#VolcánDeFuego : Crónica de un bombero en la zona cero

Esta idea fue publicada originalmente en el muro de Facebook del autor, Javier Andrés Puente, bajo el título: " Respetando el polvo, la arena y las cenizas | Nuestro paso por el Volcán de Fuego". Puente decidió compartirlo en Tenet Ideas con el fin de crear conciencia y dibujar un panorama realista de la tragedia. Esta es su historia.

 

Luego de tres días que han parecido tres semanas, he de afirmar que redactar estas palabras es bastante difícil. Hemos visto mucho, escuchado mucho, llorado mucho y reflexionado mucho; la gran mayoría del tiempo en un silencio absoluto y con una nube de polvo que nos envuelve hasta los huesos. Todo en niveles que estoy seguro los libros de medicina, indicarían que son insalubres para nuestra mente y sobre todo, nuestro espíritu. 

 

El día de ayer tomamos camino con otro compañero desde la madrugada para la zona del desastre, las talanqueras de la VAS libres a nuestro paso, la autopista libre también a nuestro paso, pareciera que todo invitaba a llegar a aquel lugar desolador. Pasamos el primer puesto de control en el desvío hacia la Ruta Nacional 14 y nos dirigimos al Puesto de Comando en la aldea El Rodeo. Abrimos baúl, bajamos nuestro equipo y nos alistamos. El bendito plano del área del desastre logramos entregarlo justo a tiempo al encargado de operaciones junto con el coordinador del Sistema de Comando de Incidentes de Conred, en otras palabras, directo a las manos de quien haría uso para las operaciones del día. Un “gracias” contundente, sin emociones ni azúcar, como debe ser al operar un incidente de tal magnitud.

 

 

Caminamos los primeros 200 metros hacia la cuchilla en donde nos tocó esperar para reunir la cantidad necesaria de bomberos y conformar el 5to grupo de rescatistas. Al tener acceso nos dirigimos en vehículo sobre la RN 14, aquella ruta que tantas veces habíamos disfrutado en moto al ir a desayunar a Hacienda San Juan, o las idas al autódromo viniendo desde el Tejar. Hoy por hoy esa ruta es el escenario de una de las peores tragedias que han vivido nuestros compatriotas. Luego de subir los primeros 2 kilómetros, llegamos a la zona de espera donde nos encontramos con alrededor de 500 rescatistas de las principales instituciones de emergencia. La capa de roca pulverizada bajo nuestros pies es tan fina que con un simple paso se levanta una pequeña nube alrededor de la suela de nuestras botas. Es difícil reconocer a nuestros compañeros ya que todos se cubren la boca y los ojos cada vez que transita un vehículo y deja una estela gris en el ambiente. 

 

Al estar asignados al último grupo de trabajo del día, tuvimos tiempo suficiente para conversar con compañeros, tratar de bromear con algo para romper ese muro de la realidad que se encontraba a tan solo 1 kilómetro de distancia. Durante las primeras tres horas, vía remota, logramos coordinar donaciones de equipo con una simple publicación redactada desde el volcán y una fotografía de una bota derretida con la suela desprendida. A las doce del medio día, varias personas con ayuda de la Policía Nacional Civil, comenzaron a repartirnos alimentos. Como diría nuestro Tercer Comandante 24 horas antes, “No les trajeron pavo, pero ya saben que comida es comida y se agradece”. Un plato de duroport con frijoles parados, arroz y pan francés. No se mis compañeros, pero esas comidas son las que jamás he olvidado en mi vida, esas que se comen a gusto con todo el grupo y se disfrutan, porque sabes en el fondo del corazón, que puede ser la última comida de tu vida. Damos gracias a Dios en silencio y comemos. Caras fuertes, corazones hinchados, estómagos llenos pero en el fondo un temor constante de lo que puede aproximarse. 

 

El reloj marca las 12:50 y el líder de grupo pega un grito “¡grupo 5 alisten sus cosas!, vamos para adentro”. Nos colocamos el casco, mascarillas al rostro, lentes empolvados bien puestos y los guantes envolviendo nuestras manos. Formamos dos de fondo, nos cuenta uno por uno el líder de grupo, se dan las indicaciones de seguridad, se explica el protocolo de pitazos, uno deténgase, dos continúe, tres pitazos: evacúe. 

 

Comenzamos la marcha con palas, azadones y un hacha mientras el personal de Conred en el último puesto de control nos abre paso “…con cuidado patojos, protéjanse en todo momento”, entramos a paso ordenado, dejando una nube de polvo a nuestro paso. Caminamos entre una casa y nos dirigimos entre la caña pintada de gris, paralelo a la ruta. Subimos por una pequeña vereda y llegamos al lugar de acceso por la primera casa a la orilla de la carretera destruida, frente a la comunidad, ahora fantasma, San Miguel Los Lotes. Ingresamos agachados ya que el techo ahora nos queda a metro y medio de altura, pasamos entre láminas y tablones hacia nuestro sitio de trabajo. A nuestro paso nos encontramos de frente con nuestros compañeros del grupo 4 que vienen de salida, un panorama extraño ya que traen gallinas vivas entre brazos y uno que otro perro. 

 

 

Una comunidad entera bajo miles de toneladas de material volcánico y bajo ello centenares de personas, adultos y niños que convierten en absoluta realidad la tan histórica reseña “cenizas a las cenizas, polvo al polvo”. Entramos al sitio de trabajo y comenzamos la búsqueda de dos adultos y un niño, información que viene desde familiares. El material bajo nuestros pies está tan caliente que a un compañero se le derriten ambas suelas en cuestión de minutos. Retiramos una colchoneta que estaba levantada con la estructura de una cama de metal, la colocamos lejos del sitio sobre la arena y a los pocos minutos se prende en llamas del calor que desprende el suelo, algo impresionante de presenciar. Paleamos, movemos, quitamos y nos relevamos unos a otros. Comienza a desprenderse un olor peculiar a tejido quemado, eso nos alerta y nos indica que estamos cerca de los restos humanos. Seguimos trabajando durante la próxima hora. 

 

A las 2:10pm se da una voz de alerta de evacuar inmediatamente del lugar, de carácter urgente. Se escucha en el radio portátil que se aproxima un flujo piroclástico descendiendo de las faldas del volcán hacia el Puesto de Comando en El Rodeo. Algunos compañeros tiran las herramientas y comienza la retirada a toda velocidad, no caminamos, corremos. Atravesamos los callejones de arena entre las casas soterradas, se escuchan los pitazos de nuestro líder y una voz que desde atrás grita “no paren, sigan, sigan, sigan”. El grupo que trabajaba a nuestro lado de la otra institución se nos une en la evacuación apresuradamente, corremos por la carretera entre nubes de polvo. Llegamos hasta el puesto de Conred en donde tienen el pickup con sirena abierta y dando instrucciones por el alto parlante a todo pulmón “¡EVACUEN AL PUESTO DE COMANDO! ¡EVACUEN AL PUESTO DE COMANDO! Corremos con las pocas energías que nos quedan, el material debajo de nuestros pies está irradiando calor constante, el sol está sobre nosotros, respiramos agitadamente. Logramos alcanzar una motobomba y a toda prisa nos logramos colgar y subir en la parte trasera, llegan más compañeros del grupo y se suben, la motobomba emprende la marcha, aun avanzando otro compañero corriendo la alcanza y se logra subir. 

 

Iniciamos la evacuación masiva de más de 1,500 rescatistas, soldados, policías, medios y voluntarios a través de la ruta nacional 14, podemos apreciar el flujo piroclástico como avanza furioso por el cauce del río entre los cañaverales paralelos a nosotros. Es una locomotora humeante, haciendo explosiones de polvo a su paso. No hay quien no se una a la evacuación, transbordamos a un pickup y logramos llegar al punto de reunión en Sarita de Escuintla. Termina la travesía con el corazón a mil por hora, caras preocupadas, adrenalina al máximo. Hemos evacuado durante 15 minutos sin parar desde la Zona Cero hasta el punto de reunión. Nos vemos unos a otros, se pasa el listado de los casi 125 bomberos y nos hidratamos constantemente. 

 

 

Al finalizar el conteo nos reunimos con nuestro grupo, nuestro líder dice unas palabras dándonos aliento, se quiebra en llanto y uno por uno nos damos un abrazo reconfortante, dando gracias a Dios porque estamos con vida. En ese momento recuerdo nuestra santa trilogía – Honor, que honor portar este uniforme junto a hombres y mujeres tan valientes, Disciplina, cuanta hemos requerido para evacuar sin mirar atrás y Abnegación, cuanto hemos dejado en casa por tratar de darle la última esperanza a los sobrevivientes de encontrar, aunque sea los cuerpos de sus seres queridos. 

 

Con estas palabras he iniciado - respetando el polvo, la arena y las cenizas; es algo que les dejo para reflexionar a todos mis compañeros, cuando laven sus uniformes, desempolven sus guantes y limpien su equipo, hagan una pequeña oración a Dios por ese material, porque en esas cenizas existe una alta probabilidad que se encuentren los cuerpos calcinados de nuestros compatriotas. 

 

Cuanto dolor y cuanta tragedia. Pero al mismo tiempo, cuanto honor, amor y servicio el que hemos vivido. Como debe ser. Entregados hasta con el furor de un volcán a nuestras espaldas. 

 

Galonista Javier Andrés Puente
Cuerpo Voluntario de Bomberos de Guatemala

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