El tiempo en el que habito

13/01/2019

Aunque me falta poquito, aún no cumplo los 21 años. Esto significa que en Alabama no podría ir a tomar una birra (quizá una Budweiser sí; no sé si se le puede considerar cerveza a ese brebaje) o que en Honduras tengo que estar acompañado por mis padres para cruzar la frontera.

 

También significa que, como todos los guatemaltecos de mi generación o menores, además de los que tienen un año más que yo, he crecido en un país en, teóricamente, paz. Así nos lo recuerda la moneda de 1 quetzal, y así nos lo recordó el difunto exalcalde de Ciudad de Guatemala cuando dijo que también era capaz de “hacer la guerra”.
 

Cuando mi madre tenía mi edad, ya tenía experiencia en meterse a refugios subterráneos ante la amenaza de bomba, había presenciado el éxodo que provocan las guerras y comenzaba a trabajar bajo el sistema de trueque (clases en la escuela a cambio de abarrotes) tan propio de países empobrecidos por los conflictos bélicos y el bloqueo económico al que te arriesgas según con qué gigante internacional te alíes.
 

Cuando mi padre contaba con las primaveras que yo ya he tachado en mi calendario,
llevaba casi una década viviendo fuera de la casa de sus papás y había salido de un país en el que presenció el paso de la dictadura a la democracia para caer en una región en la que brotaba sangre del Triángulo Ixil y un tal Pedrito “el Hondureño” sometía a un pueblo a balazos, sin llegar a herir a nadie.

 

 

A los pocos días de que ambos llegaran a Guatemala definitivamente, se firmó la paz.
 

Aquel año, de acuerdo con datos del Banco Mundial (BM), en Guatemala se registró una tasa de homicidios de 35.32 por cada 100 mil habitantes, esto es, cinco veces mayor a la de Estados Unidos.
 

El dato resulta lógico; el Conflicto Armado tenía ya 36 años de duración, y las prácticas
violentas, por ambos bandos, eran el pan de cada día.

 

Pero llegó la paz.
 

¿No?
 

Dos décadas más tarde, en 2016, la tasa había menguado, efectivamente. Pero la gráfica del BM parecía no haber bajado tanto. 27.26 por cada 100 mil. O sea, un 23% menos. Veinte años sin (teóricamente) Ejército ni guerrilla en las calles no lograron que la cifra se redujese, ni siquiera, en un cuarto.
 

Incluso El Salvador, que en 1996 triplicaba la tasa chapina, logró una bajada mayor
(aproximadamente del 30%).

 

En teoría, el tiempo en el que habito es muy distinto al de mis padres, lo que pasa es que la realidad parece no estar de acuerdo con esa afirmación tan aceptada socialmente.

 

Mi papá vio el final de la dictadura española y el inicio de la democracia; yo he visto cómo, en ese país, a un comediante lo llevan a juicio por un gag con la bandera nacional y a un periodista le censuran un libro por ligar al partido de turno con el narcotráfico gallego.


Mi mamá presenció el triunfo de la Revolución Sandinista en Nicaragua (de hecho, su
barrio se llama así: Triunfo de la Revolución, o “El Triunfo”, para los locales y amigos) que derrocó a una dinastía de dictadores; yo he visto cómo aquel pedrillo enfundado en ropa de camuflaje que asumió el gobierno se perpetúa en el poder cual tirano, dejando de lado el sentido común y el bien de su pueblo.

 

 

Los dos conocieron el teórico final de los gobiernos militares autoritarios en Centroamérica; yo he visto a un bufón hecho presidente, o presidente hecho bufón, plantarse frente a su gente resguardado por su cártel de ministros y decenas de militares y policías, mientras reta a las Naciones Unidas a un pulso carente de toda lógica.


¿Ha cambiado algo? Bueno, cuando mis papás tenían mi edad, el fútbol se veía en abierto. A mí me toca pagar un platal, o tirar de piratería, por ver el partido del domingo.

 

P.D. En un texto de 663 palabras (sin contar este epílogo) he usado “teoría”, o algún derivado, cuatro veces, y no estoy presentando ningún avance científico. El día que la palabra “práctica” obtenga ese distintivo, la cosa habrá cambiado.

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