La Revolución del Desnudo

17/01/2019

“Así, la desnudez dejó de ser una temeridad; renunció a ser una especie de acto vandálico. Pasó de ser vulnerabilidad a armadura”

- Ajpú

 

Se esconde aquello que no se quiere mostrar, usualmente porque luce algún defecto. Por ello, el pintor no publica su obra si ésta no cumple con los estándares que se ha fijado, o asegura que lo que quiso plasmar no representa sus sentimientos. Lo mismo sucede con el músico al momento de publicar su canción, o con el escritor al momento de revelar sus letras. Pero a diferencia de un lienzo, himno o novela, que están siempre en potencia de ser arruinados o mejorados, el cuerpo humano es perfecto. De eso no hay duda. Vienen al mundo personas cuyos cuerpos carecen de gotas de pintura, fallas ortográficas o desafinaciones que las arruinen. El cuerpo aterriza sin necesidad de prendas, porque como la naturaleza es sabia, sabiamente se negó a cubrir lo perfecto. De ahí la pregunta, ¿por qué, si no somos un lienzo con errores, nos hemos esforzado tanto en cubrirnos? 

 

 

Aclaremos de una vez por todas que desnudez no es sinónimo de sexo. La ausencia de prendas de vestir sobre la piel no significa que el desenlace de la novela llevará a un encuentro pasional; éxtasis de la conexión corporal y mental entre dos personas. No implica pues, de primera instancia, una invitación a la relación sexual animal, efímera, pasional, “vulgar” o cualesquiera que sean los adjetivos con los que se intenta reducir la desnudez al acto sexual “inmoral”. Y es que, la razón de este ensayo responde a un estilo de vida que ha sido objeto de tabú por partir de argumentos tergiversados, sesgados en una forma de vida demasiado cerrada o muy aterrada de los efectos “contraproducentes” de la era de la conectividad. 

 

Nos han querido vender, y de hecho muchos lo compramos por años, la idea de que la desnudez es impúdica. Pero ¿es realmente la desnudez así de desvergonzada, imprudente y deshonesta como nos la han pintado? ¿No es más deshonesto cubrir con tela la manera cómo hemos venido al mundo? Es más, ¿no es hipocresía aparentar un cuerpo que no existe mediante la utilización de vestimentas que crean ilusiones visuales y falsas promesas mentales? 

 

 

Ahora bien, sería irresponsable de mi parte querer partir de una premisa que no es cierta, al menos no en la actualidad. Es obvio que si alguien entra desnudo a un centro comercial, por ejemplo, generará miradas y comentarios de desaprobación, instaurará una atmósfera de incomodidad e incluso podría ser apresada por violar algunos artículos de las variadas constituciones en diversas naciones.

 

Sin embargo, esto es efecto de cuando, alguna vez, se decidió ver la exhibición del cuerpo humano como algo indigno. Hay un punto de vista que se esforzó en asentar esa mentalidad en las sociedades antiguas, y que ahora sigue liderando ese pensamiento en las modernas. Puede que esto se deba a una “herencia de prejuicios moralistas extremos” o quizás de la idea errónea que discutía en párrafos anteriores: vincular desnudez con sexo (pero comprendiendo el sexo no como una unión sagrada, sino como un acto conducido por un deseo egoísta que busca solamente el placer - y ese ya es otro tema que da cabida a otro ensayo). El verdadero problema, entonces, está en esa mirada sucia del adulto, perpetuada en la sociedad. Porque es evidente que si dos niños contemplan su desnudez, lo último que pasará por sus cabezas será la objetivación del cuerpo en pro de un placer sexual egoísta. 

 

La solución no es sencilla, pero sí clara. Debemos reeducar al adulto para que aprenda a normalizar los cuerpos sin sexualizarlos y que, al comprender esto, este pueda educar a las generaciones futuras lejos de las etiquetas que contaminan lo sagrado de la desnudez. Hemos de aprender a hacer esto con la finalidad de que, poco a poco, vayamos adquiriendo la idea de que no hay nada de malo en la corporalidad propia y ni ajena. Sobre todo, es imperativo hacer especial énfasis en que la desnudez no solo trata de mostrar el pene o la vagina, la desnudez también es un abdomen, un brazo, un rostro, una mano… ¡es todo el cuerpo!

 

 

El proceso para quienes ya hemos sido contaminados con la idea en disputa, es largo y trabajoso. Comenzará con aprender a percibirnos desnudos lejos de los estigmas y perjuicios de la sociedad, víctima de una publicidad arrolladora que ha sembrado un modelo de cuerpo perfecto (como, en otros casos, lo ha hecho con intentar establecer un modelo “económico perfecto”, “político perfecto”, “educativo perfecto”, “religioso perfecto”, etc.). Así hasta que mostrar nuestro cuerpo desnudo sea algo natural podremos avanzar a la siguiente fase: la exposición. Para ello, es vital saber que no todo el mundo (por las ideas preconcebidas que llevan siglos asentadas en el ser humano) estará dispuesto a sentirse a gusto haciéndolo (ni viendo las intimidades ajenas). Pero con la práctica se hace al maestro. Poco a poco, encontraremos círculos sociales que estén dispuestos a desprenderse de sus vestiduras, para vivir, aunque sea por un momento, la idea de la desnudez sin prejuicios. Así, aprenderemos a aceptar la imagen desnuda de los demás, de la misma manera que ellos aceptan la nuestra, como parte del paisaje doméstico. Esto nos llevará a la auto-aceptación física propia y ajena, hecho que ayudará a darnos cuenta que la anatomía humana es tan rica como diversa y que por eso es dañino caer en la obsesión por la perfección falsa que nos vende la publicidad.

 

Se trata, entonces, de ir entendiendo las transformaciones que hemos experimentado, que experimentaremos o que quizás nunca experimentemos mientras vemos los cuerpos ajenos. Diversidad de musculaturas, colores de piel, lunares y cicatrices, grasa y esqueleto, vello y ausencia del mismo, entre otros miles de descubrimiento. Llegaremos a la conclusión de que mostrar el cuerpo no es una aberración, sino un cúmulo de ventajas físicas y psicológicas y de que el cuerpo humano es natural por excelencia, por lo que no hay zonas "indignas" por las que haya que sentir una especial vergüenza.

 

Sin embargo, por más magnífico que nos parezca normalizar el desnudo, soy consciente que esto no es lo más importante. Hay problemas básicos a los que se enfrenta nuestra sociedad —como pobreza, hambre y violencia— que bien pueden ser atacados con prendas o sin prendas y que, en calidad de urgencia y sin la paciencia para que nos adaptemos a la nueva era de la desnudez, deben resolverse de inmediato. Luego, habiendo superado estas necesidades básicas, comprenderemos la importancia de redefinir la desnudez —la revolución del desnudo— para evitar las raíces de los estereotipos dañinos, el racismo imperante, la violencia entre sexos, el auge de la pornografía y el abuso sexual, entre otros.  

 

Mientras tanto, quienes sabemos que la exploración del cuerpo es algo normal y comprendemos que la desnudez es un regalo que no debería ser envuelto con “papel tapiz”, podemos influir con nuestro estilo de vida en nuestros círculos cercanos, partiendo siempre de la libertad ajena: no se trata de imponer la revolución del desnudo, sino de proponerla. A la desnudez que la destape quién la quiera descubrir, y que la cubra quien la quiera cubrir. 

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