Jólivud

Vista antigua del cine Capitol en el edificio Schweppes de Madrid. Foto: www.capitolgranvia.com

 

“¡No la vayas a regar, carnal!” Seguramente no hemos escuchado a Kevin Spacey ni a Tom Hanks decir esto, pero quizá sí a Adam Sandler, o a Ben Stiller, o a Kevin Hart… o al menos a sus actores de doblaje. Porque muy distinto a lo que creemos los que vivimos en esa pequeña burbuja que domina el inglés, en Guatemala se ve muchísimo cine en español.

 

Muchísimo cine en español, pero poco cine hispano.

 

Hace algún tiempo, caminando frente a un viejo cine de León (España) me detuve a ver la cartelera, y algo me sorprendió. De siete películas que proyectaban, cuatro eran iberoamericanas, y las otras tres, producciones hollywoodenses.

 

Cuando regresé quise completar mi experimento espontáneo y me di una vuelta por el cine de un centro comercial de las afueras de la capital. Ocho salas, ocho títulos estadounidenses.

 

No lo entendía, y creo que, muy a mi pesar, ahora ya comprendo la razón. ¿Por qué no consumimos cine hispanoamericano en Guatemala, que es un país de Hispanoamérica?

 

Y es que en muchas partes de Hispanoamérica, lo hispanoamericano es despreciado, porque para ellos (o nosotros) lo de afuera “siempre es mejor”. Al menos en cuanto a cine, creo que es una opinión totalmente desacertada.

 

Porque ahí están los clásicos musicales mexicanos, los thrillers argentinos y españoles como Relatos Salvajes y Tarde para la ira; las tragicomedias de Almodóvar; el bajo mundo de Pizza, birra y faso y El elefante gris; el espejo de una realidad pasada y olvidada de Neruda y La ciudad de los fotógrafos… y podría seguir, si en nuestros cines se proyectaran más de estas.

 

El cine hispanoamericano es bueno, y el resto del mundo lo sabe. No por nada encontramos los Óscar a Mejor Director que se han llevado Alfonso Cuarón y González Iñárritu y quién sabe si también se les unirá Guillermo del Toro; las estatuillas doradas de Penélope Cruz, Lupita Nyong’o y Javier Bardem; el arte de Lubezki, Claudio Miranda, Guillermo Navarro, Pilar Revuelta o Eugenio Caballero, y las “películas extranjeras” de Alejandro Amenábar, Fernando Trueba y Juan José Campanella.

 

El mundo lo sabe, pero nosotros no, y hasta que no lo descubramos, seguiré escuchando esta Balada triste de trompeta, sin tener idea de que un latino, Gustavo Santaolalla, habría podido dotar de una banda sonora oscarizada a esta escena que aquí proyecto.  

 

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