#MiHistoriaNavideña: No me gusta la Navidad...

28/12/2018

…y muchos menos la Nochevieja. Lo digo en serio y de buena fe. No me considero el Grinch, ni me voy de fiesta a regañadientes por mero postureo victimista. De hecho, son pocos los días que disfruto más que aquellos de la última semana de diciembre… y aún con eso, no me gusta la Navidad.

 

Lo bueno de que esto sea una columna y no una noticia es que puedo poner un titular así de descabellado (que no deja de ser cierto) para luego ir matizando mi idea.

 

Aquí me explico:

 

Como hijo de inmigrantes, mi núcleo familiar se ha convertido en una especie de territorio de ultramar de dos clanes alejados por miles de kilómetros. O sea, que la mitad de mi familia está en un sitio, la otra mitad está en otro sitio, y mis papás, hermana y yo, en un tercero.

 

Algo que no nos diferencia del resto de familias chapinas es que, por las fiestas navideñas, nos juntamos con los abuelos, tíos y primos a cenar y compartir, con la diferencia de que la travesía que hacemos año a año implica muchísimas horas de asiento.

 

De carro o de avión.

 

La Navidad se convierte, pues, en el motivo de nuestro reencuentro con los parientes, y cuando son meses, o años, los que separan cada uno de estos, cualquier período se siente corto.

 

Naturalmente, como el viaje es tan largo, vamos un par de semanas antes; por lo general en los primeros días de diciembre. Entonces comienza un tiempo de visitas relámpago, viajes exprés, almuerzos y cenas con escalas en distintas casas, partidines de fútbol con los primos, chismes de “prensa rosa” con las primas, el resumen de las historias graciosas del año con las tías, chistes y discusiones con los tíos, paseos con los abuelos, pijamadas improvisadas, desvelos diarios… todo lo que no pudimos hacer en los últimos meses o años empaquetado en casi cinco semanas.

 

Y, eventualmente, llega la Navidad.

Fuente: Unsplash

 

Entre la misa del 24 y la hora de ir a dormir (temprano por la mañana) comienza el hermoso frenesí de preparar la cena, recibir a los invitados, alistar los dulces propios de la época, sentarnos todos a la mesa, cosa que no ocurre a menudo; comer durante horas, abrir los regalos de Santa Claus (papel que ahora me toca jugar a mí)…

 

Y luego empiezan las canciones de guitarra, los villancicos, los cantos folclóricos, los bailes que mi cintura no entiende, sonrisas, carcajadas, abrazos, la molestadera (en donde entra la pregunta de “¿Y la novia para cuándo?” por parte de alguna de mis tías), ayudar a los primos más chicos a abrir los regalos y montarles lo que se tenga que montar, quemar cuetes (cuando es en Nicaragua), escuchar el recital de Antonio Molina de mi abuelo (cuando es en España), repetir nacatamales, atiborrarte de polvorones y mazapanes… todos ellos los momentos más felices del año.

 

Pero cuando todo acaba y cada uno se marcha a su habitación, en el calendario ya dice “25 de diciembre”, y es por eso que no me gusta la Navidad; porque significa que me quedan cada vez menos días para estar con los parientes.

 

Porque el arribo de enero significa, para nosotros, el retorno a Guatemala. No digo a casa, porque me resulta difícil decidir a qué sitio puedo llamar así.

 

Y de a poco hay que pensar en ordenar nuestras cosas, meter en la maleta lo que ya no usaremos, hacer el check-in online o revisar los neumáticos del carro.

 

Entonces un desayuno se convierte en una de las últimas oportunidades de ver a tus primos en los próximos meses o años; un paseo por el pueblo en el último recuento de anécdotas y el “buenas noches” se va diluyendo en un cada vez más inevitable “hasta la próxima”.

 

¿Y el 31? Ya ni les cuento, porque Fin de Año es también fin de visita, y la Nochevieja con el cava marca el inicio del final.

 

De pronto coges ruta por carretera, o te subes al avión, y aquello que esperaba con tanta ansia se fue en un momento; duró menos que el papel de regalo de los presentes de esa fiesta que digo que no me gusta.

 

No me gusta, y a la vez, me encanta.

 

¡Felices fiestas!

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