#MiHistoriaNavideña: La misma, pero diferente

Cada año, me parece que diciembre comienza con un aroma a novedad aun cuando es el último de los doce meses. Es una época que, desde que tengo memoria, ha traído sorpresas para mí. Primero, porque cerquita de la Navidad, es mi cumpleaños: el 23 de diciembre. Segundo, porque es el momento del año en el que me puedo dar cuenta de quiénes están cerca o lejos de mí.

 

Noche Buena, Navidad y mi cumpleaños, se funden siempre en una licuefacción de regalos, abrazos, cartas, mensajes, abrazos (de nuevo), risas, compañía, tamales y pastel, y todo se me pasa con una rapidez digna de un correcaminos.

 

Mi historia de Navidad, en realidad, es mi historia de diciembre. Diciembre, diciembre, diciembre… ¿qué hacer contigo? ¿cuál será tu misticismo? No sé si será por un sesgo en mi percepción, o si en verdad es una especie de maldición capricorniana, pero este mes no falla a la hora de sorprenderme: a veces para bien, repetidas veces para mal, pero quizás siempre para aprender.

 

 Fuente: Unsplash

 

En mi diciembre número 15 habitando la Tierra, cumplí años en Uruguay. Esperé hasta la medianoche del 22 para recibir el 23 comiendo en una pizzería uruguaya al lado de mi madre, fiel compañera de viaje. En mi diciembre número 16, di un salto de algo muy parecido a la fe y me arriesgué a enamorarme. Parecía un paso hacia el abismo, pero resulta que sin saberlo los dos llevábamos paracaídas y volamos un poquito en contra de todas las apuestas. El diciembre 17 lo recuerdo borroso en hechos, pero el sentimiento está claro: plenitud.

 

En el dichoso diciembre siguiente, aquel en el que las cervezas y el vino dejaron de ser una ilegalidad para mí en Guatemala –aunque fuese un delito levemente consentido, con picardía, por mis padres–, las puertas de la libertad se abrieron un poco ante mis ojos. Pero fue un trago agridulce. Por un lado, una etapa nueva me esperaba a la vuelta de la esquina: la universidad, que implica nuevos rostros, nuevas amistades, nuevos nervios de todo. En fin, ilusión de futuro.

 

Sin embargo, los paracaídas que sostuvieron valientemente aquel decembrino amor mío por poco más de dos años, se cansaron de funcionar y el abismo se volvió real y la caída inevitable. Las despedidas siempre son difíciles, pero a mí me duelen más en diciembre. ¿Nos pasará a todos o solo a mí?

 

Un año después, recibí la Navidad con una resaca de proporciones exageradas, causada por la innecesariamente larga celebración del aniversario número 19 de mi nacimiento. En ese diciembre, confluyeron personas, lugares y situaciones que, con dolor, admito me llevaron por un sendero solitario. Pero de esa soledad que se lleva dentro, esa que no se ve. Esa soledad que te hiela los huesos aun cuando el calor humano te rodea.

 

A este punto del relato, me he dado cuenta que cuando intento contar la historia de mis Navidades, de mis diciembres, lo que logro articular es más bien un recuento de muchos sentimientos y de pocos hechos. Pero exactamente así es como estas fechas se me revelan: cortas de tiempo, mas eternas en el alma.

 

Hoy, con las 20 primaveras recién cumplidas, solo me queda decir que he vivido un fin de año con momentos monocromáticos pero también muchos instantes en intenso tecnicolor. Amé, lloré, reí, pero aprendí. Aprendí, como siempre. Aprendí, junto a los que amo y me aman. Junto a los que amo y no me aman. Junto a los que me aman y no amo. He aprendido, cada diciembre, cada Navidad.

 

El aprendizaje hace que, aunque cada año viva algo diferente, la historia siempre sea la misma. La historia de otro año vivido, otro año al que traté de saborearle el alma.

 

 

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