#ViajesTenet: Del fantástico atardecer que vi en el Cabo Sunio

08/09/2018

El verano del 2017 pasé una semana en Atenas de vacaciones con mis amigos. Estábamos agobiados del ruido caótico, del calor claustrofóbico de la urbe… no sé, con ganas de irnos a algún sitio en las afueras, a la playa, pero no cualquier playa… a un sitio relevante y, por más paradójico que pareciera, libre de turistas. Gracias a un poema de Lord Byron, encontramos el escape ideal.

Yo andaba leyendo en aquel viaje Don Juan, un poemario de Lord Byron. El poema, Las Islas de Grecia, decía:

 

Llevadme ante el marmóreo farallón de Sunión,

Donde nada, salvo las olas y yo mismo,

Podamos oír nuestros mutuos murmullos precipitarse;

Allí, como un cisne, dejadme cantar y morir.

Este lugar del que Byron hablaba me sonaba brutal. Descubrí que el Cabo Sunio era real, y, no solo eso, estaba apenas a 70 km de Atenas.  Por encima de todo leí que, en la cima, yacen las ruinas del templo de Poseidón, el dios del mar.  Emocionado, convencí a mis amigos de ir, y al día siguiente montamos un autobús en la plaza Syntagma.

En camino a nuestro destino me enteré que Sunio es el escenario de un mito interesantísimo: El rey Egeo esperaba en lo alto de Sunio todos los días el retorno de su hijo Teseo que se había marchado a Creta para derrotar al Minotauro. Si este volvía vivo, los barcos izarían banderas blancas, pero si moría, la tripulación cargaría banderas negras. Teseo derrotó al Minotauro y volvió victorioso, pero se olvidó de izar las banderas correctas. Cuando Egeo divisó los barcos, pensando que su hijo había muerto, se lanzó al acantilado. Desde entonces, al mar de donde venía Teseo se le llamó Mar Egeo.

El autobús nos dejó primero en Kape, una pequeña cala escondida en la costa de Ática. La playa es poco accesible porque no hay buenas indicaciones y hay que descender a ella por una escalera empinadísima. Para nosotros era mejor porque éramos pocos, y todos jóvenes. En la cala no había comodidades para turistas, y en lugar de arena fina había piedrecitas, pero igual, pusimos nuestras toallas y nos acostamos a disfrutar, era diferente.  

El agua del mar es cristalina y calmada. Buceamos bien adentro; encontramos una playa nudista justo al lado de Kape (sólo se puede acceder nadando). Nos reímos a carcajadas de la sorpresa y nadamos de regreso a la cala.

 

Pasamos el resto del día relajados sin hacer realmente nada, dándonos un chapuzón cuando nos daba calor, durmiendo a ratos, en fin, disfrutando al límite.

Poco antes del atardecer, caminamos unos 2,5 km por la costa hasta la siguiente parada de bus, el cual nos dejó finalmente a los pies del Templo de Poseidón. Era justamente la hora dorada. La maleza y los olivos estaban prendidos en fuego. La bahía y las islas parecían siluetas negras y en el mar otra bola ígnea se disolvía al compás de las olas. Según avanzaba hacia la cima del cabo, por fin, pude ver totalmente el templo de mármol. Me acerqué a las ruinas y me convertí en Lord Byron viéndolo todo con sus ojos, sintiéndome gallardo, bizarro e invencible.

Me paré frente a la fachada del templo, orientada a la dirección de la puesta del Sol. Observé uno de los lados del templo, donde todavía se alzan las columnas. Me senté deslumbrado, presenciando el fin de un mundo, aquel presente que nadie ni nada me devolvería. La sombra de un yate navegaba tranquila mientras el cielo sangraba vivo y el mar escupía espuma de oro. El Sol se puso entre dos colinas negras, una era isla, otra parecía el peñasco que escondía Kape o alguna otra cala a explorar.

 

 

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