¿Indiferencia o paz mental?

01/04/2019

Hace unos días discutía con una amiga cercana sobre el bien y el mal, y la actitud del hombre hacia el mundo. Mi amiga me dijo que hay tres formas de ver la vida, según entiende ella: desde el punto de vista positivo, desde el punto de vista negativo o desde la indiferencia.

 

Nunca he sido defensor del optimismo porque, a mi parecer, es una construcción bastante artificial. Tampoco abogo por el negativismo porque es una batalla perdida de quienes no pueden aceptar el blanco y negro del mundo, porque lo oscuro los lastima y ven lo blanco como una máscara de lo negro. Según esto, mi pensamiento debería ser categorizado como indiferente.

 

Pero la indiferencia tiene mala reputación. De acuerdo con la imagen que se tiene, una persona indiferente no siente. No ríe y no llora, no goza y no sufre. Solemos tener miedo a la indiferencia por ser una represión de la naturaleza humana y el consejo común es la búsqueda de la opción positiva.

 

La filosofía existencialista, junto a una historia llena de guerras, persecuciones injustas y sufrimiento inmensurable ha provocado que la indiferencia tenga más allegados. Pero si analizamos de cerca este fenómeno, es posible ver que la indiferencia como rechazo al sentimiento humano nace por el miedo al sufrimiento, al mismo tiempo que la indiferencia evoca miedo en las personas. En este caso, la noción común de la indiferencia se acerca más a la de negativismo planteada anteriormente. Entonces, podemos concluir, que el rechazo a la emoción humana es más un negativismo que una indiferencia.

 

Así que la pregunta viene a ser: ¿Qué punto de vista se puede dar al mundo?

 

 

El pensador Albert Camus dijo que el problema fundamental de toda filosofía es juzgar si la vida vale o no la pena vivirla. Una pregunta que bien considerada puede alterar las aguas más tranquilas. También mencionó que, aunque la respuesta de una persona puede ser "sí", su actuar puede reflejar lo contrario. Y según las teorías más modernas, la mejor forma de responder si vale la pena vivir es no tener la necesidad de hacer la pregunta en primer lugar.

 

La filosofía oriental ha inculcado en la cultura global la búsqueda de la paz y la tranquilidad mental, de la riqueza espiritual sobre la riqueza material. Y, en su mayoría, ha adoptado la teoría de no separar al pensador del pensamiento y al sentimiento del que siente. El pensador es sus pensamientos y el que siente es sus sentimientos. Y ha concluido que el problema no radica en dar una solución a qué hay que pensar o qué hay que sentir, sino erradicar la lucha de la conciencia con la naturaleza del hombre y el universo.

 

Por consiguiente, podemos decir que rechazar el pensamiento positivo o negativo no es necesariamente negarse el pensar y el sentir. Pues esto también constituiría una fuerza contraria a la naturaleza. Es simplemente dejar ser al ser y no tratar de hacer al ser. El ser con mente tranquila es el que no intenta callar sus pensamientos y que deja su ser interior fluir, rindiéndose ante lo impredecible.

 

"El hombre perfecto emplea su mente como un espejo: no agarra nada, no niega nada. Recibe, pero no guarda". - Chung Tzu

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