De promesas y ambiciones - Parte I

—Y por todos estos motivos, ¡el general Otelo Pérez Molina se hace acreedor a la Medalla del Mérito Militar del 2010!

 

Un concierto de aplausos se escuchó en todos los rincones de la Guardia de Honor. Otelo se llevó las manos a su rostro y subió al escenario para recibir su medalla. No pudo ocultar su sonrisa humilde y genuina, que de inmediato se cruzó con las lágrimas de orgullo de su amiga del alma, Rosalina Baldetti Elías. Tomó un profundo respiro y, después de limpiarse el sudor de su rostro con su pañuelo blanco, empezó a dar el mejor discurso de su vida.

 

—Este es el honor más grande que he recibido. Jamás me hubiera imaginado que sería elegido para portar esta medalla. Pero no es lo más importante. Lo que me llena profundamente es la satisfacción de nuestro trabajo bien hecho. Como defensores de los intereses del pueblo y estandartes de la democracia, esa es la misión que nos han encomendado.

 

Sus palabras fueron seguidas por un fastuoso cóctel en la gran casa de los Pérez Molina. Entre copas de champagne y de vino tinto, y algunos vasos de whisky en las rocas, la velada se desarrolló de manera tranquila y serena. Lo que los invitados ignoraban era que, en una habitación en el segundo nivel, Otelo y Rosalina tuvieron una conversión intensa y comprometedora.

 

—¡Puchica! Solo medallitas, ¿verdad Otelito?

—¡Ay, no Rosalina! ¿Qué le pasa? No me moleste.

—¡Ay, ya! Usted sabe que esto nos va a llevar al lugar a donde queremos ir juntos.

—Ahhh… sí. Yo sé muy bien. Pero deje de pensar en eso. Al menos demostramos que sí nos preocupamos por el pueblo.

—Sí.. Sí… Sí, hombre. Castillos y princesas en el gobierno. ¡Todo es perfecto!

—No, no lo es, pero al menos dimos un paso.

Pero deje esas cosas. ¡Concéntrese en nuestro plan!

—Sí. Presidente y vicepresidenta para el otro año. Fijos.

—Así me gusta.

 

***

Un año después, Rosalina y Otelo estaban a un paso de convertir su plan en realidad. Faltaban seis meses para la elección del próximo binomio presidencial en el país, y los aspirantes a los puestos públicos ya realizaban trabajos frenéticos para sus campañas. Muchos iniciaron sus giras en distintas regiones del país, y Otelo y Rosalina no fueron la excepción.

 

Suchitepéquez fue el lugar de su séptima visita, pero no fue tan alegre como la de los otros candidatos. Aunque cada vez sumaban más afiliados, los números de los fondos de su partido, el famosísimo Patriota, pasaban de negro a rojo. Mientras otras agrupaciones los alcanzaban en las encuestas de popularidad y presencia, la preocupación crecía en los las mentes de Otelo y Rosalina.

 

—Ay dios, este estúpido contador. ¡Fijo él se roba todo nuestro dinero!

—Rosalina, bájale, hombre. No se preocupe, hay que confiar en la gente. Ellos saben que nosotros hacemos un buen trabajo.

—¡No! Lo que yo quiero saber es cómo ganar más pisto. ¡Lo necesitamos para la campaña, Otelito!

—Ahí va a ver que todo se solucionará. Solo cálmese.

 

Dentro de sí, Otelo aún dudaba si realmente se llegaría a convertir en el presidente de la nación. La incertidumbre y la inseguridad invadían sus pensamientos.

 

Luego de unos minutos a solas, recordó que su secretaria le había comentado que, en un pueblo de Suchitepéquez, una chamana llamada Itzayana le había revelado cómo conseguir el dinero para la operación de su madre enferma. El lugar era Samayac, la denominada “tierra de los brujos”. Esa era su oportunidad para averiguar sí en serio se convertiría en el presidente de la nación. Sin titubeos, se fue a buscar la respuesta del más allá.

 

***

Al pie de la montaña, Otelo divisó un pequeño pueblo formado por casas pintorescas y coloridas.

 

—Apurate, mano. No tenemos mucho tiempo. Quiero regresar antes de que oscurezca —le dijo a su conductor.

 

No había ningún letrero que señalara dónde era la casa de Itzayana, pero Otelo la reconoció por las fumarolas de incienso que salían de una improvisada chimenea. Con el corazón en la garganta, se bajó del auto e ingresó con cautela a la choza.

 

 

Lo esperaba desde hace una hora —dijo una voz femenina, que provenía de algún lugar entre el humo de la habitación.

—¿Ah? Disculpe, ¿cómo sabía que venía?

—Porque sus intenciones son obvias, Otelo. No se haga el baboso conmigo. Siéntese.

 

El humo se disipó y Otelo notó la figura de Itzayana. Era una mujer delgada y de aproximadamente unos cincuenta años, con un pelo negro largo y trenzado. Su ropa, el tradicional corte indígena. Aunque ella solo llegaba al pecho de Otelo, él se sentía atemorizado por sus grandes ojos marrones que parecían penetrar su alma.

 

—Bueno señora, usted ya sabe a qué vengo entonces, solo dígame que debo hacer.

—No. Dígamelo directo.

Necesito saber si realmente seré el próximo presidente. Vea, esa es mi meta, pero no sé si de verdad la cumpliré. Si sí voy a ser, dígame cómo. Mi partido tiene problemas de pisto.

 

Luego de reflexionar durante unos segundos, Itzayana le respondió.

 

—Sí llegará a ser el presidente de la nación, pero solo si consigue el oro de la adicción.

 

Confundido y con muchas inquietudes en su mente, Otelo salió de la casa y se apresuró a regresar con Rosalina. Faltaban solo algunas horas para que el sol se escondiera y le urgía resolver el acertijo de la chamana.

 

***

 

Puedes leer la segunda parte de esta #HistoriaTenet aquí.

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