Aldea San Nicolás: La otra realidad guatemalteca

18/01/2019

En las fiestas de fin de año, tuve la oportunidad de ir a repartir juguetes y ropa a familias de la Aldea San Nicolás, una experiencia que me ha hecho reflexionar. La aldea se encuentra ubicada en Villa Canales, no muy lejos de donde está mi casa. A pesar de vivir a una distancia relativamente corta, nuestra vida transcurre de una forma muy diferente.

 

Al entrar al salón, noté como docenas de ojos se posaban sobre nosotros, siguiendo detenidamente cada uno de nuestros movimientos. Las madres rodeadas de pequeños, intentaban mantener en su sitio a sus hijos, desviando la mirada ocasionalmente para vigilar a alguno que se había escapado de su lugar.

 

A pesar del frío, muy pocos niños traían con qué abrigarse. Sin embargo, ni el clima fue capaz de borrar la sonrisa sincera que en muchos de los rostros se reflejaba. Pronto comenzó a aumentar el número de personas, al igual que la curiosidad y la ansiedad de los presentes.

 

Luego de colocar las mesas y dividir los juguetes por edades, iniciamos con la actividad. Comenzamos a lanzar preguntas sobre la Navidad y el niño que pudiera responderla se llevaría una sorpresa. A los pocos minutos de iniciar con el juego, me llamó la atención que algunas madres impedían que sus hijos participaran.

 

Observé a una pequeña de cabello ondulado y grandes ojos oscuros, que no separaba la mirada del premio. Me acerqué y la invité a participar, y ella volteó a ver a su madre esperando su aprobación. La mujer respondió tímidamente, desviando los ojos: “Es que son preguntas”.

 

Me agaché y le susurré a la niña la respuesta. Me agradeció en silencio, esbozando una sonrisa. Sin perder un segundo, se escabulló entre la multitud en dirección al micrófono. Tras no escuchar su voz, me aproximé a ver qué ocurría y encontré a la pequeña congelada a mitad del camino. Pronto, dio la media vuelta y regresó con la cabeza gacha a esconderse detrás de su madre.

 

Sorprendida, comencé a pensar las posibles razones por las que la pequeña no quiso participar. Quizá olvidó la respuesta o pensó que yo quería engañarla para hacerla quedar mal. Intimidados por su propia ignorancia. ¿Cuántas personas se habrán aprovechado de su baja escolaridad? Es probable que el patrón, el candidato presidencial o el banquero descubrieran que es fácil manipular a alguien ignorante. Poco a poco todo fue teniendo más sentido.

 

Después de terminar con las preguntas, empezamos a repartir la ropa y los juguetes. En un intento por mantener el orden, organizamos a los niños en filas y comenzamos a marcarles la mano para saber quién ya había recibido su regalo.  Solo fue cuestión de minutos para que las filas se disolvieran y comenzara el caos. Una avalancha de personas comenzó a rodearnos y, entre empujones, punzadas y gritos, pedían mochilas, muñecas, castillos y todo lo que probablemente siempre habían deseado. Tristemente muchos de esos deseos no pudimos cumplirlos.

 

Empecé a sentirme estresada, acalorada y agobiada, en parte porque en el desorden me era imposible encontrar lo que pedían. No obstante, a los niños no parecía importales llevarse la pista de autos sin el carro o el rompecabezas con piezas faltantes. Pronto, los rostros empezaron a volverse familiares. Los niños comenzaron a mostrarme la palma de su mano, para que no pudiera ver en el revés la marca que acababa de hacerles o algunos incluso más ingeniosos intentaban borrársela con saliva.

 

Fuente: María Andreé Ricci

 

El objetivo de los niños se convirtió en obtener “algo”: no importaba que estuviera roto, incompleto o si el conjunto al que pertenecía fuera poco útil. Estos detalles parecían ser poco relevantes.

 

Con las madres la situación fue similar. Repartir la ropa se convirtió en una lucha desesperada contra todo y todos. Estas mujeres reñían por un par de calcetines o por un pantalón que, aunque no fueran de la talla adecuada, serían de gran utilidad.

 

Uno de los últimos paquetes que abrí esa tarde fue la bolsa de zapatos. Antes de repartirlos, le pedí a las mujeres que esperaran a que buscara los pares. No había terminado la frase cuando el grupo de madres se abalanzó sobre la bolsa tomando lo que, entre empujones, podían. Noté cómo una mujer tomó a la carrera un zapato de tacón negro y se marchó lo más pronto que pudo, mientras otra joven se llevaba el otro en la dirección opuesta.

 

Después de haber repartido todo, las personas continuaron acercándose a pedirme las bolsas plásticas del supermercado en las que venían los regalos y los moldes plásticos de las magdalenas. A pesar del mal estado en el que se encontraban las bolsas, ya que habían sido víctimas de mi desesperación, todos se escabullían satisfechos de haber logrado su objetivo.

 

La entrega de regalos resultó ser diferente de lo que esperaba. Considero que la avalancha fue una consecuencia de la miseria y de la necesidad en la que viven los aldeanos. La vida de cientos de guatemaltecos es así, una lucha diaria contra todo y todos para llevar “algo” a casa. Quizá el traste desechable es lo que permite que sus alimentos duren unos días más sin descomponerse. La ropa, aunque no fuera de la talla correcta, es lo que permite que sus hijos sobrevivan la temporada de invierno.

 

Un juguete no va a satisfacer las necesidades de los niños, ni a darles un mejor futuro. Sin embargo, el tiempo con ellos y el interés que podamos ofrecerles nos enriquece a todos. En las pocas horas que estuve en la aldea, aprendí a valorar las pequeñas cosas, a comprender que no todo lo que deseamos es necesario y que la felicidad es independiente de lo material. En la aldea vi muchas sonrisas sinceras.

 

Supongo que todos somos conscientes de la realidad de nuestro país, pero a veces maquillamos la realidad para engañar a nuestra conciencia. Hay que dejar de lado la indiferencia y salir de la burbuja en la que vivimos. Nos encerramos en nuestros problemas y evitamos ver hacia afuera. Cuando lo hacemos nuestros problemas se vuelven insignificantes y la vida tiene más valor.

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