Años luz por la carretera

20/12/2018

Cuando era pequeñito, había dos temas que me gustaban mucho: los dinosaurios y el espacio exterior. Sobre todo el primero; unas Navidades me regalaron un par de libros sobre esos animales prehistóricos y me pasé una semana dándole la lata a mi abuela con clases de historia y biología jurásica.

 

Eso no quita que me interesara mucho el espacio. No al nivel de Elías, un amigo mío que soñaba con ser astronauta y convertirse en el primer hombre en pisar Marte, pero me intrigaba un montón lo que sucedía por encima de nosotros.

 

Algo tienen en común ambos mundos: están muy lejos de nosotros; uno en el tiempo, el otro, en el espacio (aunque suene redundante).

 

Lo de los dinos me quedaba bastante claro, porque algo que me llamaba mucho la atención era entender el proceso de fosilización, el cual, por default, ya me explicaba aquello de que 65 millones de años nos separan.

 

Con lo del espacio había algo que no me cuadraba. “Tal sistema solar recién encontrado está a tantos años luz”, decían por la prensa.

 

¿Años luz? Pero si el espacio aún existe, pensaba yo.

 

Eso de medir distancias en años no lo entendí ni cuando me explicaron que un año luz equivale a la distancia recorrida por un fotón en el vacío durante un año.

 

Un año juliano, claro.

 

Entonces sí, tenía que ser distancia.

 

A lo mejor han pasado 15 años (según el recorrido de nuestro planeta, no de un fotón) de aquellas lecturas y lecciones, preguntas sin respuesta y respuestas sin final, bichos titánicos y estrellas distantes… pero una frase de mi papá me las trajo de regreso a la cabeza.

 

“Es que allá preguntas a cuánto está un sitio de otro y te lo dan en horas, no en kilómetros”.

Fuente: Unplash

 

Con mi tía, mi mamá y mi hermana volvíamos desde Oviedo, capital de Asturies, al pueblo. Teníamos que hacer algo así como 200 km de carretera, y yo iba hablando de mi primera visita a Cobán desde Ciudad de Guatemala; un viaje que me supuso más de ocho horas en autobús.

 

¿Tan lejos está? –preguntó mi tía.

 

Lo que pasa es que las distancias en Guatemala, geográficamente, no son tan grandes; pero entre el estado de las carreteras y el tráfico, en tiempo, te resulta lejísimos todo –le expliqué yo.

 

Y luego intervino mi padre.

 

Y me di cuenta de que tiene razón. En Guatemala nos hemos acostumbrado a medir las distancias de viaje en horas, porque nos suponen muchas, y porque reflejan, de verdad, lo que implica abordar cualquier vehículo.

 

De nada te sirve saber a qué velocidad puede ir tu deportivo, cuál es el límite (teórico) de las vías y a qué distancia está tu destino, si te das cuenta, al final, de que jamás promediarás lo que podrías, porque quienes redactan el código de tránsito y quienes montan las piezas de un Mercedes en Woking no tienen en cuenta los insufribles cráteres que hay entre Flores y Tikal, los cuarenta y pico túmulos que hay en la bajada de Cuatro Caminos a Chichicastenango o la odisea chimalteca de la hora pico perenne.

 

¿Y a cuánto está la universidad de tu casa? Como a 15 minutos si no hay tráfico; cerca de una hora si me pilla la fila.

 

¿Y el trabajo? Hora y media.

 

¿El doctor? Hace más de un año que no voy porque me queda lejos; como a dos horas.

 

¿El Salvador? Más cerca que viajar a la “capi”.

 

Pero si vives a 20 km de la ciudad.

 

Ya, pero a lo mejor tardo más de dos horas y media hasta el centro; en la frontera Valle Nuevo estoy en hora y media, o así.

 

 

Siendo sincero, me siguen gustando más los dinosaurios que el espacio exterior, pero aquel fenómeno que tanto me inquietaba de chico lo he podido estudiar más de cerca que a la cuadrilla del velocirraptor.

 

Aquellos no-sé-cuántos años luz a los que me decían que estaba Plutón me parecen pocos al lado de lo que me toma, por ejemplo, llegar a Xela. Aunque, claro, de ese cuerpo celeste ya no me separa únicamente la distancia, pues el tiempo le ha quitado la categoría de planeta.

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