Carta a papá

28/06/2018

Papá, he decidido escribirte.

Como sabes, estoy atravesando una situación complicada.

Yo la llamaría: “desamor”.

Como sabes, he llorado mucho.

Y esto me ha movido a leer, a recordar, a meditar y a descubrir cosas.

Y he encontrado que nunca pude escribirte. Nunca pude decirte muchas cosas. Nunca hubo tiempo para ello.

Y hoy, que estoy aquí, sentada en el comedor de mi casa, una mañana de martes y una buena taza de café, he decidido escribirte.

Una carta que busca sanar en mí, recuerdos que por años han estado en mi corazón. Y que desempolvarlos, seguramente dolerá. Sin embargo, es necesario. Es mandatorio. Al menos para mi y para este momento de mi vida.

Y lo más importante, agradecerte y que sepas cuánto te amo y cuánto valoro todo lo que hiciste por mi.

 

Ahora sí, llegó el momento. Mis manos tiemblan, no sé cómo me sentiré. No sé qué tanto encontraré. Pero estoy lista y quiero hacerlo.

 

 Fuente: Unsplash

 

No estuviste conmigo, al nacer.

Según me cuenta mi mamá, te fuiste a una finca de cardamomo y café.

Cuando llegué a casa, toda la familia de mamá, me esperaba. Con ilusión y con una felicidad inmensa. Además, era pelirroja como el abuelo.

Supe muy poco de ti.

Sin embargo, el amor y cariño, nunca me hizo falta.

Mi mamá, mis abuelitos, mis tíos. Todos fueron –cada uno a su manera- especiales conmigo y para mi.

 

Pasaron los años.

 

Cuando tenía tres, enfermé. No recuerdo bien qué me pasaba. Pero, cómo olvidar esa noche.

Si llegaste tú. Te recuerdo como un hombre fuerte, guapo, alto, oloroso. Con pantalones de mezclilla y camisas de mangas largas y cuadros.

Escuché tu voz y mi corazón te reconoció. Me abrazaste y sobre la mesita de noche: un regalo de ti para mí. Con emoción lo destapé. Era un payaso que saltaba cada vez que yo daba cuerda a una perilla. Fui feliz. Me sentí tan querida. Tan especial y como magia, la fiebre desapareció.

¡Gracias papá por haber llegado esa noche!

¡Gracias por pensar en mi. Por haber curado mi corazón!

 

Días más tarde, cumplí cuatro años.

Y tu organizaste una fiesta para mí. Piñata, pastel, dulces y sorpresas.

Yo lloraba del miedo. No quería participar de la fiesta. Toda esa gente me asustaba. Y la piñata era más grande que yo.

¡No!

Me resistía a salir de mi habitación.

Y tu, con muchísima paciencia y tranquilidad, dijiste: “no te preocupes, si no quieres participar no hay problema”. Y me abrazaste y me sentí tan segura en tus brazos.

¡Gracias papá por enseñarme a que todo requiere paciencia!

¡Gracias papá por darme la seguridad que necesitaba en ese momento!

No puedo olvidar el día que llegaste a casa con una bicicleta. No recuerdo bien cómo aprendí a manejarla. Sin embargo, sí recuerdo aquellas tardes en que fui tan feliz, recorriendo con ella el jardín de mi casa.

¡Gracias papá por permitir que viviera mi niñez desde otra perspectiva!

Sí, desde el movimiento, desde la aventura, desde las caídas y desde las rodillas lastimadas. Pero lo más importante, desde la felicidad y desde la oportunidad de levantarme las veces que fuera necesario.

 

Un día, me invitaste a almorzar. Fuimos a un restaurante muy bonito y elegante.

Nos atendieron y una señorita muy amable nos llevó las bebidas.

Y sin querer, boté mi vaso.

Fue el único día que te vi enojado.

Me preocupé muchísimo. Incluso hice unos “pucheros”.

Sin embargo, minutos más tarde, todo había pasado.

Volviste a sonreír.

Y yo respiré con más tranquilidad.

¡Gracias papá por mostrarme que el enojo no debe durar más del tiempo justo!

¡Gracias papá, porque aprendí mucho ese día al verte sonreír de nuevo!

 

Me convertí en adolescente.

Y matemática fue un dolor de cabeza.

Y en primer curso, no aprobé la clase.

Te lo conté.

Me dijiste: ¡No te preocupes Moni!

¿Qué debes hacer ahora? -preguntó-

Yo respondí: “ir todas mis vacaciones al colegio y estudiar”.

Te sonreíste y me dijiste: “no hay problema hija, yo te llevo”.

Y así pasé las vacaciones más alegres de mi vida. Estaba tan cerca de ti.

Me llevabas al colegio y más tarde ibas por mi.

¡Gracias a las matemáticas pudimos estar juntos!

 

Siempre fuiste un hombre de carácter templado. Nunca te vi alterado. Siempre fuiste cariñoso. Siempre estabas contento, feliz.

Te gustaba tanto ir a Antigua y que comiéramos un pastel de queso y un buen café.

Gracias por esos momentos donde me enseñaste que la vida se puede ver desde otra perspectiva. Sí, desde el sabor de un buen café, desde los momentos juntos, desde la dulzura y textura suave de un pastel.

¡Gracias papá!

¡Gracias mi Lito!

 

Me casé, estuviste conmigo.

No puedo negarlo, siempre me hiciste falta.

Me hubiese gustado tanto que estuvieras conmigo el día que fui mamá.

La vida no lo quiso así.

Sin embargo, pude abrazarte, pude admirarte, pude quererte papá.

Y aprendí tanto de ti.

¡Perdóname si te fallé!

¡Perdóname si no pude estar contigo aquella noche en que partiste al cielo!

Te amo papá.

Te extraño.

Pero sin tu “Sí” aquel día que mamá te dijo que me llevaba en su vientre, hoy no estuviera yo aquí.

Me siento orgullosa de ti y sé que tu también lo estás de mi.

Te amo con todas mis fuerzas y agradezco a la vida por haberme dado un papá tan maravilloso.

No te juzgo.

¡No!

No quiero hacerlo.

Me resisto a semejante cosa.

Quiero amarte, así como tú lo hiciste.

Quiero tener tu alegría, tu carácter templado, tu generosidad, tu voluntad y ese gran corazón.

Y siempre quiero ver la vida desde otra perspectiva, como aquellas tardes en mi bicicleta.

¡Gracias papá!

 

¡Hasta que nos volvamos a reencontrar!

Mientras tanto, no olvides cuánto te amo.

Cuánto te extraño.

Y sé que desde el cielo me abrazas y como aquella noche en que yo estaba enferma, tu luz me ilumina y me anima a seguir.

¡Gracias mi Lito!

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