Olores, mítines y la niña del maní: la media maratón internacional de Cobán

06/06/2019

(Foto: FB Media Maratón Int. de Cobán)

 

Seis horas y media de autobús para ir a correr. ¿Lo vale? Lo vale, totalmente. Porque Cobán tiene un color especial, que dirían Los del Río sobre su natal Sevilla, aunque la cabecera de Alta Verapaz, en el norte de Guatemala, nada tiene que ver con la capital andaluza. De hecho, personalmente me gusta llamarla la tierriña chapina, porque me recuerda mucho a los montes lluviosos gallegos.

 

Nada más cruzar la frontera de las Verapaces, el entorno completo se transforma; el suelo se torna verde, el transistor del bus cambia el reguetón por la marimba y de afuera entra un aroma a tierra mojada que debe estar más que impregnado en las narices de quienes viven en chipi chipi perenne.

 

Y así como el olor que entra por la ventana te indica en qué región de Guatemala estás, la esencia que penetra las fosas nasales te cuenta en qué parte de la pista de salida de la media maratón internacional de Cobán te encuentras.

 

El año pasado yo era debutante; un imberbe no solo en la prueba de Cobán, sino en las carreras de 21 kilómetros en general. Cosas de la osadía juvenil, decidí iniciarme en este mundo en la prueba más famosa de Guatemala, una de las más importantes de Centroamérica. Desde el 2000 la han ganado siempre atletas keniatas, y la última vez que un chapín se hizo con el oro fue en 1990.

 

Pero, como mi objetivo no era el podio, me lancé al agua, y caí directo en el último corral. En este tipo de carreras la salida se divide en corrales, para que los más competitivos queden al frente, así tienen menos obstáculos. Como primerizo, pues lógicamente me mandaron al quinto.

 

Sin embargo, como no me fue tan mal, me gané el derecho a salir desde el segundo este año. Los ídolos locales y los cracks keniatas estaban a unos pasos de mí nada más.

 

Con ese ascenso aprendí algo: cada corral tiene su fragancia. Mientras más atrás estás, más huele a ungüentos de precalentamiento y bloqueador solar, pero a medida que te vas adelantando, ese aroma se desvanece para dar paso al del hambre.

 

Hambre de marcas personales, escalada de corrales y, por qué no, medallas.

 

 

La fiesta que se vive en los últimos puestos se transforma en miradas centradas y mentes enfocadas en cazar la vuelta más rápida posible. Los de atrás cantan el himno; los de adelante se meten en su visión de túnel.

 

Y, así, arranca la media maratón.

 

La primera vez que fui me sorprendió el ambientazo que se monta a lo largo del recorrido; las calles de Cobán y las de Carchá alojan a una multitud que un domingo normal a esa hora estaría durmiendo o preparándose para ir a la iglesia (independientemente de qué culto sea el suyo). Pero lo alucinante de verdad era ver la carretera entre uno y otro pueblo: grupos de niñas bailando, vestidas con el traje típico de la zona, para alentar a los competidores; conjuntos de marimba y gente, más gente, proveyendo agua, suero, comida y aliento.

 

Este año había un elemento invasor: los mítines exprés.

 

Donde otrora había aficionados y curiosos, este año se plantaron tarimas e hileras de gente de los distintos partidos políticos que batallan por la presidencia del país, todos ellos con speakers que intentaban amenizar la carrera, pero siempre con el logo de su bancada por delante.

 

No diré nombres para no agrandar el alcance de sus discursos, pero estaban los grandes partidos y los chicos que solo conocemos al tener las boletas en nuestras manos; estaban los que se han quedado sin presidenciable recientemente y otro que incluso tuvo en primera línea a su candidato a la silla del Palacio Nacional, con su lápiz amarillo en una mano y el micrófono en la otra.

 

Los keniatas que iban a la cabeza no se habrán enterado de mayor cosa, pero los demás estábamos condenados a intercalar gritos de apoyo con mensajes propagandísticos.

 

Visión túnel como método de supervivencia.

 

Una hora y 29 minutos después de arrancar, llegué a la meta. Exhausto pero satisfecho, porque batí me marca personal, tanto de la prueba como de la distancia. De todo lo anterior, esto último fue lo único que le dije a la niña del maní.

 

“¿No me vas a comprar semillas, “pué”?” me dijo mientras salía de un restorán en El Progreso (oriente de Guatemala).

 

El tráfico estaba quieto del todo; al parecer, por la construcción de un puente detienen la circulación durante media hora (un domingo, 30 minutos en toda la tarde, nada más. ¿Tiene sentido?) y ella aprovechó para acercarse a la ventana de mi carro para intentar venderme semillas varias.

 

Ante mi negativa inicial me sacó conversación con preguntas sobre la carrera (yo iba aún con ropa de correr y un evidente olor a esfuerzo) y una herida un tanto fea que lucía en mi rodilla izquierda.

 

Tras responder sus preguntas, lo más cercano que he estado de que me hagan una entrevista post-carrera, me relanzó la oferta: “¿No me vas a comprar semillas, “pué”?” Nuevamente le dije que no, acababa de comer, pero me sacó una sonrisa auténtica, pues no debía pasar de los ocho o nueve años y ya estaba poniendo en práctica tácticas de márquetin muy avanzadas.

 

En fin, que Cobán es más que una media maratón; es la prueba de que en Guatemala medimos las distancias en horas y no en kilómetros, porque no queda a 200 y pico de la capital, sino a seis horas y media; es también un popurrí de olores que te sitúan en un marco geográfico y en uno deportivo; es, al menos este año, la politización del deporte y, también, el escaparate de los emprendedores oprimidos que se forjan en las calles.

 

No por nada es la carrera más importante del país.

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