Una curiosa escapatoria

Por el sendero que llevaba al palacio de Borloc iban tomados de la mano Annette Colins y William Carstairs. Eran dos jóvenes enamorados, el amor se veía en ellos de pies a cabeza, en sus miradas se notaba la llama del primer gran amor, ese que te hace sentir cosas que antes ni siquiera habrías imaginado. Sentían que el mundo era suyo, pero estaban un poco alejados de la realidad. Annette era sobrina del Rey de Borloc y William era de una familia noble medianamente acaudalada, así que tenían dos inconvenientes: primero, Annette estaba en riesgo de que la obligaran a aceptar un matrimonio arreglado para unificar reinos y, segundo, a William podrían mandarlo a luchar a Las Cruzadas.

 

Iban llegando al inicio de la escalinata del palacio cuando William tomó a Annette por los hombros y la hizo volverse hacia él.

 

-Amada mía, tengo algo que decirte…

 

-Yo también debo decirte algo muy importante, William. Pero comienza tú.

 

-Bu… bueno  -tartamudeó- es que ayer llegaron a decirme que debo ir a luchar en nombre de la Iglesia, y sabes que no puedo negarme o significaría traición, así que… mañana parto al alba.

 

-¡¿Qué?!

 

-Lo que escuchaste. Es definitivo, pero ¿esperarás por mí? Ah y ¿tú qué tenías que decirme?

 

-Nada importante, olvídalo –Annette le dio un beso en la mejilla-. Por supuesto que esperaré por ti, aunque fuera una eternidad.

Y así fue como Annette dejó que William se fuera a la batalla sin contarle de su embarazo.

 

Fuente: Unsplash 

 

William partió y Annette se quedó desolada con un embarazo inesperado y la única persona que sabía de esto era Casandra, una vieja comadrona que trabajaba en el palacio y la conocía desde hacía mucho. Semanas después de la partida de Will, Annette recibió una mala noticia de su tío: quería casarla con el conde de Blackfriars y si se negaba deshonraría a su familia. Pero Annette no podía casarse, no solo porque no quería al conde sino porque si llegaban a enterarse de un embarazo fuera del matrimonio con alguien un poco menos noble que ella, sufriría las consecuencias.

 

-Tío, en serio no puedo casarme con él –le dijo Annette al Rey, casi en un ruego-. ¡No me obligues!

 

-Pero Annette, si vivirás como una condesa, un palacio casi tan grande como este será todo tuyo. No veo lo malo en este arreglo, no te comprendo.

 

-Es que… ¿acaso quieres que me olvide de William de la noche a la mañana?

 

-Ya van seis semanas desde que se fue y es que no quería decírtelo antes porque no sabía cómo, pero… el chico murió en batalla. Fue todo un héroe, pero pereció. Lo siento, en serio. Debes ahora seguir con tu vida y ella sonríe para ti. Te casarás con el Conde, fin del asunto.

 

Con el corazón destrozado, Annette fue corriendo hasta el dormitorio de Casandra por un poco de consuelo. Ahora iba a tener un hijo y lo debería criar sin la ayuda de un padre. Se sentía tan desprotegida en un mundo lleno de condenas. Cuánto deseaba volver a hablar con Will aunque fuese una vez más.

 

-Es que no se siente como si hubiera muerto –le dijo a Casandra, entre sollozos-. ¡Yo lo sabría! ¡Yo sentiría su ausencia!

 

-Yo no creo ni una palabra del Rey, creo que solo te lo dijo para que te resignes y te cases con ese cochino conde –le contestó la anciana-. Annette, existe una forma de averiguar si William aún está con vida. La magia. Yo puedo trabajar la magia, pero debes jurarme no decírselo a nadie, porque pones en juego mi pellejo.

 

Anonadada ante la confesión, Annette solo asintió y puso mucha atención a la poción que Casandra preparaba. Cuando estuvo lista, en la superficie del agua que había en el caldero de la poción, Annette pudo ver a William en tiempo real, como a través de una bola de cristal, y… ¡Estaba vivo!

 

Ahora estaba realmente decidida a no casarse, por más que su tío insistiera. Si debía huir con William y su futuro hijo, lo haría sin pensarlo dos veces. Entonces le mandó una carta a su amado, contándole todo: desde su embarazo hasta el plan de huida que tenía para los dos. A los días llegó una respuesta de William, diciéndole que comprendía las cosas, que iría a donde sea que ella fuese, que en ese mismo momento se iba del campamento de batalla y que estaría en el palacio al atardecer.

 

El rumor de que William no estaba muerto y que volvía para llevarse a Annette, se escurrió por el reino y llegó a oídos del Rey, quien averiguó cómo ella se había enterado de que eran mentiras y, dado a que su búsqueda lo llevó a Casandra, la acusó de bruja. Sin embargo, Will llegó a la hora acordada. Se encontró, pues, con muchísimos guardias corriendo hacia él, uno de ellos llevaba sujetada a Annette y otro a Casandra.

 

Entonces empezó a luchar por liberar a su amada y salvar a su amiga. Pero los guardias eran demasiados y arremetieron contra él. Inesperadamente, cuando ya todo se veía gris y que la pelea ya era inútil, Casandra logra zafar un brazo del guardia que la sostenía, mete la mano dentro de su delantal y saca una pequeña cosa brillante de color morado, al principio ni William ni Annette lograban entender qué era eso.

 

Casandra pareció percibir la confusión de los dos jóvenes porque tiró al suelo con fuerza el objeto morado y se abrió un remolino de colores en la tierra.

 

-¡Es un frijol mágico! –Gritó la anciana-. Crea un portal hacia otro lugar muy lejano, en el que ninguna de estas personas va a encontrarlos ni perseguirlos porque quedarán totalmente fuera de su alcance. ¡Salten dentro de él! ¡Salten o se cerrará pronto!

 

Así que echaron a correr hacia el portal del frijol mágico, pero antes de que Annette saltara, Casandra le dice al oído “Cuando llegues allá, busca la choza más pequeña que encuentres,  llama a la puerta y dile a quien te abra que Casandra los manda”.

 

Dicho esto, saltó dentro del portal. Un torbellino de colores la envolvió y luego apareció tumbada de espaldas en un prado, al lado de William. No hay más guardias, no hay más condes, sino solo ella, su futuro hijo y William. Entonces en la distancia divisaron una choza pequeña que encajaba con el perfil que Casandra le describió, así que se pararon y tomados de la mano se encaminaron hacia ella.

 

William llama a la puerta. Casi al instante sale un anciano de barbas largas, muy largas, vestido con una especie de túnica llena de estrellas.

 

-Eh… mi nombre es William…

 

-William Carstairs y Annette Colins –Respondió con seguridad el anciano. Los dos muy sorprendidos ante el conocimiento de este hombre, guardaron silencio por unos minutos hasta que Annette habló.

 

-Sí, somos nosotros –dijo Annette.

 

-Llevo muchísimo tiempo esperando por ustedes. Su hijo será alguien muy grande. Pasen. Mi nombre es Merlín.

 

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