Crónicas de un corazón roto: la curiosidad que mató al gato

17/04/2018

 

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Aprobé ciencias en la escuela con lo necesario para no quedarme durante las vacaciones estudiando. La paradoja de Schrödinger era de los pocos temas que recordaba. No voy a explicarla, pero básicamente era un experimento imaginario del científico de ese nombre. El humano solamente podía saber si el gato dentro de la caja estaba muerto o vivo, abriéndola, pero al hacerlo, el observador forzaba a la naturaleza a matar al gato. Quienes la conocen, sabrán de que hablo.

 

En algún lugar leí que la frase: "la curiosidad mató al gato", venía de esa paradoja. Y en el momento que les relataré, mi curiosidad mató algo, pero no era un gato. Fue mi ilusión, mi amor.

 

Te conocí hace dos años. Me enamore de tu espíritu. Me enamoré de tus ojos verdes y de tu cabello rizado. Me arriesgué contigo a pesar de saber que tu relación pasada había durado cuatro años, los cuales recordabas como los mejores de tu vida amorosa. Habías pasado muchos veranos junto a ella y yo lo sabía. Muy dentro de mi siempre quise igualarla, competía con ella con cada movimiento, palabra, pensamiento.

 

Ella y yo éramos como el agua y el aceite. Seres completamente opuestos. Ella era rubia natural y mi cabello era negro profundo. A ella le encantaba bailar, así decían tus amigos, pero yo prefería ir por un café a algún lugar en el centro. Ella era extrovertida, hablaba hasta por los codos; mi silencio hasta te hacía creer que no me interesabas.

 

Ella prefería pasar horas en el gimnasio y durante los fines de semana trabajaba como edecán para una empresa de bebidas de esas que odio. Yo no tenía ni una sola curva y mi cuerpo era tan delgado que cada vez te esforzabas en llevarme comida en grandes cantidades. Y así me elegiste y dos años después, aquí estábamos.

 

¿Qué eran dos años de amor comparados con diez años de pasión que ella te dio?

 

Pero la habías superado, a pesar de tanto dolor que te causó. Ya no pensabas en ella ni como una amiga. La evitabas en el trabajo, que peligrosamente compartían. Ahora me tenías a mi y era como si nunca la hubieras conocido. Nunca volviste a verla ni a hablarle. Al menos así dijiste. Al menos así lo creí.

 

¿Y la paradoja? Aquí está. Mi amor por ti era tan profundo al principio que hasta me reía de mi misma. Salíamos mucho, al teatro, a comprar cosas, a restaurantes o simplemente a caminar al parque que quedaba frente a tu casa. Esa vez me llevaste a comer a tu restaurante favorito: comida mexicana. Con una sonrisa, me dijiste que volverías en un minuto. Fuiste al baño y dejaste tu teléfono en la mesa. Cosa que nunca pasaba, ya que nunca me dejaste ni quise ver lo que guardabas ahí. Aunque no era necesario, yo lo sabía todo

 

La vibración me hizo voltear a ver la pantalla. La maldita curiosidad. En lugar de desviar la mirada, vi que era un mensaje de "Dani". Era ella. Lo sabía porque era el diminutivo de su nombre y me confesaste que te gustaba decirle así todavía. No leí el mensaje; su nombre en la pantalla fue suficiente para dejarme fría.

 

Mi mirada se quedó en blanco. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Y regresaste con esa sonrisa que tanto amaba. Y solo te sonreí de regreso con esa falsa sonrisa que aprendí a dominar ya. No te dije nada en ese momento. Yo no era así de escandalosa y tampoco era el momento ni el lugar. Me hablaste de mil cosas esa vez, como si nada pasara. No recuerdo tus palabras, quería salir corriendo.

 

No era posible. Tanto tiempo había esperado al hombre correcto y me estaba pasando lo único que no quería que me pasara. En ese momento comprobé que mi inseguridad era por algo. No era suficiente para ti. Al final de todo, nunca podría darte lo que ella te dio. Pero, ¿qué tenía yo que te hacía tener que volver a ella? Quizá nada, pero quizá malinterpretabas mi forma de ser.

 

Te diste cuenta, pero me seguías besando y tomando de la mano. ¿Qué te pasa?, me preguntaste. Te respondí que nada, como siempre, como nunca. Te diste cuenta de mi silencio y de mi apatía mientras caminábamos. No podía verte igual, no podía concentrarme. Así que no me di cuenta cuando perdí las llaves del auto. Esa vez me gritaste, te enojaste porque estaba callada y porque no era posible que dejara en algún lugar las llaves.

 

Nunca me habías gritado, pero el grito dolió menos de lo que habría dolido si yo estuviera bien. Pasó la noche y ella no dejaba de aparecer en mi mente. ¿Acaso me usabas para olvidarte de ella? Quizá por eso era tan diferente a ella. Si tan solo no hubiera visto su puto mensaje...aunque agradecía haberlo hecho. Mi curiosidad mató la ilusión que tenía por ti. Poco a poco deje de estar enamorada.

 

Esa noche llegué a mi apartamento y lloré como nunca había llorado. Estaba sola en esas cuatro paredes. Te amaba tanto. Tu me amabas, pero a medias. 

 

Pero nada de esto lo sabrías. Nunca te lo dije ni te lo diré. Solo quisiera ser lo suficientemente fuerte para continuar con esa frialdad que me abrazó ese día, para olvidarme de ti poco a poco. 

 

Perdón por no ser suficiente para ti. Perdón porque nunca podré darte lo que ella te daba. Perdón por ser yo, por ser tan débil. Perdón por no decírtelo y hacerte creer que no me duele. Perdón por decirte que todo el día pienso en ti cuando en realidad me la paso pensando qué haría ella solo para ser como ella y quizá así, lograr que me ames.

 

Perdón por abrir la caja.

"

-

Margaret P.

27 años

Relato contado en el carrousel de una feria.

 

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