Apología al cuerpo; el mapa perfecto

19/04/2018

El cuerpo, aquel que muchas veces damos por sentado y que otro montón de veces hemos intentado categorizar por diversas razones. Ese conjunto cubierto por un manto de piel se ha ganado distintos títulos. Es bello, es extraño, es pícaro, es infiel, es nuestro, es único. 

Hay quienes ven al cuerpo con morbo, otros con desdén, algunos con lujuria y hay quienes lo miran como algo más. Están los que se dedican a su cuerpo, convirtiéndolo en un escenario de músculos. Otros deciden cubrirlo con contenido que es más interesante que la piel normal y por ello se tatúan. Están aquellos que, dejándose llevar por los estereotipos que impone la sociedad, deciden cubrirlo todo y pocas veces destaparlo. Siempre hay quienes, al contrario, viven queriéndolo enseñar (hasta demasiado) y exponerlo.

 

Pero yo siempre he pensado que cada cuerpo es un mapa personal que si lo sabemos apreciar y descubrir, nos lleva a conocer la historia de cada quien. Cada cuerpo es una historia de alguien que tiene algo que contar. Es un lienzo de sensaciones curiosas o prohibidas, dependiendo de quién sea su dueño. Del ombligo hasta los pies, de la rodilla hasta los labios, por el torso y por el cuello, el cuerpo es el cuerpo. 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esa cicatriz puede tener mil causas; mil relatos inmersos. Tal vez recordarnos eternamente de aquel incidente que nos cambió la vida para siempre. O bien, puede no significar nada pero si tener una figura extraña que nos hace ser lo que somos, porque es parte de nosotros. Lo mismo con cada lunar, arruga o cualquier "imperfección" que nos quiere decir que, después de todo, somos humanos.

 

Un músculo bien definido debajo de la piel asegura que ha trabajado mucho. Un poco de grasa puede decirnos que se ha alimentado sin barreras y que disfruta de la vida. Tonificación o no; gimnasio o restaurantes. O quizás un poco de las dos. El cuerpo nos habla de salud pero también nos transmite el nivel de bienestar. Siempre y cuando sepamos leerlo. 

 

No se diga de los tatuajes. Una señal con tinta permanente nos pide a gritos que le observemos para que lo leamos. Significa algo, siempre. A veces amor o traición. Un nombre, un rostro, una esperanza, una desdicha. Cada color o la ausencia de color nos transmite un mensaje; ese mensaje que quizás el portador no puede comunicar con palabras y necesita mantenerlo en su cuerpo, a la vista de todos (o solo suya) por siempre.

 

Al comprender esto, nos daremos cuenta de que, en efecto, si cada cuerpo es tan interesante, la curiosidad por conocer los de los demás es lógica y comprensible. Es, además, necesaria. Conociendo lo ajeno también podemos conocernos nosotros mismos. Explorando se descubre. 

 

Entonces, cada cuerpo es distinto, aunque tengan ciertas similitudes. De la misma manera que ningún mapa es igual, que no hay dos pedazos de tierra exactos en el mundo, ni dos continentes gemelos, así son nuestros cuerpos de originales. Si cada país es único en su geografía, historia y demás, ¿Por qué no cada cuerpo? Somos mapas también, que merecen ser explorados y conocidos. El primer conquistador somos nosotros mismos. Decidimos qué nos gusta y qué no. Alimentamos, ejercitamos, cuidamos, destruimos, consentimos, curamos, castigamos y apreciamos nuestro mapa; nuestro cuerpo, nuestro libro de historias.

 

Por eso, si cada cuerpo es una historia, ¿Qué historia cuenta el nuestro? ¿Cómo la cuenta? ¿A quién se la cuenta? ¿Para qué la cuenta? ¿Con qué intenciones lo hace?  

 

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