Fe de errata

23/03/2019

(Fotografía: Héctor Dueñas)

 

10:01 p.m. del último domingo de enero


Después de dos décadas en este mundo, 20 vueltas al sol completas y arrancando la décimo primera, me veo de frente sobre uno de los retos más grandes de mi vida hasta ahora. Y no hablo de algo físico o corpóreo que debo superar. No, no, no; va más allá... Al punto donde la mente comienza a jugar con la consciencia y la voluntad lucha para no secarse en el desierto de la derrota. Yo lo definiría como un momento, o una oportunidad (como me dijo una amiga), donde me tengo que demostrar a mí mismo que todo lo que hecho hasta ahora ha valido la pena, aunque todavía no me lo termine de creer.

 

00:37 a.m. del segundo viernes de febrero


Pero, ¿por qué? ¿Por qué llegué a este punto? La pregunta da vueltas en mi cabeza. Todo comenzó con un minúsculo problema que, viendo en retrospectiva, era solucionable. A veces pienso todo lo que pudo ser diferente si hace un año hubiese podido priorizar bien, su hubiese sido más inteligente y menos pasional, pero me es difícil ponerme en un escenario distinto. Y ahora… ahora se siente como si me hubiesen arrebatado los sueños que tenía. La nostalgia, la decepción, la tristeza, la frustración; el simple hecho de no poder cambiar el pasado y ver como las metas se hacen distantes… enloquece a cualquiera. Y es difícil vivir sabiendo que la arruinaste. Tú y solo tú. Sos culpable de tu propia desgracia. 

 

Todas las noches la misma rutina: insomnio, hundirse en los pensamientos, darle vuelta a lo incambiable… Estoy situado en un panorama tan confuso, monótono e indiferentemente deprimente, en el que la confusión no se esclarece, en el que no se ve salida y “tirar la toalla” parece la única alternativa. Entonces decidí que me quiero alejar. No quiero estar con nadie, no quiero hablar con nadie; no quiero salir a fiestas, a comer o por un café, y mucho menos visitas que me recuerden inconscientemente mi fracaso. Todo por estar lidiando con un “minúsculo problema” que, como bola de nieve, creció a algo gigantesco, al menos para mí. 

 

Desaparecí... y así lo sigo haciendo. Borré mis redes sociales, termine mis conversaciones, le comenté a unos cuantos que me tomaría un tiempo, deje de salir, me encerré en mi cuarto y de vez en cuando salgo a la puerta de mi casa a tomar aire. No sé si sea lo correcto, pero por el momento, lo veo necesario para dejar de tirarle leña al fuego que alimenta mis vacíos internos o bajones de autoestima. Y aunque una persona me dijo: "no te aísles”, creo que es justo lo que estoy haciendo.

 

11:46 p.m. del tercer lunes de marzo


No funcionó. Me estanqué en lo mismo. Y aunque sigo “encerrado”, mi tiempo a solas me hizo darme cuenta de lo mucho que importan esas pocas personas que considero cercanas… y, también, lo mucho que esas personas se preocuparon y estuvieron pendientes de mí. 

 

Al final, me di cuenta que el primer paso para aprovechar esta “oportunidad de cambio” que me dio la vida, es fijarme en todos mis problemas, errores, las cosas buenas y no tan buenas que me definen, y claro, ver cómo mejorar en todos los aspectos. Decidí escribirlo. Cada noche, o al menos cada semana, intento buscarme un defecto o algo que necesite mejorar de mí mismo. Es muy complicado, porque a nadie le gusta hacerlo, pero vale la pena. Y por el momento, quiero darle vueltas a ese pensamiento un poco más positivo, en el que si se vea una salida. Considero que todas las personas somos historias distintas… y, como dije al principio, 20 años después de estar escribiendo (viviendo) mi historia, hoy escribo algo distinto. Hoy escribo mi fe de errata…

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