Caminos separados

27/07/2018

Te conocí cuando éramos unos niños. Tú, por supuesto me sacabas una cabeza de altura; y, en la adolescencia, dos. Crecimos juntos, nos reímos juntos. Fuiste mi primer amigo. No había duda de que el universo congenió para que tú y yo nos encontráramos.

 

Éramos como agua y aceite: tú eras el extrovertido, el mejor amigo de todos, la vida te lo demandó. Estuvimos horas hablando por teléfono, planeando nuestros futuros, pensando que mejorarías. Detallábamos nuestros viajes, pensábamos en la comida que queríamos probar, las calles que debíamos recorrer. Nuestros sueños eran infinitos. Aunque estabas en cama, nada te detenía. 

 

Las cosas siguieron cambiando, yo hice más amigos y tú, tú te hacías de menos amistades. Ahora era yo la que hacía a todo el mundo reír y a ti ya nadie se te acercaba por miedo a ser imprudentes con tu enfermedad. Aún así, no demostrabas miedo, sabías que el milagro venía.

 

Fuente: Unsplash 

 

Nos alejamos. Poco a poco dejamos de hablar, aunque no te voy a mentir: esperaba pronto noticias de tu recuperación, pero nada llegaba. Dejé de escuchar tu nombre por los pasillos del colegio, y pronto también dejé de mencionarlo. Te envié un mensaje que nunca respondiste, asumí que simplemente se te había olvidado contestar. Estaba negando la posibilidad que estuvieras muy débil para levantar el teléfono.

 

Una semana después se acercó a mí la directora. Sus ojos estaban rojos y hacía el débil intento de abrir su boca para hablar; no tenía que decir o hacer nada más. Lo supe: te habías ido.

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