Sincronizados

04/06/2019

 

El cielo era negro, las calles estaban húmedas y los suspiros estaban alineados al terror y a la incertidumbre. Porque claro, caminar en la noche, con una pequeña niña, por las calles de la zona 1, no es la definición de seguridad. Por eso, Rafa andaba con pasos cada vez más apresurados. Su hija iba del lado de las casas y locales, mientras él iba del lado de la calle. Era más seguro así.

 

Pero los suspiros no solo estaban alineados con Rafa, sino también con Gustavo y su desesperación. Desesperación de un cuerpo vacío. En esa esquina, en donde el alumbrado público apenas funcionaba, su juicio era atacado por sustancias tóxicas y tripas rogando alimentos.

 

Quién diría que en un mundo de encuentros casuales, hoy se sincronizarían estos dos alientos.

 

“Ya solo faltan tres cuadras”, se repetía Rafa en la medida en que avanzaba. “Ya aparecerá alguien”, pensaba Gustavo.

 

Bum, bum… latían los corazones.

Bum, bum…

Bum, bum. Bum, bum. Bum, bum. Bumbum, bumbum, bumbum.

 

Sus corazones se agitaban cada vez más.

 

En menos de un instante, Rafa se encontraba con una pistola en su cabeza. A pesar de no comprender completamente la situación, las pupilas de su su pequeña hija se dilataron: sabía que algo malo estaba pasando.

 

La mano de Rafa apretó fuertemente la de su hija. Era más consuelo para él que para la pequeña niña.

 

Gustavo, sin poder pronunciar bien, balbuceó:

—Dame todo… todo tu dinedo...

 

Rafa soltó la bolsa de pan de la Berna que llevaba en la mano, definitivamente no soltaría los deditos de la pequeña. Gustavo se dió cuenta de lo que había en el suelo, pero parecía no comprender. Rafa estaba sacando su billetera, no tenía efectivo y lo sabía.

 

—Mirá, la verdad es que no tengo dinero. De verdad, lo siento. No, no... no tengo.

 

Rafa le mostró su billetera.

 

—Pero te puedo dar la bolsa de pan, si lo deseás.

 

Rafa intentaba tragar saliva.

 

—Es que vos me vas a odiar, me vas a odiar por lo que te voy a decir.

 

El corazón de Rafa palpitaba con más intensidad. Para la pequeña niña, la palabra odio aún era muy fuerte. Lo que no sabía Rafa es que el corazón de Gustavo palpitaba aún más acelerado que el de él. Una gota de sudor, sincronizada, cayó por ambas frentes.

 

—Mano, necesito que nos dejés ir. Aquí te dejo la bolsa de pan mirá.

—No vos, yo lo que necesito es otra cosa…

 

Rafa analizó la cantidad de cosas que podría necesitar: amor, un hogar, comida… Un violento ¡DAME TODO TU DINERO! lo regresó a la realidad.

 

—Mano, de verdad, no tengo pisto…

 

No eran muchas sus opciones para salir de ahí y lo sabía, Gustavo jaló el gatillo. Y Rafa jaló el aliento.

 

Tras unos segundos con los ojos cerrados y dientes rechinando, se dio cuenta de que todos seguían ahí. Intentaba mantenerse tranquilo por su hija, pero un charquito de agua apareció entre las piernas de la niña. En ese momento Gustavo notó, aún más, la presencia de la pequeña criatura.

 

-Ah, con que por esto es que te querés ir.

 

Gustavo quitó la pistola de la cabeza de Rafa, pero eso no era un alivio. Con lo que pudo se agachó y se acercó a la carita de la nena. En medio de esa noche obscura, vio unos ojitos verdes brillantes y que se le hacían familiares. Gustavo abrió su boca y el hedor de era penetrante.

 

Rafa no lo dudó, estaba demasiado cerca de su hija. Empuñó su mano y estaba a menos de un centímetro de la cara del vagabundo. Una vocecita lo detuvo:

 

—Papi, no.

 

Él nunca había sido violento. Además, no podía pegarle a un hombre si su hija le había pedido que no lo hiciera.

 

—Es que tienes el corazón que ella tuvo una vez. Pero me vas a odiar. Me vas a odiar, te lo digo.

 

Rafa no terminaba de comprender las oraciones de Gustavo.

 

—No te odio, y no lo haré. Solo déjame ir. Perdóname el no tener dinero y te perdono el susto.

—Es que perdón no hay. Porque mi hija, aunque la cuidaba igual, ella no me perdonó. Y ahora vive lejos. Y mi mujer, tampoco.

—Vos, pero sí les pediste perdón, ¿en serio?

 

Tras varios hilos de lo que intentaba ser una conversación, Rafa se alejaba poco a poco de aquel hombre.

 

En la menor oportunidad que se le presentó, Rafa tomó a su hija en brazos y apresuró sus pies para alejarse. Bum, bum… el corazón de Rafa se desaceleraba, pero su paso no lo hacía. Casi parecía que se había librado.

 

Bum, bum, bum, ¡PUM!

 

Sonó un disparo, sincronizado con el último latir del corazón de Rafa.

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