip, pip.

 

“…que yo voy a guardar sus secretos si lo necesita; voy a hacerlo reír cuando sus brillantes y húmedos ojos me lo pidan. Voy a ser su cobija y resguardo en plena tormenta de la vida; voy a ponerlo de nuevo en ruta si se desvía o solamente orientarlo si no sabe adónde ir. Voy a escucharlo cuando no quiera opiniones. Podemos retar a nuestros miedos juntos también, si necesita adrenalina; si solo quiere un día de paz, estoy puesta y dispuesta. Voy a ser su incondicional.”

 

¡MENTIROSA! Pip, pip, pip.

 

“…quitarme el título de hermana menor. Probablemente el plan de Dios fue así desde el principio, y esos 9 años, 5 meses, 17 días, 1 hora y 45 minutos que tardó en encontrarme, tenían que pasar para que yo pudiera crecer y cuidar de él propiamente.”

 

No es posible. ¿Cómo pude dejar esto solo en papel?

 

“Ese fue el primer sentimiento que tuve la madrugada del 17 de octubre de 2007, cuando por primera vez escuché su llanto desde la sala de espera, cuando por primera vez vi su pequeña carita como la duplicada imagen de mi papá, la afirmación de que tenía una responsabilidad más grande como ejemplo a seguir.”

 

Y hoy estoy otra vez aquí, en la silla de un hospital, esperando que abra sus ojitos una vez más. Pip, pip.

 

Esta cosa no funciona. ¡¿Por qué no lo despierta?! Posiblemente ¡por mentirosa! Pip.

 

Eso es, mi castigo por prometer lo que nunca iba a cumplir.

 

Mentirosa…

 

La máquina marca el último pitido, el más largo. Mis padres dejan de jadear y el silencio en la habitación es sepulcral. Nadie se derrumba en el instante, todo solamente se paraliza, el tiempo es el principal.

 

“Te digo a ti, mi pequeño de mejillas rosadas, que prometo cumplir con mi deber como tu hermana, y proteger tu corazón, tu inocencia y tu sonrisa hasta el infinito y más allá…

 

Y así de chistosa es la vida, cuando menos fuerzas tienes es cuando más te pega. Y qué injusto, ¿no? Sí, qué injusto que yo dijera tanto e hiciera nada. Qué injusto que pasara hasta su último latido pensando que lo abandoné. Mi conciencia me torturará el resto de mis días. Los doctores dicen que aún en coma te escuchan, pero qué mentira. Él no me escuchó, no despertó.

 

No vuelvo a hacer lo mismo, no volveré a esperar al último pip¿O es otra promesa que no voy a cumplir?

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