Pan dulce y fantasmas

06/01/2019

Era un día soleado (más que de costumbre) de septiembre de 1990. Iba pasando frente al majestuoso Palacio Nacional y me dirigía a la tienda de pan dulce de la séptima avenida. La tarea era sencilla: recoger un encargo que mi familia le dejó a Doña Rosa. Sigo sin poder imaginar lo que pasaría si llega el día en que este pan falte en mi casa.

 

Parte de mi recorrido a la panadería era echar un vistazo a los chunches que vendían en la sexta avenida. Desde blusas típicas hasta pelotas de fútbol, era todo un repertorio de objetos hermosos. Pero ninguno se comparaba a aquel collar dorado con una gema púrpura. ¡Qué pieza tan bella la que tenía a mis ojos!

 

Esa joya tenía que ser de mi abuela. Sin dejar que la duda nublara mi pensamiento, le pregunté su precio al dueño de la venta, y sorprendentemente me dijo que me lo vendía por la cantidad de dinero que cargaba en ese momento. Revisé mis bolsillos y contaba con Q44. El señor, a quien nunca le pregunté su nombre, me aceptó los billetes y recibí de su mano el collar. Feliz por el regalo que le daría a mi abuelita, corrí a mi casa.  

 

Abrí la puerta con todo el entusiasmo del mundo. Lo primero que vi fue a mi familia cenando cocido de pollo en el comedor elegante. Al entrar, le enseñé alegremente el collar a mi abuela. Antes de que ella pudiera decir algo, mis cuatro hermanos me preguntaron por el pan dulce.

 

—¡No! ¡Lo olvidé por completo! —les contesté.

 

Los rostros de mis hermanos se tornaron en caras enajenadas, como si les hubiera pasado un abanico enfrente. Con esas expresiones matadoras, se levantaron de la mesa y se fueron, mientras que mi padre quedo anonadado por sus actitudes.

 

Sin embargo, a mi abuela no le importó el bendito pan. Con lágrimas en sus ojos, me agradeció el “maravilloso y tierno gesto” (tal y como lo calificó), se puso el collar, me dio un beso en la frente y se retiró a su cuarto. Su pelo se tornó más gris con cada paso que daba hacia la habitación. ¡Ay, dios mío!

 

Mi padre y yo nos quedamos charlando acerca de la actitud de mis hermanos.

 

—No sé qué hacer con ellos mijo, siguen sumamente afectados —dijo, con una sonrisa invertida.

—Yo tampoco papá, ellos sí están mal —le respondí.

 

***

Antes de continuar el relato, es importante establecer algunos hechos.

 

1. Mi abuela, Doña Rebeca, es famosa en la ciudad capital por su puesto de joyería en el mercado central. Todos compiten con ella: varios vendedores han intentado montar negocios de aretes, pulseras, collares y hasta coronas para las reinas de los pueblos, pero ninguno ha tenido éxito.

 

2. Doña Rebeca es sumamente religiosa. Antes, todos la molestábamos porque era la primera en llegar todos los días a la misa de las seis de la tarde de la Catedral Metropolitana. Este punto es al que quiero llegar.

 

3. La catedral, conocida por ser la más embrujada de las iglesias católicas de la ciudad, es el lugar favorito de mi abuelita, pero a la vez fue el lugar de su muerte. No me refiero a su muerte en sentido literal, sino al inicio de su despedida terrena. ¿Qué le ocurrió específicamente? Pues lo contaré brevemente.

 

4. Los fantasmas “catedralicios”, como el pueblo los denomina, atacaron a mi abuela, a dos de sus amigas, al sacristán y al sacerdote luego de la misa de la tarde del 6 de octubre de 1989. Nadie sabe explicar con exactitud lo que les ocurrió porque se niegan a dar detalles del suceso (¡incluso el padre!). La única muestra del evento sobrenatural fue una enfermedad que todos adquirieron: el descoloramiento del pelo. Esta condición es sumamente extraña. Cada vez que el cabello de las víctimas se vuelve de un tono más claro, significa que están más y más cerca de la muerte. Cuando todo se vuelva blanco, llegaría la hora de partir al más allá.

 

5. La noticia de esa agresión paranormal y de la enfermedad fue excesivamente trágica para mi familia. Por esta razón, todos decidimos hacer algo para despedir a mi abuela: comer todos los días hasta que muera su comida favorita, el pan dulce de Doña Rosa. Fue algo que hicimos hasta el día del collar de la gema púrpura.

 

***

El 1 de octubre ocurrió el acontecimiento más triste de toda mi vida: mi abuela murió. Seco. Duro. Crudo. Yo fui el primero que se dio cuenta. Cuando la vi tendida en el suelo al lado de su cama, con el pelo más blanco que la nieve, supe que había ocurrido. Grité y lloré desconsoladamente desde ese momento hasta el día de su funeral, que recuerdo estaba repleto.

 

Allí tomé la decisión más valiente de mi vida. Decidí ir a confrontar a los fantasmas de la “Santa” Catedral Metropolitana (que admito me daba escalofríos). Decidí que iría el 6 de octubre, un año después de la tragedia inicial. Claro, no le dije a mi papá ni a mis hermanos. Creo que no me hubieran dejado ir. Pero tenía que hacerlo. Sí o sí. Podían atacar a todos en la ciudad, ¿por qué tenían que ir tras mi abuela? Esos malditos me las pagarían. No hay mal que sobreviva a un baño de agua bendita.

 

Salí de mi casa a las dos de la mañana y me aseguré de llevar solamente una mochila con una botella de agua bendita, un rosario, un crucifijo y una linterna. No creía mucho en esas cosas, pero hombre prevenido vale por dos. Caminé desde mi casa hasta la Plaza de la Constitución. Allí contemplé la magistral obra eclesiástica, mientras me preguntaba cómo iba a conseguir entrada. Inesperadamente, logré ingresar por una de las puertas de la fachada principal, que se encontraba sin llave. No sé. Parecía estar abierta sólo para mí.

 

Fuente: Unsplash

 

Cuando di mi primer paso dentro de la iglesia, me sorprendí del ambiente terrorífico que se sentía. Hace mucho tiempo que no estaba allí, así que vi todo con una perspectiva nueva. Los candelabros se asemejaban a los de la rumorada mansión de Don Vinicio Cerezo. Los retablos, aunque parecían grandes guardarropas, eran increíblemente detallados. Tenían imágenes monumentales que estoy seguro me veían a los ojos cada vez que las apuntaba con mi linterna. Particularmente me sentí atemorizado por la Virgen de la Soledad. ¿Cómo alguien puede sentir paz frente a una señora que llora a cántaros? Cada pintura tenía marcos con plantas de diferentes tipos. El altar mayor estaba hecho de mármol, con una especie de techo acampanado. Se veía que pesaba toneladas.

 

Casi a las 3:30 de la mañana, escuché un ruido que calló todo mi cuerpo. En ese momento, admito que casi salgo corriendo cual bebé de regreso a mi casa. Pero tenía que cumplir lo que me había trazado. Doña Rebeca no cría cobardes.

 

Volteé a ver la capilla de Nuestra Señora del Socorro. Nada. Vi otra vez en el altar principal. Tampoco. Tomé un respiro y observé en la capilla del Señor Sepultado. Esa es. Allí divisé a quienes tanto esperaba: seis criaturas negras sin rostro.

 

Empuñé la mano que no tenía la linterna y empecé a gritar:

 

—¡¿Por qué me la han quitado?! ¡Ella no les hizo nada!

 

Arrojé el agua bendita por todos lados, como si fuera un tipo de regadero. No tuvo ningún efecto, pues los fantasmas se me acercaban cada vez más.

 

—¡¿Qué quieren hacer conmigo!?

 

De pronto, mi linterna dejó de funcionar. Con el pulso al mil, corrí a la nave principal, y allí todo se vino en picada. Había más de cien fantasmas sentados en las bancas. El órgano empezó a tocar la música más demoníaca que he escuchado en mi existencia.

 

Los seres empezaron a acorralarme. Juré que era mi fin. No sabía qué hacer, así que opté por cerrar los ojos y rezar. Aunque los fantasmas parecían inmunes a mis oraciones (y yo dudaba de la religión), era lo único que me quedaba. Una vista hacia el más allá.

 

Con las manos temblorosas, quise volver a revisar mi mochila para sacar el rosario y el crucifijo, pero me llevé la sorpresa de mi vida: adentro solo estaba el collar dorado de mi abuelita. Con expresión pálida, lo saqué. En ese preciso momento, los fantasmas empezaron a gritar y a emitir sonidos incomprensibles. Varios cuadros e imágenes cayeron al piso, y numerosas ventanas se rompieron. En menos de diez segundos, todos desaparecieron.

 

Todo pasó demasiado rápido. Con la expresión desencajada, me fui a mi casa a la velocidad de un cachinflín. La rareza se había apoderado de ese recinto religioso.

 

***

Cuando desperté a la mañana siguiente, vi mi mochila al lado de mi cama con todo lo que había llevado: mi linterna, el agua, el crucifijo y el rosario. No podía formular una explicación racional para ello. Todavía me preocupaba el collar. ¿Dónde estaba? Después de una búsqueda rápida, lo encontré debajo de mi almohada. Estaba sin palabras.

 

Allí mi cerebro se iluminó. Entendí que mi abuela siempre estaría conmigo. Que no tenía que luchar contra lo que no podía, sino que simplemente tenía que saber que ella me rodearía con su amor siempre. Comprendí que el collar fue lo que me ayudó contra el más allá.

 

Ese mismo día, le conté lo sucedido a mi familia. No dudaron ni un poco de mí. Incluso dijeron que mi abuelita siempre fue "especial en eso de lo paranormal". Se sintió tan bien ser comprendido.

 

Todos decidimos ir a misa esa tarde. Claro, a la catedral. Supuse que sería un desastre por el accidente de la noche anterior, pero, cuando entré, todo estaba intacto. Había muchísimas personas dentro de la iglesia. Cuando el sacerdote entró, vi a los fantasmas colgados de los candelabros cristalinos. Únicamente les sonreí. Sabía que, de ahora en adelante, el amor familiar que tenía era mi escudo contra cualquier criatura malvada.

 

Esa noche cenamos pan dulce.

 

El más dulce que he probado.

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