Estado mental alterado

Es su cafetería favorita, siempre pide el mismo café americano desabrido sin azúcar. Ella pedía un latte con leche de almendras. En estos momentos solo le sirven el café americano. La cuenta le sale más barata, pero el recuerdo más caro.
 
Se dirige a su sillón favorito, donde compuso canciones incompletas y poemas de mierda. No recuerda muy bien la última vez que fue con ella.
 
La imagina sentada enfrente de él, como siempre. Con su computadora en el regazo, leyendo en voz alta la última página de alguna novela barata. Cierra los ojos por unos instantes y suspira como si ella fuera parte de su aliento (que en algún momento lo fue).
 
Pero ahora no la encuentra, pero ahora no la busca, pero ahora la deja ir.
 
Toma un sorbo de su café y no la mira más. Se concentra en el periódico que tiene en sus manos.
 
No lee ni dos palabras, cuando escucha una voz en particular.

 

—Un latte con leche de almendras por favor. 


Se congela en el tiempo. No sabe si es real o parte de su imaginación y teme voltear a ver.  Su corazón se agita.
 

—Y yo quiero un capuccino por favor.

 

Es una voz gruesa y áspera. No viene sola. Viene con él. Su estómago se retuerce, no puede creer que lo haya llevado a su café, nuestro café.
 
Mantiene la calma, sereno, quiere pasar desapercibido y perderse entre las personas comunes que lo rodean.

 

  
Teme ser visto, teme tener que verse obligado a entablar una conversación por educación. ¿Cómo estás? ¿Qué tal tu vida? Te presento a mi nuevo juguete, etc.
 
Su peor pesadilla se vuelve realidad, se siente invadido. Su café ya no sabe a café y su espacio ya no es su espacio. Su sillón flota en lo irrelevante y de pronto ya no tiene hogar o lugar.
 
Su día se ha arruinado.
 
Inhala como si quisiera volver a meterla a su ser, cierra los ojos, arruga el periódico y se levanta.
 
Deja el café a medias. Abre los ojos para enfrentarse a la realidad.
 
Pero su imaginación le ha jugado la vuelta de nuevo.
 
Una pareja espera su café tranquilamente mientras habla. Una mujer de unos 30 años y un hombre un poco mayor.
 
No sabe si siente decepción o tranquilidad.
 
Sonríe levemente y se maldice internamente, al parecer tomarán más suspiros para dejarla ir.
 
Pero ahora no la busca, pero ahora no la encuentra, pero ahora la deja ir. La quiere dejar ir.
 
Sale rápidamente del café, sin destino previsto, pero con una tranquilidad de que algún día regresará y no la volverá a pensar jamás.
 
Ella se encuentra al fondo, pegada a una pared, escondida entre las sombras.

 

Lo observa irse. Le arde el corazón. El hombre llega con los cafés, ella le sonríe.
 
Pero ahora lo deja ir, pero ahora no lo busca, pero ahora lo encuentra.
 
Pero ahora lo encuentra.

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