La postal de nuestras vidas

09/03/2018

 

Era una tarde. Bonita. Soleada, vibrante y chispeante. ¡De las que no quieres que terminen! La brisa del mar tocaba la punta de mi nariz. Y yo correspondía, con una sonrisa, a ese cariño. Mientras tanto, yo, caminaba y disfrutaba. Saboreaba esas pequeñísimas gotas cristalinas.

 

Con pasos ágiles, recorría las estrechas calles. Podía ver ventanas blancas, con orillas azules. Y me encantaban. Unos rayos de sol atravesando las rendijas. Y me enamoraban. Brillos por todos lados. ¡De los que no quieres dejar de ver! Todo, todo, todo, tenía un toque de frescura. Murmullos llenos de felicidad adornaban la escena. Hojas en movimiento. Y otras, decorando el suelo. Las olas del mar a todo “ritmo”. En fin. Todo conjugaba de maneras perfectas.

 

Mientras tanto, yo, nunca imaginaba lo que estaba a punto de suceder. Una vitrina llamó mi atención. Y me animé a entrar a esa tienda perfecta. ¡Fascinante y de la que no quieres salir! Donde un “joven francés” dedicaba su tiempo para pintar pequeñas postales. Era su forma de ganarse la vida. Pregunté por algunas. Y el “joven francés” con mucha ilusión y atención, me mostró una gran variedad. Escogí unas muy lindas. Las compré. Las guardé en mi cartera.

 

Mientras tanto, yo, nunca imaginé que un tiempo más tarde una de esas postales, se convertiría en el sello de nuestro amor. Salí de la tienda con una sonrisa de oreja a oreja. Caminé y todo alrededor era felicidad. ¿Un helado? Pensé. Y fui en búsqueda de uno. Ya estaba cayendo la tarde. Y decidí caminar hasta la playa. Así que, con mi cartera, mi suéter color “blanco hueso” y un helado en mano, caminé.

 

Me senté junto al mar. Todo era celeste. Turquesa, aguamarina, azul claro y oscuro. ¡Una vista impresionante! Mi helado estaba “espectacular”. Lo disfruté tanto. Busqué en mi cartera las postales. Repasé cada una de ellas. Todas, de nuevo, me gustaron. Y justo en ese momento, una brisa fuerte me las arrebató de las manos. ¡Oh no!

 

Salté y corrí tras ellas. Y en ese “vaivén”, te encontré. Con voz grave y bonita, ofreciste tu ayuda. Y yo, sin más te dije: ¡Sí, gracias! Tú, un hombre alto. Con unos pantalones de mezclilla, un suéter gris con cuello de “tortuga” y unos tennis. Afable. Simpático y gracioso. Y unos cabellos grises que combinaban a la perfección con tu suéter. Guardé las postales en mi cartera. Conversamos por un momento. Nos despedimos. Y en ese momento reparé en tu barba. Llena de cabellos platinados. ¡De esos que me encantan! Con un poco de “nervios”, empecé a caminar.

 

Para ese momento, la noche estaba haciendo de las suyas. Caminé por la ciudad en búsqueda de un café. Entré a un lugar muy bonito. Iluminado y cálido. Perfecto para el clima de aquella noche. Me senté y saboreé un café con notas florales. ¡Delicioso! Busqué en mi cartera el libro que acompañaba mis días. “Paula”. Me perdí en sus líneas y letras. Y esa voz, grave y bonita, me hizo salir de mi escondite. Eras tú.

 

Nos saludamos y sin más, conversamos por un largo tiempo. Muchas cosas en común. Muchas historias fueron reveladas ahí. Nos despedimos. Y así la vida nos hizo coincidir. En el momento indicado. Y empezamos una comunicación cercana. Letras, líneas, párrafos, cartas. Iban y venían. Un año más tarde, nos volvimos a ver. ¡A encontrar! En la misma playa, en el mismo escenario. Con los rayos del sol abrazándonos. Con el viento que “cariñosamente” movía nuestros cabellos.

 

Esta vez el encuentro fue para siempre. Y así han pasado los días. Y han quedado todos los recuerdos plasmados en la “postal” de nuestras vidas. En esa postal que “pintamos” con todo el amor de que somos capaces. Con ilusión y pasión, como lo hizo el “joven francés” aquella tarde. Con todo el agradecimiento que los dos sentimos. Con todo el amor. Y cada día, a cada momento, “envuelvo” con “ilusión” la “felicidad” que inunda nuestras vidas.

 

Y tú, cada día, con tus detalles, me devuelves las ganas de amar. De vivir. ¡De esas que no quieres dejar de sentir! Así como aquella tarde, llena de felicidad, así es mi vida junto a ti.

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