Hace seis meses

Si alguno de ustedes no ha vivido el sufrimiento angustioso que se experimenta cuando un ser amado sufre un accidente, una enfermedad grave, una emergencia hospitalaria, una muerte repentina;  o cualquier situación que ponga en peligro su vida; si aún no lo ha vivido, prepárese, ya le tocará vivirlo. ¿Por qué? Porque es un proceso normal el sufrir en esta vida, es más, eso es la vida.  Aunque tengamos más alegrías que tristezas, sinceramente, siempre nos recordaremos más de los eventos “negativos” que de los “positivos” que hemos vivido, según nuestro limitado entendimiento.

 

¡Bienvenidos a la vida! ¡El sufrimiento también es vivir! El mismo Jesucristo, Señor Nuestro, vino a la tierra para eso, para sufrir; y para darnos ejemplo con Su Vida, Pasión y Muerte, que solo por medio de la Cruz se logra llegar a Él. Y nos lo demostró entregándose en una Cruz por nosotros, haciéndonos por Sus méritos, acreedores a la Vida Eterna.

 

Con esto en mente, quiero empezar esta pequeña historia que sucedió exactamente hace seis meses, un miércoles 4 de abril del presente año.

 

Mi esposo sufrió un infarto, no un infarto leve, sino el más severo entre todos los infartos, según los cardiólogos que lo asistieron.  Pasó, prácticamente siete horas “infartado”, se me hizo raro  este término, los cardiólogos me lo enseñaron. Lo peor es que las cosas siempre suceden cuando uno no se encuentra en casa.

 

Ese día fue tan triste  para mí, como cuando recibí la noticia del fallecimiento de mi hermano un 12 de abril de 1990; el fallecimiento de mi madre un 31 de enero de 2013; el fallecimiento de mi padre un 2 de marzo del 2016…pensé, “Señor, ahora mi esposo”.

 

Estando en La Antigua ese día miércoles 4 de abril, revisé mi Whatsapp, de pura casualidad porque no había escuchado que entrara ningún mensaje ni llamada; encontré un mensaje de mi hija menor que decía: “Mama, me llevo a papa al CM porque se siente mal”. Mi reacción fue gritar: “¡Quééééé!  Mi esposo se había estado sintiendo mal desde hace casi un mes antes de la Semana Santa. Decía, según él, que la úlcera se le había activado y empeorado, pues pasó casi todo ese tiempo con dolores que iban y venían, en el esófago y el estómago. –Ve a ver al doctor, le decía yo. –No, ya se me quitará, respondía él.

 

 

Mi esposo se caracteriza por ser de aquellas personas que se autorecetan, empezó a tomar esto, luego aquello, y nada. Probaba otro medicamento y empeoraba. Después de Semana Santa, precisamente el miércoles de Pascua, fue cuando nos dio el susto: colapsó.

 

El primer pensamiento que se me vino a la mente fue: “Dios mío, ayúdalo, no puede morirse ahorita, no está preparado, Señor, concédele una “buena muerte”, te lo pido con todo mi corazón. Y a ejemplo de Nuestro Señor, quien nos enseñó a orar, dije: …pero que no se haga mi voluntad sino la tuya.

 

Algunos dirán “¿buena muerte?, ¿qué es eso?, si todas las muertes son malas”, pues no, no es así. Se debe de pedir una buena muerte, una santa muerte, una muerte en que nos encontremos preparados para afrontar el momento más importante de nuestra vida, el momento decisivo entre dos eternidades; y se debe de trabajar toda la vida con este pensamiento: morir bien.

 

Empezamos a rezar, mi hija mayor y yo, el Santo Rosario. Créanme que lo gritábamos, le implorábamos a la Virgen que no se llevara a papa; que tuviera piedad de él y que no muriera aún. Ese trayecto de La Antigua para la ciudad de Guatemala fue el más largo que me ha tocado transitar, sentía que no llegábamos al hospital en donde lo estaban asistiendo, sentía cómo el corazón se me salía del pecho. Ahí, en ese momento, le pedí a Dios que me diera fuerzas para afrontar lo que fuera, y la oportunidad de hablarle a mi esposo, tal vez por última vez, y pedirle perdón: sí, perdón por todo. Dios me concedió esto. Pude verlo, hablarle, pedirle perdón “a tiempo”, rezar por él y con él.

 

Lo demás es tan largo de contar: sentimientos encontrados, recuerdos, memorias, instantes desde que nos conocimos hasta ese momento en que lo veía en una camilla de un hospital, débil, doliente, sufriendo y repitiéndome que lo perdonara porque hasta ahí había llegado. Le dije que se calmara que TODO iba a estar bien, que Nuestro Señor no lo iba a abandonar y que no se diera por vencido… ya no me contestaba, el dolor le oprimía el pecho.

 

Pasó, todo pasó, ¡y de qué forma pasó!

 

Pero a pesar de todo, nunca perdí la fe.  Y este es el punto principal de mi narración por la que he querido compartirla.

 

Llamé a mi sacerdote, mi director espiritual, quien es “un santo sacerdote”. Él atendió mi llamado y llegó al día siguiente después de la intervención quirúrgica de mi buen esposo, mi esposo bueno.

 

Le administró la Extrema Unción, con el rito latino: Una gran bendición de Dios. Dentro de mí solo podía decir: Gracias mi Jesús Amado. Ahora está preparado. Es tuyo, haz con él lo que quieras. Y clamé mucha fortaleza para seguir viviendo. Señor, hágase Tu voluntad. ¡Fíat volúntas tua!

 

El sacerdote, con la paz que lo caracteriza, y con toda la seriedad del caso, después de aplicarle este Sacramento de Vivos, le habló a mi esposo palabras de mucho consuelo; e increíblemente mi esposo reaccionó. Al recibir el Sacramento se le infundió en su alma un nuevo espíritu, y aunque estuvo mucho tiempo más en intensivo, y se le complicó todo, luego me dijo que al momento de las unciones “sintió una gran paz en su alma”, y que se sentía “preparado y libre”.

 

¿Usted lo cree? Yo sí, pues lo viví, lo vivimos todos en familia. Y aún lo vivimos. Después de seis meses del evento, prácticamente mi esposo está sano y agradecido con Dios, con la Virgen, con sus imágenes de devoción el Señor Sepultado y María Santísima de Soledad de la Escuela de Cristo de La Antigua Guatemala, y por supuesto con nuestro sacerdote santo. Así que en honor a mi Dios, mi Rey, mi Redentor y mi Amigo, Nuestro Señor Jesucristo, que nunca falla, y por la alegría de tener a mi esposo bueno “de regreso”, escribí un poema, que refleja ese agradecimiento por la vida de mi esposo; y a mi sacerdote, ¿qué puedo ofrecerle? Nada más que mis oraciones por él, por su hermosa vocación, y mi agradecimiento eterno.

 

Continuará...

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