Hombre y quetzal: destinados a no verse

16/08/2018

Si me hubiesen puesto a elegir, el nombre Santiago se lo habría dado a algún sitio en las Verapaces, porque sus bosques frondosos, verdes laderas y humedad insoportable para nosotros, los riníticos, pueden curar la morriña que todo gallego siente fuera de su tierriña.  

 

De entre las dos hay una que se lleva el protagonismo, y es la Alta. Sin embargo, el paraíso natural del corredor biológico del Bosque Nuboso, en Baja Verapaz, es un espectáculo total. Además de ofrecer un paseo tan silvestre como ancestral, la ilusión de ver (o decir que has visto para impresionar) un quetzal distinto del que llevamos en la cartera debería ser un atractivo suficiente como para que se llenara a no dar más el Biotopo que, precisamente, se llama “del Quetzal”.

 

Bueno, Mario Dary Rivera, en realidad. Pero cuando vas en el asiento de un Monja Blanca, o manejando tu carro en la jurisdicción de Purulhá, dar con el biotopo es casi un accidente.

 Foto: Felipe Garrán

 

Todas las reservas privadas, que no son pocas, están perfectamente señalizadas a la entrada, e incluso, varios kilómetros antes de llegar a ellas. Por lo general están “acompañadas” de restoranes y hoteles en los que el kak’ik y los caramelos de cardamomo no pueden faltar.

 

Pero el biotopo, que además de ser universitario cuenta con el estatus de Monumento Natural, tiene apenas un rotulillo que, por edad y color, poco se distingue en el entorno selvático.

 

Ya dentro hay algo que reluce por doquier: lo poco acostumbrados que están muchos a la actividad física mediana.

 

El biotopo cuenta con dos senderos: uno corto de dos kilómetros, y otro de cuatro. Las cuestas, en cualquiera de los dos, no están hechas para cualquiera, eso es verdad, pero ver juventud y resoplidos de cansancio (casi muerte) en el mismo lienzo no me cuadra.

 

En fin…

 

Lo bueno para ellos es que las pausas constantes (que, ¡ojo! me parece perfecto que las hagan; ante todo, la integridad física) no retrasan a mucha gente.

 

¡Porque casi no hay gente!

 

Tomando en cuenta que está a 176 kilómetros de la capital, es de suponer que la gran mayoría de visitantes va en carro. Aún si son de Salamá o de Cobán, llegar andando está complicadillo. Pero en el dificultoso parqueo, tan empinado como alguna de las cascadas que hay adentro, caben menos de 10 carros.

 

¿El resto?

 

Al arcén. Claro que sí.

 

Tanto parecen empeñarse en que a la gente le cueste llegar, que más que turismo de aventura parece turismo de “vámonos a otra parte”.

 

No tan lejos está Semuc Champey, en la otra Verapaz. Pero si no conozco es porque el terreno no se lo permite a mi carro.

 

¿Poco más de lo mismo?

 

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