Premonición

27/04/2018

 

El cuarto siempre se había caracterizado por su temperatura baja. Siempre estaba frío, lo cual era inexplicable, ya que durante el día, el sol pegaba fortísimo de ese lado. Pero siempre fue así. 

 

Una, dos, tres de la mañana y los gallos comenzaban a cantar. Los perros ladraban y el gato comenzó a rascar la cornisa de la ventana. "Tanto alboroto", pensó él y se levantó como si el día fuera a comenzar. El reloj marcaba las 3:45 de la madrugada, pero con tanto ruido, parecían las 6:00 am. 

 

¿Qué demonios pasaba? Ni siquiera cuando los espantaban en la casa se escuchaba tanto tormento en la fauna del barrio. Decía su madre que se sentía como cuando fue el terremoto hace 30 años. "No amanecía nunca", le contó Leonor cuando era pequeño. 

 

El sentimiento era el mismo y la sensación inexplicable. Nunca la había sentido en su vida. Al poner un pie en el suelo, se sintió observado, vigilado, acechado por un par de ojos o más. Los dedos los tenía tiesos y sentía un agudo dolor en los dientes. Y es que acababa de soñar que se le caían los dientes uno por uno.  

 

Chorros de sangre y un dolor silencioso. En el sueño, por más que gritara nadie lo ayudaba. Todos reían mientras recogía en sus manos los pedazos de hueso que le salían de la boca. "Fue una pesadilla", dijo. Pero el dolor estaba ahí esa madrugada.

 

Suena el teléfono. Despierta del estado de congelación. Unos segundos de silencio. Una voz femenina. "Daniel, necesito que te sientes y tranquilices. Tengo algo que decirte".

 

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