Ana - Parte III

12/10/2018

Tony no podía creer lo que estaba pasando.

Su corazón acelerado. Sus manos sudorosas. Su sonrisa de oreja a oreja. Y sus pies a punto de correr.

 

Eduardo y Mariana, observando atónitos. Luisa, por su lado, con unos ojos brillantes y asustados.

 

Todos testigos de un momento bonito.

¡Mamá!

Caminemos y saludemos.

¡Sí, está bien!

Dejaron sus bicicletas aparcadas y empezaron a caminar.

Ana se sentía muy nerviosa; sin embargo, algo en su corazón le decía que todo estaría bien. Tal como sucedió la primera vez que conversó con Tony.

 

En un instante todos estuvieron juntos.

 

¡Hola, Ana!

¡Hola, Tony!

Nunca pensé encontrarte aquí.

¿Ves?

¡Todo es posible, Tony!

A lo que él contestó con una sonrisa encantadora.

Ellos son mis hijos, Eduardo y Mariana.

¡Qué gusto!

Ella es Luisa, mi chica.

Todos se saludaron y sonrieron.

Sin embargo, un silencio incómodo invadió.

El mismo que Mariana interrumpió con un: ¿y dónde están hospedadas?

Luisa se apresuró a contestar, en “Villamar”. Muy cerca de aquí.

Tony, aún más incrédulo, pensó: “Ana está hospedada a pocos metros de mi”. ¡Qué alegría!

 

Tony, ha sido un gusto vernos.

Debemos irnos, antes de que caiga la noche.

¡No, por favor!

Déjame llevarllas de regreso a “Villamar”.

¡Está bien! -Respondió Ana-.

Pero, pero, pero, y ¿las bicicletas?

No te preocupes Ana, dijo Eduardo. Y corriendo, junto con Mariana, fueron por ellas. Las pondremos sobre la parrilla de nuestro carro.

 

En pocos minutos estuvieron en “Villamar”.

Luisa ayudó a bajar las bicicletas y Tony como todo un caballero, ayudó a Ana a bajar del carro.

 

¿Quieren pasar?

Una limonada bien fría nos caería bien a todos, invitó Luisa.

 

¡Claro que sí!

Respondió Tony.

Entre risas, conversaciones y una fresca limonada, pasaron un momento muy agradable.

 

Y qué planean hacer mañana, preguntó Tony.

A lo que Ana respondió, ya mañana debemos regresar. Nos iremos a medio día.

 

¡Oh no!

Pensó Tony. ¡Siento que siempre se escapa!

¿Qué pasa? -se cuestionó-.

¡Algo tendré qué hacer!

 

Todos se despidieron.

 

¡Hasta pronto, Tony!

A lo que él respondió con un tono de tristeza: Ana, siento que siempre que te encuentro, te pierdo.

 

¡No digas eso, Tony!

Y con un abrazo cariñoso, se despidió.

 

Papá, qué agradables personas. Dijo Mariana.

¡Sí!

Conocí a Ana en un café y desde el principio me pareció una mujer encantadora.

Y Eduardo, sin más cuestionó. Papá, ¿Ana te gusta?

¿Sientes algo por ella?

¡Creo que sí, hijo!

-Mmmmmm-.

¡Qué bien, papa!

¡Qué alegría!

Sonrieron y se abrazaron. Mariana se unió al momento. Sin preguntar nada. Percibió todo y se sintió muy feliz.

 

Las vacaciones terminaron. Todo regresó a la normalidad del calendario y del reloj.

 

Mamá, llegaremos tarde. Insistió Luisa.

Voy, voy, voy, -respondió Ana-.

¿Cómo me veo?

¡Preciosa, mamá!

Ana, había escogido un vestido negro con unos volantes de color amarillo (casi llegando a un tono mostaza) que combinaba de forma perfecta con sus clásicos aretes de perlas y sus no tan clásicos anteojos de color rojo.

Era un día muy especial para Ana. Presentaría su colección de invierno.

 

Ceci, ¿todo está listo?

Sí, Ana. No te preocupes.

¡Me alegra! Llegaré en unos minutos.

-Aquí te esperamos-.

 

Ana, lucía radiante y muy contenta.

Todo estaba preparado. Era algo con lo que siempre había soñado. Y ahora estaba ahí para ella. Era fruto de su trabajo y esfuerzo de todos los días.

 

Colores, diseños, texturas y formas, desfilaron por la pasarela. Fue una colección muy especial y diseñada para la mujer actual. Ana era muy ingeniosa y sus prendas eran muy valoradas por su clientela.

 

Luego, un cóctel y un momento para compartir y en medio del murmullo se escuchó:

¡Ana!

¡Ana!

Una voz conocida para ella.

Cuando Ana volteó a ver, sonrío.

¡Eduardo!

¿Y tú qué haces aquí?

Eduardo se acercó y dijo: ¡Muchas felicidades, Ana!

Ha sido una colección increíble.

¡Gracias, Eduardo!

Justo estaba diciendo esas palabras, cuando aparecieron Tony y Mariana.

¡Oh no!

Pensó, Ana.

¿Qué haces aquí, Antonio Rodríguez?

Su corazón latió acelerado. Un poco descontrolado.

No se dijeron nada.

¡Un abrazo cariñoso!

Y una sonrisa –de ambos- espectacular.

¡Hola, Mariana!

Ana, muchas felicidades, me ha encantado tu colección. ¡Gracias!

Creo que compraré varias prendas.

¡Claro que sí! -respondió con emoción, Ana-.

Luisa se unió al festejo.

Y los cinco conversaron un buen rato.

 

Ana, ¿cenamos juntos?

Preguntó Tony. Esperando una respuesta negativa de Ana.

Sin embargo, esta vez fue diferente.

 

¡Sí!

Me gustaría mucho, Tony.

 

Chicos, ¿vamos?

Y todos estuvieron de acuerdo.

 

Se dirigieron a un restaurante cercano.

Fue una velada espectacular. Llena de risas, historias y copas de vino.

Tony no lo podía creer.

Ahí estaba, junto a Ana.

Y junto a esos anteojos y aretes de perla que le habían llamado tanto su atención en aquel café, en aquella tarde de sábado.

 

¡Es bella!

Pensó para sí.

 

Fuente: Unsplash

 

Ana se sentía feliz. Sin embargo, también se sentía nerviosa. Algo en su corazón no la dejaba estar tranquila.

¿Me estaré enamorando? -Pensó-.

No se animó a contestar.

Estaba ahí, con Tony. 

Y junto a su barba tupida y sus anteojos redondos. Esas características de Tony, que tanto habían llamado su atención.

 

¡Es guapo!

Pensó para sí.

 

“Atrapados en sus pensamientos y sentimientos. Recíprocos pero guardados para ellos”.

 

En ese momento, Ana dijo: “iré a mi carro”. Creo que hace mucho frío y ahí tengo guardado un abrigo.

 

¿Te acompaño? -Dijo Tony-.

Sí, claro.

 

Los chicos siguieron en su conversación. Eduardo y Mariana se sentían muy a gusto con Luisa.

 

¡Qué abrigo más extraño!

Pensó de nuevo Tony. Y recordó el bolso de Ana, de aquel primer encuentro.

¡Qué sabré yo de modas!

Y sonrío discretamente.

 

¡Gracias por estar aquí conmigo, Tony!

No tienes nada qué agradecer, Ana.

Luces muy bella y además, plena. Eso me alegra mucho.

¡Gracias, Tony!

 

Un silencio ensordecedor fue interrumpido por Tony:

Ana, he querido decirte muchas cosas.

¡No he dejado de pensarte!

¡Te he buscado!

¡Te he esperado!

 

Los ojos de Ana, brillaban.

Y era incapaz de decir algo.

 

Tony se acercó y con todo el amor que sentía, la abrazó.

Era un hombre muy alto y corpulento. Ana tuvo que empinarse un poco para corresponderle.

 

Tony besó su frente.

Y dijo, Ana, me he enamorado de ti.

¡Quiero cuidarte y amarte!

 

Tony, creo que yo también me he enamorado.

Sin embargo, no tengo mucho que ofrecer, tengo mis manos vacías.

 

¡No digas eso, Ana!

Y la tomó de sus manos.

¿Ves?

Ya no están vacías. Aquí están mis manos, junto a las tuyas.

 

¡No me sueltes, Ana!

Ana con mucha dulzura y brillo en sus ojos, respondió:

¡No Tony!

No te suelto.

¡No te soltaré!

 

Y un beso tímido selló el momento.

Ana se recostó sobre su pecho. Y Tony con mucha emoción, acarició sus cabellos castaños.

Eduardo, Mariana y Luisa fueron testigos del momento, a través de la ventana.

 

¡Todo confabuló!

¡De forma perfecta!

 

Y justo en ese momento empezó una de las historias más bonitas y especiales.

 

¡Sí!

La maravillosa historia de mis papás.

 

-Soy Ana Elizabeth y he sido testigo que el amor verdadero existe-.

 

¡El amor, todo lo puede!

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