#SomosGuate: No por momentos, para siempre

Fuente: Pixabay

 

Podéis arrancar al hombre de su país, pero no podéis arrancar el país del corazón del hombre.

- John Dos Passos, escritor estadounidense (1896 – 1970)

 

Cada año, septiembre marca la temporada en que los guatemaltecos celebramos a nuestra patria. Aunque el evento histórico que recordamos no significó en lo absoluto una verdadera liberación para nuestro país, es una época en la que abundan las manifestaciones del orgullo nacional. Mercaditos, trajecillos típicos, marimbas y desfiles. Platillos tradicionales, antorchas, camisolas y banderas. Un prolífico festival del guatemaltequismo.

 

En ese tesoro de 17 millones de almas (aproximadas), nunca faltan aquellos ciudadanos que le dedican mensajes a Guatemala para exteriorizar el “profundo” amor que le tienen. Las he visto de todas formas y colores: desde la palabra oral hasta las publicaciones digitales. Esas muestras de afecto a la nación son la orden del día, por aproximadamente 30 días.


Si se expresa bajo los límites de un patriotismo sano, demostrar el aprecio por Guatemala no le hace daño a nadie. ¡No hay como darle un abrazo a tu gente! No obstante, estas cartas de septiembre no siempre reflejan un verdadero corazón en la dedicatoria.

 

He observado un fenómeno desde hace algunos años. Pareciera que un jardinero logra sembrar, únicamente durante un mes, unas mágicas semillas en las mentes de los guatemaltecos que acrecientan sus sentimientos de amor por el país. El resto del año, el jardinero intenta cultivar las semillas, pero los cerebros chapines son abatidos por la pereza, el odio y la indiferencia.

 

¿Son sinceras muchas de las palabras patriotas que se vociferan por lo alto en este mes? Tengo la percepción que no. No estamos cien por ciento orgullosos de lo que somos, del país que nos vio nacer. ¿Cómo puedo afirmarlo? Quizás no sea la evidencia más confiable, pero varias de mis interacciones con mis compatriotas me lo han demostrado. Parece que nos invaden los frutos de hiedras venenosas durante once meses al año.

 

¡Qué hueva Guate, estoy harta de este país!

Tenemos el gobierno que nos merecemos.

Me gradúo y me voy de este país de mierda.

Somos una basura de nación.

Esa mole de indígenas, qué chingan.

No podemos hacer nada bien aquí.

Ala, no parece de Guate.

Solo en Guatemala pasan estas cosas.

¿Es de Guate? Ala, que se vaya y nunca regrese a este desvergue.

 

No me malinterpreten. No es obligación que todo el que haya nacido en Guatemala deba sentirse profundamente conectado con ella. Cada quien puede estar orgulloso de quien quiera y de lo que le plazca. Tampoco se trata de promover un nacionalismo ciego ante el valor de lo que está más allá de las fronteras chapinas.

 

Sin embargo, despreciar a la nación de la que formamos parte es rechazar una parte de lo que nos configuró como personas: las raíces que nos dicen de dónde venimos, la casa kilométrica donde aprendemos a vivir, la cultura que forma nuestro carácter y la tierra que nos ha dado mucho de lo que tenemos. Significa un verdadero olvido de una familia convertida en nación. Es ignorar una de las piedras angulares de nuestra identidad.

 

Y no es cualquier identidad. La esencia guatemalteca se encuentra a millones de kilómetros de ser perfecta, pero está dotada de rasgos muy especiales, que muchas otras naciones desearían gozar. Una laboriosidad tremenda, una “chispudez” atenta, una alegría contagiosa y una noble ligereza de corazón son cualidades que encabezan la lista del valor chapín.

 

No sé si usted, estimado lector, está genuinamente orgulloso en este septiembre de ser guatemalteco. No es imperativo que así sea, y mucho menos es un requisito imprescindible en la vida. Pero es oportuno que en estas fechas reflexione, sin ninguna clase de tapujos, sobre el amor que le tiene a su patria.

 

¿Su semilla solo germina con un paso efímero en estos días y después crece hiedra? ¿O es que verdaderamente ama a Guatemala y trabaja todos los días para mejorarla?

 

Vale la pena interiorizarlo.

 

Mientras llega la respuesta, yo sí vocifero sin incomodidad:

 

Yo sí soy de Guatemala. No por momentos, para siempre.

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