Coincidir

10/05/2019

Las corrientes de aire provenían de todas direcciones, cada árbol se balanceaba a su propio ritmo.

 

Con cada peldaño que subía, se entrecortaba más mi respiración. “Tarde, como siempre”, me recriminaba a cada paso.  Luego de una agitada carrera contra el tiempo, lo vi. Parado al fondo, charlando amenamente con un amplio grupo de personas que no le quitaban los ojos de encima. Allí estaba, Fernando Valverde, el hombre que había llenado mis tardes solitarias de historias.

 

 

Al cruzar el umbral de la puerta, sentí el calor subir hasta mis mejillas. En ninguna dirección encontré un rostro que me resultara familiar, por lo que me escurrí entre los presentes buscando un sitio disponible. A mi alrededor observé a grupos de jóvenes y adultos conversando, todos parecían disfrutar del momento. Mis menudos dedos comenzaron a repiquetear rítmicamente sobre el reposabrazos de la butaca. Sentí una mirada sobre mí.

 

Con unos ojos inquisidores, el hombre sentado a mi lado me preguntó: “¿También eres admiradora de Valverde?” A pesar del esfuerzo, las palabras no fueron suficientes para lograr explicarle lo mucho que este escritor significaba para mí.

 

—Considero que la Ciudad del Pensamiento, es sin duda su mejor obra. ¿Y tú qué crees?

 

No podía estar más de acuerdo con él. Había leído ese libro al menos seis veces y en cada ocasión encontraba algo nuevo que llamaba mi atención. De pronto la conferencia terminó y la organizadora del evento dijo: “La firma de autógrafos se realizará afuera del salón. Les agradecería si formaran una fila”.

 

Comencé a hacer la fila junto a él. Estábamos casi al final, la mañana pintaba larga.

 

—Puedo preguntar, ¿por qué te gustan tanto los libros?

 

Nunca me había puesto a pensar en el motivo de porqué los libros eran tan valiosos para mí. Me detuve unos minutos a analizar y lo comprendí. 

 

—Pues, siempre fui una niña solitaria, supongo que encontré en los libros la compañía que buscaba.

—Entiendo. Los libros siempre son buenos compañeros.

—Pasaba la mayor parte del tiempo en mi casa. Mi mamá murió cuando yo era aún muy pequeña y mi papá trabaja hasta tarde. Entonces… sí, supongo que es por eso.

—Los libros también son importantes para mí. En los momentos difíciles, ellos me han dado una respuesta. En especial este —dijo mostrándome su desgastada copia.

 

Con la luz del exterior, me percaté de las incipientes canas que comenzaban a salpicar su cabello. Alrededor de sus ojos verdes, se empezaban a notar algunas arrugas, disimuladas por los aros de sus anteojos. Sus ojos vivos, pero cansados, denotaban que habían visto varios inviernos pasar. La madurez de su rostro reflejaba serenidad, algo que, a mi edad, aún me faltaba alcanzar.

 

—Cuando inicié la universidad, más o menos a tu edad, sufrí un accidente y recuperarme no fue un proceso fácil. Leer fue una forma de aliviarme.

—Puedo preguntar, ¿qué sucedió?

—Caí de una escalera. Las heridas tardaron alrededor de dos años en sanar. Me afectó bastante emocionalmente. Mi autoestima se debilitó, la apatía se volvió parte de mis días. 

—Imagino que fue una época difícil. ¿Cómo lograste superarlo?

—Una tarde cuando estaba apunto de rendirme. Fui a una cafetería, en donde, alguien había dejado olvidado el libro de Valverde, que tengo hoy conmigo. Me bastó leer la primera frase…

—“La historia no termina, hasta que colocas el punto final. Mientras tanto sigue escribiendo...” —dije robándole las palabras.

—¡Justo esa! En el accidente vi muy de cerca la muerte. Hay que ser consciente de que ella está siempre presente. Antes le temía, luego comprendí que sin ella el sufrimiento y la alegría pierden su valor.  Son los sentimientos, por dolorosos que sean, los que te hacen sentir vivo. 

 

Eché un rápido vistazo al reloj y descubrí asombrada que habíamos platicado alrededor de tres horas. Habíamos avanzado unos cuantos pasos. Sin su compañía el paso del tiempo se hubiera sentido pesado.

 

—Nunca comprendí por qué yo tuve que sufrir la ausencia de mi madre. La vida de mis compañeros lucía más fácil — dije.

—Todo ocurre por una razón. Las personas en nuestra vida aparecen en el momento justo y permanecen el tiempo necesario —me respondió con una sonrisa de complicidad.

—Nunca lo había pensado así.

—Sin ese acontecimiento doloroso, no serías hoy quién eres.

 

Al percatarme que la fila avanzaba. Busqué en mi bolso, mi copia del libro de Valverde. En las prisas lo había olvidado. Recordé que en la entrada había una venta de libros, pero para mí mala suerte, solo aceptaban efectivo. Comencé a morder mis uñas como si de ellas fuera a salir la respuesta a mis problemas.

 

—¡Ay no puede ser!, olvidé mi libro —dije hablando para mí misma.

— Tranquila —dijo titubeante.

 

Tomó su copia y me la extendió.

 

Es tuya, te la regalo. Tus uñas no tienen que pagar la factura de tu descuido —dijo mientras soltaba una carcajada.

—No, no...

—Yo deseo obsequiártelo.

 

A pesar del bullicio, la organizadora logró llamar nuestra atención. Dijo: “Lo siento mucho, Valverde ya no dispone de más tiempo. La firma de autógrafos ha terminado”.

 

 —¡Que mala suerte!, solo la firma nos faltó.

—Sí, lástima, pero puedo devolverte el libro – dije mientras se lo extendía.

—No, es tuyo. 

 

Las nubes de la mañana habían comenzado a disiparse. El viento había empezado a soplar en una sola dirección, el bamboleo de los árboles se sincronizó.

 

—A pesar del clima tan loco, vino mucha gente.

—Sí, nunca imaginé que Valverde tuviera tantos admiradores —dijo señalando la interminable fila.

Es curioso, ¿no?, entre tanta gente coincidir.

 

Era el momento de retirarnos, las personas comenzaron a dispersarse.

 

—André Ibarra, fue un gusto conocerte —dijo mientras me tendía la mano.

—Laura Noriega, pienso lo mismo —dije extendiendo mi mano en respuesta.

 

Luego de estrecharnos las manos, nos despedimos. Caminando en direcciones opuestas, conscientes de que nunca más nos volveríamos a ver.

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