Ana - Parte II

03/10/2018

Ceci, pregunta, ¿Ana, qué hago?

Hoy es un día ajetreado. Tengo anotadas en tu agenda muchas reuniones y actividades. Y este señor no me aparece en ningún lado.

 

Tranquila Ceci, iré yo a atenderle.

Pero… Ana, faltan únicamente diez minutos para que empiece la primera reunión.

 

Tranquila Ceci, no tardo.

¡Está bien!

Contestó Ceci, un poco inconforme.

 

¿Cómo me veo?

Preguntó tímidamente Ana.

¡Muy bien!

Creo que esa chaqueta azul marino que llevas puesta y esos anteojos rojos, combinan perfectamente.

Gracias, Ceci.

Pero…

¿Estás segura?

¡Sí, Ana!

¡Sí!

 

Giró sobre sus mocasines de color “henna” y con tranquilidad dejó a Ceci, quien estaba un poco asustada con todo esto. No era normal. No pasaba todos los días. Es más, nunca había pasado. “Ana no actúa así”. Susurró.

 

Al cruzar la puerta, ahí estaba Tony. Esperándola. Sentado cómodamente y con una sonrisa de oreja a oreja.

¡Buenos días, Ana! -dijo sin titubear-.

¡Buenos días!, contestó.

 

Y, y, y, tú, ¿qué haces aquí?

¿Cómo me has encontrado?

A lo que Tony contestó: “quería volver a verte” y usé todos los medios posibles, hasta encontrarte.

Además, te escribí durante el fin de semana y no has contestado.

 

Tony, discúlpame. No suelo revisar mi correo durante el fin de semana. Recién ahora acabo de leerlo.

 

¡Me debes una! -dijo Tony-.

Con un tono tan alegre, que Ana no tuvo más que sonreír. Sonreír mucho.

 

Como te habrás dado cuenta, me dedico a diseñar y a confeccionar ropa para otras mujeres. Y esto, me gusta mucho.

 

“Ya decía yo”,

Lo sospechaba.

Y creo que tengo una respuesta a ¿por qué luces tan guapa hoy?

Seguramente esa chaqueta azul marino que tienes puesta es un diseño tuyo.  Y esa pañoleta en tu cuello también.

 

¡Claro que sí!

Aseveró Ana.

 

Y los dos sonrieron por un momento.

¡Bienvenido a mi taller, Tony!

Gracias, Ana.

Y Tony intentaba dejar guardada en su corazón aquella postal del instante entre los dos.

 

Justo en ese momento, apareció Ceci.

Ana, Ana, es tarde y todos esperan por ti.

Gracias, Ceci.

Iré enseguida.

 

Tony, debo irme.

No te preocupes, respondió con un dejo de tristeza.

Y dijo con un tono de felicidad…

¿Sabes?

Me alegra saber dónde puedo encontrarte.

Y preguntó…

¿Cenamos uno de estos días?

¿Quieres?

¿Puedes?

 

Tony, realmente no lo creo.

Esta próxima la Navidad y con ella, mucho trabajo.

¡No lo creo!

 

Está bien, dijo Tony. No te preocupes.

¡Hasta pronto, Tony!

¡Eres bienvenido!

Aunque realmente no sé si sea de tu interés. Aquí únicamente diseñamos ropa para mujer.

Una fuerte carcajada, de Ana, alegró aún más el momento.

 

Y un abrazo cálido, selló la despedida.

 

De nuevo, Ana, giró sobre sus mocasines “henna” y desapareció en el pasillo.

 

 

Tony, no lo podía creer.

Estaba exhorto.

¡Ya sé un poco más de ella!

¡Es diseñadora!

“Y hoy, lucía aún más bella; esos colores le sientan tan bien”.

¡Es preciosa!

¡Es Ana!

 

Ana no pensó más en aquellos encuentros. Entre telas, botones, hilos, tijeras, patrones de papel y su hija. ¡No había tiempo!

 

Las fiestas de Navidad llegaron y con ellas, mucha felicidad, galletas de mantequilla, momentos en familia, presentes, villancicos.

 

Ana preparó una sorpresa para Luisa y juntas fueron a pasar unos días de descanso a la playa.

 

Por su lado, Tony, no dejaba de pensar en Ana. La Universidad había cerrado sus puertas y con esto, Tony podía descansar; eran sus vacaciones. Era la época del año en la que Tony aprovechaba a viajar y a estar con sus hijos.

 

Sin embargo, este fin de año no quería dejar la ciudad, con la esperanza de encontrarla.

Visitó muchas veces el café donde la había visto por primera vez. Sin suerte, sin lograr coincidir con ella.

 

Los días fueron pasando. Y Tony pensó, no creo encontrarla más. Será mejor que visite a mis hijos.

Sin más, organizó su viaje y dejó la ciudad.

 

¡Hola papá! -dijo Eduardo-.

Y un fuerte abrazo los unió un poco más.

¡Qué bien luces, papá!

Te ves muy guapo y feliz.

¡Gracias, hijo!

¡Papá!, gritó Mariana. Desde lejos y corriendo.

¡Mi pequeña Mariana!

¿Cómo has estado?

Muy bien papá, muy bien.

Dime, ¿por qué estás tan guapo?

Hay un brillo en tus ojos.

¿Qué pasa papá?

¡Nada, hija!

Nada.

¡No te creo, papá!

Y lo abrazó fuerte.

¡Qué alegría!

Estamos juntos los tres.

 

Durante la cena, se rieron, se pusieron al día. Tony cocinó una lasaña, era su especialidad. ¡Una velada increíble!

Tanto Mariana como Eduardo, estaban ya en la Universidad. Eduardo estudiaba un posgrado en arquitectura y Mariana, pronto se graduaría. Era una de las mejores “criminalistas” de su promoción.

 

Y ¿a dónde iremos?

Preguntó Mariana.

¿Qué dices, papá?

Continuó Eduardo.

¡No lo sé!

Respondió Tony.

¿Y si vamos a la playa? -sugirió Mariana-.

-Mmmm-

-Mmmm-

Dijo Tony.

Luego de unos minutos, todos estuvieron de acuerdo y acordaron que en dos días, irían a la playa.

 

Mientras tanto, Ana y Luisa, disfrutaban de su estancia en el mar.  El sol había hecho de las suyas y Ana, lucía un color dorado bonito, espectacular. Por su lado, Lucía disfrutaba de las olas del mar, siempre había sido una excelente nadadora. Todo conjugaba de maneras perfectas.

 

¡Es hora de irnos!

Anunció Mariana. Nos espera la playa.

Y así, empezaron el viaje.

Eduardo conducía y Tony buscaba la mejor música.

 

¡Qué alegre es estar juntos los tres!

Sí, papá. Es lo mejor. Mariana y yo te extrañábamos. Yo también a ustedes mis chicos.

 

Hicieron una parada en búsqueda de una bebida refrescante y de algunas compras pendientes.

 

¡Todo está arreglado! dijo Tony. Iremos a la casa de siempre. Ahí estaremos bien. Sí papá, no te preocupes. Eduardo y yo, guardamos muchos recuerdos de cuando éramos pequeños.

 

Ya falta poco, dijo Eduardo.

Sí, qué bien, respondió Mariana.

El sol brillaba aún. Con esos tonos dorados y naranjas, propios de los atardeceres. Todos se sentían cansados pero muy contentos de estar juntos y de pensar en que pasarían algunos días increíbles.

 

En ese momento…

Gritó Tony:

¡Detente, Eduardo!

¡Detente!

¿Qué pasa papá?

A lo lejos Tony divisó con los ojos del corazón a Ana.

¡Es ella!

¿Quién? Preguntó Mariana. Un poco asustada.

¡Es Ana!

¿Qué Ana? Insistió.

¿Papá, por qué estás pálido?

Eduardo, detente por favor.

¡Sí, claro!

Con gusto.

Tony se bajó del carro y empezó a llamarla.

 

En la “ciclovía”, Ana y Luisa, daban un paseo en bicicleta.

¡Mamá, alguien te llama!

Las dos se detuvieron.

Ana volteó a ver.

Y con los ojos del corazón divisó a Tony.

¡Empalideció!

¿Qué haces aquí, Antonio Rodríguez?

¡Pensó!

Con timidez, saludó desde lejos.

 

¡Es Tony!

¡Es guapísimo!

Pensó para sí y guardó esas palabras en su corazón. -Ana-

 

Continuará...

 

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