#ViajesTenet: Nueva York, ocho años después

12/01/2019

Nueva York me recibió con una tenue brisa y un clima que acariciaba los cuatro grados centígrados cuando el avión aterrizó en el aeropuerto La Guardia. Luego de un viaje en taxi con un chofer malhumorado que hablaba francés, puse un pie en esas aceras gigantes de la calle 39 de Manhattan. El contacto con el concreto logró transportarme mentalmente a una ciudad que hace ocho años había pisado con el mismo pie, pero con otras ideas. Ahora, un tanto mayor y 2,803 días después, la misma jungla de concreto me invitaba a redescubrirla intensamente, como lo había hecho tiempo atrás. 

 

 

Notamos que hemos cambiado solo cuando regresamos a un lugar del que nos alejamos por algún tiempo. La persona sigue siendo la misma, pero sus ideas son otras, sin importar lo que pase. Ese sentimiento se apoderó de mi cuando caminaba por una Nueva York distinta del 2010. El adolescente flacucho de 16 años que había ido a la Gran Manzana con la ilusión de conocer y caminar por una enorme ciudad que, en unos cuantos millones de personas, era capaz de representar la diversidad del mundo —de la misma manera que una maqueta presenta, escuetamente, las características de un lugar—, ahora era solo un recuerdo, inmortalizado en las fotografías que se había tomado con una cámara “point-time shoot”. Unos años después traerían a ese mismo yo, pero con barba, bastantes centímetros más de altura, algunos títulos académicos bajo el brazo, conciertos y canciones en el anecdotario y un “teléfono inteligente” que sin duda superaría la calidad de las fotos de 2010.

 

Pero no solo yo había cambiado. Los lugares, a pesar de su inamovilidad geográfica, también suelen reinventarse drásticamente con el peso de los días, no se diga de los años. Ésta, una de las ciudades más famosas del mundo, no era la excepción. La tienda de juguetes FAO Shwartz frente al emblemático Hotel Plaza ya no existía y había sido reemplazada por otra especie de juguetería (Apple) que vende tecnología; el juguete del humano de hoy. El Bryant Park sobre la sexta avenida, también había cambiado un poco, aunque su atmósfera familiar y dinamismo seguía siendo el mismo, así como Central Park; acordonado de árboles y vida, sumergido entre los rascacielos que son construidos cada vez con más vidrio y menos ladrillo. Además, lo que bien pudo haber sido un doloroso y solitario espacio por una tragedia que le dio un giro a la historia de la humanidad como lo hizo el atentado del 11 de septiembre de 2001 a las ya evaporadas Torres Gemelas, ahora es un museo conmemorativo, cuya plaza externa luce un memorial digno y esperanzador para los familiares de las 2,977 víctimas inocentes y toda aquella persona que sabe que la vida es un derecho y que el acto humano de arrebatarla es una realidad dolosa. Así, Nueva York y yo descubrimos que nos habíamos reinventado en menos de una década, como debería ser.  

Es increíble como viajar nos conecta de nuevo con nosotros mismos, esos que somos sin máscaras ni filtros. Transportarse a otro lugar que no goza del título de “hogar permanente” pero que funge como un “refugio en alquiler”, no se trata solo de una reubicación física de nuestros cuerpos; es también un transporte mental con efectos permanentes. Nadie viaja y regresa igual. La Nueva York que encontré me devolvió la nostalgia y revivió sueños que dormían sin paz. Es difícil imaginar que, entre toneladas de concreto posicionadas verticalmente y apuntando al sol, podamos embriagarnos de esa magia única que transmite el buen vivir. Un poco más creíble es que el estar rodeado de todo tipo de personas con diversas aspiraciones, nacionalidades, procedencias, historias y recuerdos, puede hacernos amar más y amar mejor. Pero todo empieza, o se refuerza, viajando. Hemos de movernos, hemos de aventurarnos, hemos de experimentar, hemos de trasladarnos. Somos sedentarios por comodidad, nómadas por naturaleza.

 

Pero aunque viajar implique un derroche de oportunidades y beneficios, también debemos honrar los viajes mediante un relato cuyo fin sea donarse a los demás. El fotógrafo hará lo suyo con el retrato digital de lo que ve y producirá fotografías; el pintor hará algo parecido pero con su propia técnica que dejará una historia en un lienzo. El músico creará melodías capaces de llevar, no solo a él sino que a quienes le escuchan, a ese lugar dónde nació su canción, o a ese sentimiento que le dio melodía. El arquitecto edificará bajo las influencias de aquello que experimentó. A un escritor lo despierta todas las mañanas ese deseo de inmortalizar lo que navega cojo en su cabeza y su deber también es transmitirlo, a su modo y con su forma. Por ello, yo espero poder enjaular con tinta todo eso que vaya por ahí y que cambie conmigo durante cualquier viaje, aquello cuyo destino sea el papel o la pantalla de un aparato que leerán ojos ajenos.  

 Nueva York, gracias por reinventarme y reinvertarte, ocho años después. 

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