#JMJ2019: Conclusiones de un peregrino

01/02/2019

Con un sombrero panameño, una pequeña mochila sobre mi espalda, un rosario en alguno de mis bolsillos, varios pachones de agua, aterricé en Panamá como un peregrino más entre los miles de jóvenes que llegamos a Tocumen. Pocos imaginábamos que regresaríamos a nuestras casas con la cabeza sumergida en nuevas ideas que ahora convergen con aquellas que, luego de la Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) en Panamá, se reforzaron con la esperanza en la unidad de la humanidad, el valor de la religión (sin distinciones) y la entrega total de amor por amor. Estuve presente en ese enorme testimonio de fe a nivel mundial y sé que los 600 mil jóvenes que me acompañaron estarán de acuerdo conmigo en que difícilmente volveremos a ser los mismos de ayer.   

 

Del 22 al 27 de enero, convivimos africanos, asiáticos, europeos y americanos, de más de 100 países hablando en portugués, italiano, polaco, inglés, español, francés y alemán. Le rezamos a un solo Dios, nos encomendamos a varios santos, veneramos a una sola Madre, confiamos en un mismo Salvador, izamos una misma bandera. También demostramos que no hay barreras lo suficientemente fuertes para separar lo que una vez nació unida: la humanidad. Construimos puentes y construiremos más de acuerdo con lo que nos ha solicitado el Papa Francisco, cuya sabiduría, fortaleza y humildad han hecho historia. Reivindicamos nuestro valor, compromiso y alegría como los “jóvenes del ahora”; la juventud del mundo, aquellos que podemos y debemos desmentir y desautorizar todo aquello que se concentre en sembrar división y que busque excluir y expulsar a quienes no son como nosotros. Nos ha dicho el Papa Francisco que somos maestros y artesanos de la cultura del encuentro, que es aquella que nace para que caminemos todos juntos por un mismo camino, pese a las diferencias. 

 

 

Ahora sabemos que no estamos solos. Somos tantos, que no hace sentido sentirse abandonado. Lo tenemos a Él y nos tenemos a nosotros, con la misión de ser felices de la única manera posible que es buscando el bien y sumando a otros en esa búsqueda cuyo fin todos conocemos y cuyo camino no es más que una intensa prueba de amor, de ese que, como diría el Papa Francisco, no margina, no se calla, no avasalla y que sabe más de levantadas que de caídas, de futuro que de pasado. “Es el amor silencioso de la mano tendida al servicio de la entrega”. Es amor que sin duda vale toda la pena y toda la vida. 

 

Luego de la JMJ de Panamá 2019, llevo ésta conclusión en mi corazón: el catolicismo es, a modo de analogía, una fiesta que no acaba, una alegría perpetua. Sus invitados (que son todos, aunque algunos aún no hayan aceptado la invitación) no se cansan y si llegan a desanimarse, se topan con miles de participantes que les ayudan a mantener el ritmo, sin juzgar cuántas veces dejaron de bailar o se cayeron en la pista. Es una fiesta que emana alegría pura. Además, comprende que festejar en familia siempre es mejor, sobre todo cuando en esa familia existe el lujo de hacerlo con miles de miles de parientes que son tan diversos como iguales y que están allí por la misma razón: amar y amarse, ser felices y contagiarlo. 

 

 

El catolicismo quizás también sea ese misterio constante que en vez de preocupar, emociona. Un misterio que nos recuerda que no hace sentido vivir a medias, cuando la recompensa lo es todo. 

 

Los panameños nos dieron una acogida ejemplar. El evento se llevó a cabo sin ningún percance. El mundo observó atónito y se detuvo por unos instantes frente al clamor de miles de jóvenes por un mundo más jovial. Nosotros vivimos la experiencia por cada segundo sudado bajo el intenso calor pero calmado con fuerte oración. Festejamos. Lloramos. Aprendimos. Reflexionamos. Perdonamos y fuimos perdonados; nos comprometimos a recomenzar. De todo lo que se dijo en la JMJ, me quedo con mucho, pero cierro con esto que nos dijo el Papa Francisco bajo la luna amarilla que iluminó aquella vigilia: “el mundo no será mejor porque haya menos pecadores, débiles o enfermos. Será mejor cuando sean más las personas que estén dispuestas a gestar el mañana y a creer en la fuerza transformadora del amor de Dios”. 

 

Panamá, muchas gracias. 

 

Atentamente, 

Un peregrino más.

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