Las manzanas de León

01/08/2018

Un volcán y un terremoto hicieron que esta ciudad colonial se trasladara. Santiago de los Caballeros se llama, pero no de Guatemala, sino de León, como aquella urbe tan medieval como romana del norte de España.

 

Cuna de nombres de peso; de Chepito el percusionista de Santana al prócer Larreynaga; del príncipe Darío (adoptado, no de origen) a los dictadores Somoza Debayle. De espíritu azul y careta multicolor, otrora capital de Nicaragua.

 

Las calles de León se cuentan por iglesias; casi diría que hay más que casas y pulperías. Del Calvario a Catedral vas recorriendo una ciudad que pasó de epicentro religioso a cultural, luego a político, y siempre social. 

 

La última vez que estuve, me quedé perplejo al ver uno de los costados de la iglesia mayor, esa que es basílica y catedral, dedicada a la Asunción. De estilo peruano y arquitecto chapín, no fue su base rectangular, ni sus detalles tan coloniales, ni ninguna imagen lo que frenó mis ojos.

 

Fue una manzana.

 

Mejor dicho, una pila de ellas.

 

Ventas ambulantes de pulseras, morrales, camisetas y cualquier artesanía de esas que se repiten en toda Centroamérica, pero con distinto nombre de país inscrito. Dulces típicos, platillos de la zona, ofertas, gangas y regateos, pregoneros modernos con tonadas clásicas. Gente bajando de la palangana de un camión, porque ese es el transporte público; en León no hay autobuses. Así se vive el “mercado” junto a la catedral.

 

Y entre tanto, un puesto de frutas.

 

Fuente: Unsplash

 

Los bananos, mamones y mangos, muy propios de la zona, estaban expuestos en lonas tiradas en el suelo. Posiblemente si vieses eso en una megaurbe cosmopolita no lo comprarías, pero en un sitio como ese te parece que es parte del folklore.

 

Sin embargo, apiladas sobre una mesa, muy lejos del suelo, con toda protección posible contra moscas y amigos de lo ajeno, más limpias que en cualquier supermercado y más brillantes que las reliquias de la ciudad de Hernández de Córdoba, las manzanas parecían un auténtico tesoro.

 

Si en Guatemala nos parece que una manzana es costosa, en Nicaragua puede ser hasta cuatro veces más cara, y la mitad de buena. Mi madre dice que ella solo las veía por la tele, y que fue hasta que salió de aquel país que las pudo conocer en persona. Hoy en día, mis estancias allá son tiempo de abstinencia de la fruta de Eva y Steve Jobs.

 

Así, quien logra hacerse con una, la trata como el mayor manjar de este mundo.

 

En mate siempre nos decían que no comparásemos manzanas con peras, así que yo lo haré con granadas.

 

O con Granada, la otra gran ciudad colonial de Nicaragua y que, además, es el rival sociocultural de León.

 

En diciembre, mientras hacía el recorrido por sus isletas, le pregunté al barquero qué tal vivía allí.

 

“Somos pobres, pero al menos no tenemos violencia como en Guatemala o El Salvador”.

 

Y es que la riqueza económica está reservada para cuatro o cinco pelados; y al resto no le queda ni para verla por los escaparates. Basta pensar que Managua, la capital, solo tiene un edificio, y que sus calles son de adoquín o, incluso, de tierra.

 

Así que la seguridad era su tesoro. Quizá el almuerzo y la cena de un día sí y el otro también era gallo pinto, pero podían salir a la calle a las 10 de la noche, dejar a sus hijos ir solos a la escuela u olvidarse de poner el pestillo en la puerta.

 

¿Y si aquellas manzanas de León se caían al suelo y eran pisoteadas?

 

Pues eso les pasó a las granadas de mi comparación.

 

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