La crisis del muerto

23/01/2019

Hay gente que escribe por obligación, otros por dinero, y también hay algunos que lo hacen porque sí. Así de simple: porque sí, porque les gusta y, sobre todo (esta es la razón que más me agrada), porque les da la gana. A decir verdad, me considero parte del último gremio, pero me he convertido en un miembro inactivo desde hace algunas semanas, justamente porque me enfrento a la crisis del muerto. Luego les explico.

 

Llevo casi dos décadas en este planeta y, con lo que veo sin los ojos, he escrito algunas historias. El problema es que luego me topo con gente que me lee y piensa que todo es real: qué pena, amigos, pero no todos mis mundos existen. Algunos fueron inventados para esa historia en específico, en la que hay personajes que parecen vivos, pero que no son reales. Todavía recuerdo cuando una amiga me buscó para contarme que había leído mi post y ahora quería que le diera el contacto de Elías (el personaje principal) para entrevistarlo… Ahora imaginen su cara de decepción cuando le conté que ese hombre, su esposa, sus hijos, sus nietos y anécdotas, en realidad no existen más que en mi cabeza. Fue la versión adulta de cuando le dices a un niño que Santa no existe y el que puso el regalo bajo el árbol fue su papá.

 

Me pasé la vida leyendo, hasta que encontré a un señor llamado Odysséas Elýtis, que dijo en algún momento: “Escribo para que la muerte no tenga la última palabra”, y descubrí que el papel y la tinta son esa fuente inmortalidad (o de eterna juventud, si así le quieren decir) que tanto hemos buscado en máquinas, cremas o pastillas. Las letras son la razón por la que William Shakespeare, Tomás de Aquino y Charles Dickens no han muerto, aunque ya murieron.

 

Escribir es la posibilidad de ver el mar y mostrarlo a otros, aunque estés sentado en una silla de la universidad; es crear un personaje con las manos de tu papá, la mirada de tu abuelo, la sonrisa de tu hermano y la voz de tu tío, sin haberle arrebatado nada a ninguno de ellos. Escribir es extraer una galaxia de un frasco de tinta; es esparcir el aroma agridulce de la naranja e interpretar un villancico para quien te lee, aunque en tus manos no tengas ni frutas ni cancioneros, sino una pluma y un pedazo de papel arrugado. Sobre todo, escribir es introducirte en la intimidad de un lector, escarbar, mover lo que lleva por dentro, reacomodarle todas las cajas de recuerdos y, finalmente, decirle: ¿Y no decías que esto ya lo habías olvidado?

 

Volviendo a la frase de nuestro amigo sabio, escribir es, en cierto modo, combatir la finitud del ser humano, pero en los últimos años me tomé el atrevimiento de cambiar un poco sus palabras. Desde donde lo veo, escribir no es solo dirigirle unas frases a la muerte y esperar a que las escuche, sino ir a buscarla, mirarla a la cara, levantar la frente y decirle: En esta batalla, aunque me arrastres contigo, no hay manera de que acabes ganando. ¿Sabes por qué? Porque cuando muera el que tengo al lado, no podré verlo, ni acariciarlo o escuchar su voz, pero podré escribirle, y eso, aunque te duela, no me lo puedes arrebatar. Además, cuando sea yo quien muera, quedarán mis letras, y tú tampoco las vas a poder borrar.

 

Fuente: Unsplash

 

Aun así, debo admitir que quien escribe, aunque parezca inmortal, a veces puede quedarse sin palabras, y eso fue lo que me ocurrió a mí. Un día me senté frente a la computadora, vi la página en blanco y las teclas que me esperaban, y no pude pensar en un tema, ni elegir una palabra, y mucho menos completar una frase… Fue allí cuando me diagnostiqué con la muy temida y muy despreciada “crisis del muerto”, y la llamé así porque al no tener historias qué contar, volví a ser un simple mortal.

 

No se preocupen, ya encontré la cura: cuando no tengas de qué escribir, entonces escribe sobre el hecho de no poder escribir, y verás cómo acaba por fluir la cosa. Encárgate una buena dosis de letras ajenas (o sea, lee), saca a pasear a las neuronas (es decir, ve a caminar o algo afuera), y ríete un poco con los que quieres (en otras palabras, busca a un amigo que sea refugio ante esta calamidad).

 

Bueno, pues no le deseo a nadie la crisis, y a quien la tenga, que se mejore. Mientras tanto, espero que todos podamos volver a nuestro puesto de siempre. Ya saben, ese donde encontramos mundos dentro de un bolígrafo y, sobre todo, donde le decimos a nuestros amigos: mi personaje tiene tus ojos, así que no te preocupes. Tú nunca morirás.

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