Búscate un amigo que sea refugio bajo la tormenta

23/05/2018

Era jueves por la noche, llovía a mares y había tenido un día pesadísimo en la universidad. Acababa de pasar dos horas en el tráfico hacia Carretera a El Salvador, así que encendí la radio para tratar de encontrar algo que pudiera cantar y así hacer amenos los últimos dos o tres minutos que faltaban para llegar a mi casa. Comenzó una canción que nunca había escuchado. Una palabra, luego otra, y muchas más… Era Laura Pausini. Como no me sabía la letra me resigné a escuchar, sin imaginar que lo que iba a oír se quedaría en mi mente durante semanas.

 

Inició la melodía al estilo Pausini. Suave, delicada, contando los segundos para cobrar mayor fuerza, y fue allí donde apareció el verso paralizante: “Búscate un amigo que sea refugio bajo la tormenta”. Pensé en la gente que ha estado a mi alrededor durante toda mi vida y, como todos, tuve recuerdos buenos y no tan buenos. En mi mente aparecieron “fotos” de los típicos amigos que uno tiene al ser quinceañero, esos con los que uno comparte pulseras iguales y toda la cosa, y noté que llevaba un largo tiempo sin saber de ellos y hasta ese día no me había dado cuenta. Eran amigos al estilo “esencia de vainilla” (sí, la hueles y te parece que debe ser súper deliciosa, la pruebas y te das cuenta de que parecía… pero no era). Recordé esas amistades que se suponía que eran para siempre y resultaron perecederas.

 

 

La canción siguió, el coro se repitió y mis manos continuaban en el volante. Ya no pensaba en los rostros borrosos porque de pronto llegó lo positivo: Recordé a esa amiga que me acompañó al doctor y sostuvo mi mano porque sabía que yo tenía miedo; recordé el ¿qué te pasa? de la amiga que llevaba semanas rezando por mí; recordé a quien me vio triste y se sentó a mi lado a contarme historias graciosas para hacerme sentir mejor; recordé a los que me defendieron cuando todo estaba en mi contra y me ayudaron a levantarme. Recordé a los que estuvieron en las malas, pero también en las buenas, los que rieron conmigo cuando hicimos travesuras que a nuestra edad ya no son aceptables, los que me dieron mil abrazos por mi cumpleaños, los que se alegraron por mis logros y me hicieron parte de los suyos, los que estuvieron en charlas largas a media noche y, ya que estamos admitiendo cosas, los que son cómplices de esas historias que no podemos contar y aparecen en las fotografías que nunca vamos a mostrar.

 

La canción terminó justo cuando llegué a mi condominio. Conduje un par de segundos más hasta llegar a mi casa, me estacioné, tomé mi mochila y me bajé del carro. Me esperaba una larga noche entre libros y tareas, pero a pesar del trajín propio del jueves tenía la sensación de que había sido un buen día. Mi teléfono sonó y vi en la pantalla un montón de mensajes acumulados. Eran mis amigos, enviando fotos chistosas, haciendo planes para el fin de semana y, como siempre, poniendo una sonrisa del tamaño de Júpiter en mi rostro.

 

Cené rápidamente, me cepillé los dientes, subí a mi habitación y las siguientes horas se fueron volando. Acabé la tarea. Eran casi las dos de la mañana y al fin era hora de dormir. Me fui a la cama, cerré los ojos y volví a sonreír, con la satisfacción de quien sabe que encontró refugio bajo la tormenta.

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