#Nicaragua: La revolución de los adoquines

20/07/2018

Quienes me conocen saben cuánto me gusta la bici; es verdad que ya casi no la uso, pero soy de esos raros que se tiran etapas completas del Tour, el Giro o la Vuelta por la tele. Jornadas maratónicas en las que ese adjetivo, dada la distancia, se queda corto. Uno de mis recuerdos de viaje más bonitos es una travesía ciclística por las montañas leonesas con mi tío; y uno de mis grandes objetivos de vida es completar un triatlón.

Quienes me conocen aún más saben que me costó muchísimo aprender a andar en bici.

 

Mis padres me llevaban al campo de fútbol de la Residencia Marista de Ciudad de Guatemala; el colchón de grama debía servir para perderle el miedo a las caídas. El problema, y eso lo aprendí más tarde, es que el miedo a caerse es pereza de aprender.

Por eso tuve que ir a “la guerra” para dominarla.

 

Foto: México Nueva Era

 

Las calles de Condega, al norte de Nicaragua, habían sido de tierra, piedras y cristales de botellas toda la vida. Así las conoció mi abuela, así las recorrió mi madre y así los descubrí el día que, con ocho meses de vida, mis pies pisaron sus verdaderas raíces.

 

Las Navidades y Semana Santas nicaragüenses han sido una constante en mi vida, y de a poco he ido dando pasos de gigante con lo que ahí he aprendido. Y claro, el día que el niño de ciudad, que siempre había vivido en un piso (apartamento) llegó con siete años al pueblo (que legalmente es ciudad) y no sabía pedalear sin llantitas, mientras que sus primos, algo menores, andaban como Mariana Pajón (aunque no supieran quién era), tuvo que tirar más de orgullo que de habilidad…

 

¡Y lo logró! O sea, lo logré.

 

Latas, piedras, botellas de Toña, piedras, bolsas de plástico, piedras, agua del matadero, piedras, tierra, piedras, piedras y más piedras. Si hubiese habido un tramo “amigable con los niños” solo habría sido sentido por la princesa del guisante (¿recuerdan el cuento de Hans Christian Andersen?).

 

Después de aquella Navidad, que por clima parecía verano, no tuve más problemas con la bicicleta. Eventualmente al alcalde se le ocurrió adoquinar casi todas las calles, y aunque aún quedan algunas de tierra, el rompecabezas de cemento impera. Creí que la idea de poner adoquín en lugar de asfalto era porque, al ser un pueblo, era mejor apostar por la opción que menos trabajo y costes suponía. No requiere adhesivos, basta con poner una capa de gravilla por debajo, y después es por pura presión y acomodamiento que se coloca y mantiene.

 

Sin embargo, cuando conocí Managua, porque, aunque he ido muchas veces a Nicaragua, en pocas he visitado la capital, me di cuenta de que ahí era igual. ¿Una ciudad de adoquín! En mi cabeza es inconcebibleComo en cualquier otro pueblón de aquel país, el asfalto estaba limitado a las carreteras (cosa que para alguien que no conoce puede ser beneficioso, como el camino amarillo de Dorothy), pero que en la “gran ciudad” no hubiese, y en cambio fuera todo adoquín (o incluso tierra, como en Condega) me pareció un chiste de mal gusto.

 

Después de 20 años dándole vueltas al asunto solo he podido dar con una explicación lógica. ¡Ojo! Aún no la compruebo con datos ni documentos, así que lo mantengo como teoría: en Nicaragua debe haber una industria del adoquín, próxima o propiedad de los Ortega Murillo, que sostiene el monopolio de la construcción vial urbana. Es eso o que la ingeniería estatal aún no llega al siglo XX.

 

Cuando, allá por abril, comenzaron las protestas en contra del gobierno, y este respondió con una sanguinaria represión a través del ejército, la policía y grupos paramilitares, hubo una imagen que llamó mucho mi atención; que me retrotrajo a mi primer “Tour de France”: las barricadas del puebloFilas y columnas formando pilas entre muro y muro protegían a la resistencia; esa que se cansó de los abusos, las violaciones, el totalitarismo, la propaganda vacía, el ruido que acallaba el sonido y las premisas al mejor estilo del Gran Hermano.

 

¿Y de qué estaban hechas esas barricadas, en plena jungla de cemento?

Claro, de adoquín.

 

Como no necesita adhesivos, solo presión, basta con aplicar la presión a la inversa (o sea, tirar de ellos) para soltarlos. Managua, Masaya, la Costa Atlántica, los Pueblos Blancos… adoquín, adoquín y más adoquín como resguardo del pueblo. Cuando adoquinaron las calles de Condega me quejé en retrospectiva, porque tuve que aprender a andar en bici al estilo Vietnam.

 

Hoy lo agradezco.

 

¡Viva Nicaragua!

 

Share on Facebook
Share on Twitter
Please reload

IDEAS RELACIONADAS

Please reload

IDEA DESTACADA

La poesía se fue

1/1
Please reload

MÁS IDEAS

La poesía se fue

1/3
Please reload

SÍGUENOS

  • Black Facebook Icon
  • Black Twitter Icon
  • Black Instagram Icon

© 2018 por Tenet Ideas. Creado por Grupo Goga

Ciudad de Guatemala, Guatemala.

  • Grey Facebook Icon
  • Grey Instagram Icon
  • Grey Twitter Icon