Espejos rotos

Era pleno verano, el sol abrasaba la pálida piel de Sabrina, quien, a pesar del terrible clima y las insistencias de su madre y su prima (que pasaba cada verano con su familia), se negaba a quitarse la holgada blusa que llevaba puesta por encima de su traje de baño y a meterse a la pequeña piscina de plástico que sus padres, torpemente, habían instalado en el patio trasero de su casa.

 

Fuente: Unsplash

 

-¡Sabrina! Vamos, hace un calor horrible –le dijo Lily, su prima, arrugando la nariz-. ¿Por qué no te quitas esa ropa de una buena vez y te metes a la piscina? ¡Ven a lucir tu summer body!

 

Sabrina sonrió nerviosa y sonrojada, tomó la blusa por los costados y la estiró, haciendo que quedara más floja que antes.

 

-Eh…Pues yo no siento calor. Es más, tengo frío –contestó Sabrina, limpiándose rápidamente el sudor que yacía en su frente y balanceando su peso entre la punta de los pies y los talones una y otra vez-. Prefiero quedarme vestida. Iré adentro mejor –dijo, al tiempo que hacía una mueca rara que pareciera un intento de sonrisa y entraba a la casa.

 

En su cuarto, se quitó la enorme blusa, quedando en bikini, y se dio aire con las manos, el sudor le escurría por el cuello estancándose en el hueco que formaba su pronunciada clavícula. Se vio en el espejo, escrutando su reflejo de pies a cabeza, frunció el ceño al llegar a la altura del ombligo y con desprecio volvió a cubrir su delgado cuerpo con la calurosa blusa holgada.

 

Para almorzar ordenaron pizza. Nancy y Tom, padres de Sabrina, veían la televisión mientras comían un pedazo tras otro. Lily, quien estaba sentada al lado de Sabrina devorando una enorme rebanada, le dio una palmada en la espalda y la vio con la cabeza ladeada, levantando una ceja inquisitivamente.

 

-¿No vas a agarrar ni un pedazo? Date prisa, Sabri, ¡o me los voy a acabar yo sola!

-Ah… ¡sí! –Sabrina tomó con torpeza un pedazo, le pasó una servilleta encima y le dio una mordida enorme, otra y otra más, hasta acabarlo en medio minuto. Le enseñó el plato vacío a su prima, levantó un pulgar con exagerado entusiasmo y le sonrió tan ampliamente que su cara estaba algo contorsionada-. ¡Listo! ¡Qué rico! Bueno, voy a ir a ducharme porque ahora sí sentí el calor.

 

Se levantó rápidamente de la mesa dejando a Lily con los ojos entornados y una expresión confundida en el rostro, y a sus padres viendo la televisión, embelesados. Entró al baño y se quitó la ropa. Encorvada, como con desgana, se paró frente al espejo y con los ojos entrecerrados observó su esquelética figura por unos largos segundos con la nariz arrugada como si estuviera viendo u oliendo algo desagradable. Prendió la regadera y, sin embargo, no se metió a la ducha, sino que se puso de rodillas frente al retrete…

 

A la mañana siguiente, en el desayuno, Tom se encontraba leyendo el periódico, Nancy se entretenía viendo una telenovela, Sabrina estaba rascando con el tenedor un plato vacío mientras su prima la observaba. Lily tomó un suspiro, se aclaró la voz y le preguntó con un tono más alto de lo necesario:

 

-Prima ¿qué te ha pasado ayer? ¿Te hizo mal la pizza? Lo digo porque creo haber escuchado como que devolvías la comida antes de ducharte –dijo Lily, volteándose más hacia los padres de Sabrina que hacia ella.

 

Sabrina se puso blanca como el papel, se tensó en su asiento como si una corriente eléctrica la hubiera atravesado, abrió los ojos como si hubiera visto un fantasma y volteó a ver a sus padres. Nancy levantó la vista y las miró, sonrió falsamente y regresó los ojos a su telenovela. Tom parecía no haberse percatado de la presencia de ninguna de ellas y continuó leyendo el periódico como si nada. Sabrina se relajó por unos segundos, luego suspiró, le lanzó una mirada matadora a su prima y se fue a su cuarto.

 

-Tía Nancy…-insistió Lily-. Creo que algo le pasa a Sabrina. Casi no come nada y cuando come va directo al baño a devolverlo todo. ¡Hay que hacer algo!

 

En ese momento, algo pasó en la telenovela que le provocó a Nancy una carcajada estruendosa y prolongada. Cuando se calmó, volteó a ver a su sobrina aún con una sonrisa en el rostro.

 

-Perdón, ¿dijiste algo, querida?

-¡Sí! –Le respondió Lily-. Creo que Sabri tiene un problema con la comida, algo serio, tía.

-No, no, no –contestó Nancy entre risas y moviendo la mano como si espantara moscas-. No seas boba, querida, mi Sabrinita no es nada más que de estómago frágil, no hay nada por lo que preocuparse –le dijo, dándole palmaditas en el hombro.

 

Lily miró hacia el techo, soltó un bufido y se retiró del comedor a paso lento, con los hombros caídos y la cabeza gacha. Mientras tanto, Sabrina llevaba ya media hora frente al espejo, temblorosa, con los brazos rodeando su cuerpo sintiendo cada una de sus costillas, pasando una y otra vez las manos por su abdomen, apretando el pellejo con tal fuerza y brusquedad que ya se lo había dejado rojo. Comenzó a respirar rápido y pesado cual toro enfuriado, apretó los puños a sus costados, temblaba cada vez con más violencia… y de repente soltó un tremendo puñetazo al espejo que estaba frente a ella, el cual se desmoronó en mil pedazos.

 

Al escuchar esto, Lily entró corriendo al cuarto de su prima solo para encontrarla tirada en el suelo con la mirada perdida y el puño ensangrentado. Lily fue directo a contarles lo ocurrido a sus tíos, quienes no hicieron más que llevarle a Sabrina un espejo nuevo al día siguiente, sin decir una palabra. Desde entonces Lily no volvió a decir nada. En el transcurso del verano los espejos rotos iban siendo algo cada vez más común, los espejos nuevos también y el silencio también.

 

Sabrina continuó rascando platos vacíos y dejando más espejos rotos. Su padre continuó leyendo el periódico, su madre viendo la novela y ambos renovando sus espejos, sin decir palabra. Lily continuó volviendo cada verano, siendo testigo de los mismos acontecimientos año tras año, solo que ahora, ella también guardaba silencio.

 

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