Memorias de un hospital - Parte II

19/09/2018

Comencé a hacer la maleta que me llevaría al hospital. No era uno de esos sanatorios privados en los que te dan hasta dulces, así que empaqué lo básico: dos mudadas cómodas, ropa interior, un cepillo de dientes, pasta dental y un rollo de papel higiénico. Cerré la bolsa y la puse en el asiento trasero del carro.


Pasaron más o menos quince minutos hasta que llegamos al hospital donde, en teoría, me darían ingreso a eso de las 5 de la tarde, pero en realidad fue hasta las 10 de la noche, y me dijeron que no sabían si podrían operarme rápido porque estaban desabastecidos de medicamentos. Decidí quedarme. De todos modos, no es que tuviera demasiado qué hacer en casa.
 

El tiempo que estuve en aquella cama me dio la oportunidad de ver muchas cosas: personas contentas porque al fin podían retirar a alguien que llevaba allí varios meses, gente preocupada porque no recibía información de ningún lado, y también había algunos que salían con cara larga porque acababan de ver morir a sus seres queridos.
 

Tras seis días, me operaron y descubrieron lo que ya temíamos: cáncer en el estómago. La única solución era un trasplante, pero debía ser pronto y me dijeron desde un principio que no me hiciera muchas ilusiones porque casi nunca conseguían órganos con rapidez.
 

Después de la operación, me llevaron a un pabellón en el que había otros que estaban en la misma situación que yo. No todos tenían el mismo tipo de cáncer, pero sí guardaban la misma esperanza de encontrar un donador que les salvara la vida, o que al menos les comprara tiempo. En fin, me quedé en aquel lugar para esperar órganos nuevos, o la muerte, lo que llegara primero.

 

Desde donde estaba, escuchaba el llanto de los recién nacidos, las risas de las visitas y los chismes de un par de enfermeras. Por cierto, ese doctor Cohen del que hablaban seguro era todo un bandido porque siempre había actualizaciones de su vida amorosa. 
 

Los días iban pasando y recibía a mi familia cuando venía a verme, pero a quien en realidad quería hablarle era al médico. Dijeron que era urgente el trasplante, y allí estaba yo: esperando otra vez a que me dijeran si ya habían conseguido algo. Preguntaba a las enfermeras y a los practicantes, pero parecía que nadie sabía nada.
 

Como no podía tener visitas todo el tiempo, me hice amigo de algunos de los que estaban en el mismo pabellón que yo. En la cama 27 estaba Andrés. Era un muchacho como de 18 años, que tenía leucemia y se la pasaba jugando en la “tablex” (o como se llame). Comenzamos a hablar cuando me prestó su aparato para ver fotos de aves, y poco a poco me enseñó a usarlo porque, como decía él, “ya era hora de dejar la era de los dinosaurios”. Ahora sé manejar esa cosa. Ya hasta me hice un Facebook.
 

En la cama 32 estaba Mario, con cáncer en los pulmones. De hecho, él no me caía tan bien al principio (la primera vez que le hablé fue para despertarlo porque roncaba demasiado y no me dejaba dormir). Sin embargo, un día comenzamos a platicar y nos dimos cuenta de que a ambos nos gustaba la música de Sandro y de José José, así que nos pasábamos las horas recordando aquellos tiempos donde la música y los conciertos de veras valían la pena.
 

Mi otro amigo era Paco. A él le decíamos “el fifty”, porque tenía 50 años y estaba en la cama 50. Lo único que le faltaba era pasar 50 días en aquel cuarto aunque, a como íbamos, no nos parecía imposible. Él llegó porque creyó que tenía reflujo, y resultó ser cáncer de hígado. Le gustaban las películas de acción, aunque de vez en cuando lo escuchábamos pedir a su hija de esas películas que solo tienen drama.
 

Ah… Todos estábamos bien jodidos, pero nos hacíamos la vida amena con nuestras conversaciones que podían durar hasta las 3 o 4 de la mañana. De todos modos, no teníamos prisa. Unos nos llamaban “los 4 fantásticos”, y otros solo decían que éramos los quedados. De todos modos, ya no importaba cómo nos reconocieran, porque nosotros ya nos considerábamos una leyenda.
 

Un día de tantos, llegó una muchacha con la mirada desconsolada. Tenía el suéter roto, el cabello enmarañado y el rostro muy sucio, como si hubiera tenido contacto con grasa. Sin embargo, no parecía una vagabunda ni nada por el estilo, sino solo alguien que había tenido muy mala suerte. 
 

La joven parecía de unos 23 o 24 años. La invitamos a pasar y, aunque no dijo nada, lo tomamos como un “sí”, porque entró y se sentó en la orilla de la cama de Mario. Miraba a la pared y no decía ni una sola palabra. Le ofrecíamos agua, fruta y hasta una manta, pero seguía sin responder. Luego, Paco dijo que debíamos llamar a psiquiatría para saber si se les había escapado, y fue allí cuando escuchamos su voz por primera vez: “No soy paciente. Soy visita, y no encuentro a mi novio”.
 

Como dije antes, pues ya no estábamos tan oxidados en lo de la tecnología, así que ya teníamos un grupo de Whatsapp, al que nos llegó un mensaje de Andrés: “¿Le preguntamos a la loca qué tiene o solo la ahuyentamos?”, a lo que Paco respondió: “Yo digo que le preguntemos, pero que lo haga Mario, porque luego andan diciendo que yo no sé tratar a la gente”.
 

Tras lo acordado, Mario le preguntó qué le pasaba y quién era su novio, y allí inició la travesía: Resulta que la joven, Mónica, iba en la carretera junto al susodicho porque querían hacer un día de campo. De pronto, comenzó una tormenta terrible que casi no les permitía ver el camino, así que se estacionaron en la primera gasolinera que encontraron. Creyeron que estaban a salvo, pero luego fueron impactados por otro vehículo. Cuando Mónica abrió los ojos, hacía no más de media hora, ya estaba en una camilla esperando a ser atendida, pero estaba tan desorientada que lo primero que se le ocurrió fue buscar a su acompañante, y en su búsqueda, acabó con nosotros.

 

 


 

Llevábamos tanto tiempo en ese lugar que ya conocíamos a casi todo el personal, así que comenzamos a preguntarles si sabían algo sobre el joven, pero no tenían información. Llamamos a cada departamento y no conseguíamos datos; incluso llamamos a la morgue, pero ni siquiera ellos tenían un cadáver que se pareciera a la descripción que dábamos.
 

No sé si los otros, pero yo ya me sentía como todo un detective, así que me tomé en serio la cosa y llamé a todos los hospitales que pasaron por mi mente. Mario llamó a los bomberos, Paco habló con los de la Cruz Roja y Andrés… No sabemos qué hizo él, pero seguro le preguntó a alguien porque al cabo de unos minutos sabía que no estaba reportado como desaparecido en ningún lado.
 

Las horas pasaban y Mónica estaba cada vez más inquieta. Llegó un punto en el que hasta nosotros comenzamos a desesperarnos. Luego la llamaron y le dijeron que habían encontrado a su novio. Estaba tendido a un costado de la carretera. Al parecer alguien intentó ayudarlo, pero se rindió y solo llamó una ambulancia para que se lo llevara en cuanto pudiera. El novio, Manuel, llegó al hospital lastimado por todos lados, así que lo llevaron a observación. 
 

Días después, Mónica nos vino a informar: Manuel tenía muerte cerebral. Nosotros no supimos qué decir, así que solo le hicimos saber que la apoyábamos. Sin embargo, ella ya tenía un plan y no estaba dispuesta a abandonarlo.
 

Mónica tenía los ojos llorosos y se los limpiaba de vez en cuando para poder vernos bien. Traía un papel en las manos, pero no nos lo mostraba. Tal como el primer día, se sentó en una cama, pero esta vez nos pidió que guardáramos silencio para que ella pudiera hablar. —Manuel era un hombre generoso, y estoy segura de que él habría querido ayudar a personas tan buenas como ustedes que, sin conocerme, estuvieron conmigo en el peor momento.

 

En fin, Mario: a ti te donaremos los pulmones. Les darás un buen uso por lo deteriorados que han quedado los tuyos tras la quimioterapia; Paco: a ti te iría bien un nuevo hígado. Seguro que este lo aprovecharás muy bien; Andrés: a ti se te donará médula ósea. Tal vez puedan sacar células madre de allí para ayudarte a combatir tu enfermedad—. Terminó con ellos y volteó a verme: —No creas que te he olvidado. Si ustedes son compatibles, ya no tendrás que esperar para que te donen un estómago—.
 

Todos estábamos asombrados. No sabíamos si alegrarnos o quedarnos serios, pero esto era algo que no habíamos visto venir. Es decir, llevábamos semanas hablando de cómo serían los entierros de cada uno, y al parecer ahora había una oportunidad. Minutos más tarde, todos estábamos desechos en lágrimas. Nosotros, por el asombro, y ella, por la tristeza.
 

En fin, le agradecimos lo que hacía por nosotros, porque debía ser muy difícil, pero le dijimos que ahora tenía cuatro amigos nuevos con los que podría contar siempre. Ella levantó la cabeza, sonrió y dijo que volvería cuando tuviera todos los papeles listos.
 

Como dije cuando comenzó esta historia, nada podría haberme preparado para esto. Ahora estoy esperando a la enfermera que me llevará al quirófano, pero quería contarles esto porque no me gustaría que los actos de generosidad queden en el olvido. No sé si es milagro o casualidad, pero espero que lo que pasó quede grabado en las memorias de este hospital.

 

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